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No hay que ser un aguafiestas para confirmar que el único amor que existe en el universo del rock es el que sienten las multinacionales -que dominan la industria musical- por sus más rentables estrellas: te amo, Britney; te adoro, Bono. De resto, poco o nada de aquella palabra que se define como el afecto por el cual el ánimo busca el bien verdadero o imaginado, y apetece gozarlo. ¿Usted todavía cree que Yoko amaba a John, que Linda amaba a Paul, que Tal amaba a George y Pascual amaba a Ringo?
Bueno, está bien, queda la amistad. Sí; eso que se dice que es afecto personal, puro y desinteresado, ordinariamente recíproco. ¿Amistad en un mundo en donde lo que le interesa a la mayoría no es hacer obra sino coronar -a como de lugar- el American Top 40? No; no nos engañemos: los Blur no son amigos de los Oasis ni a Ozzy le interesa Slash; todos son rivales, y todo vale a la hora de sacar al otro del camino.
Las que sí existen, han existido y existirán son las groupies; sí, esas chicas jóvenes, o más bien muy jóvenes, que sienten una inexplicable atracción de carácter sexual por los miembros de grupos de rock. Como dice la vieja revista Rock & Folk de agosto de 1977, una groupie de alto vuelo debe tener en su palmarés a un guitarrista de los Zeppelin, un cantante de los Stones, una batería de los Who y un hijo de Hendrix.
Las groupies sacaron cédula en los años sesenta cuando sucedió la primera invasión británica a Estados Unidos: había que estar ahí para divertirse, rumbear, conocer figuras y figurantes, servirle de reposo a los nuevos guerreros míticos mientras estuvieran de paso por Detroit, New York o Kansas City; no te olvides de mí, Marc Bolan, cuando regreses a Los Angeles...
A Frank Zappa -uno de los pocos genios que en el rock han sido- se le debe que las GTO´s (Girls Together Outrageously) hayan grabado su cuota de sangre, sudor y lágrimas en el disco Permanent Damage de 1969. La banda estaba integrada por tres de las más célebres groupies del siglo XX: Miss Christine (quien tenía a su haber a Alice Cooper, Todd Rundgren y al manager de Bob Dylan), Miss Mercy (quien había pasado por las armas a Al Green y a Chuck Berry, entre otros) y Miss Pamela (quien había condecorado con sus encantos a cansados héroes como Jim Morrison, Mick Jagger, Jimmy Page, Nick St. Nicholas, Chris Hillman y Waylon Jennings).
Hay más, siempre hay más, cuando se trata de hurgar el tacho de la basura: a Cyntia Plaster Caster, una groupie de Chicago, se le ocurrió la brillante idea de sacar molde de los penes de sus territorios conquistados con el fin de crear una extraña colección, réplica exacta de los originales de los integrantes de la Jimi Hendrix Experience, por ejemplo.
Ya a finales de los setenta la ola de calor había disminuido aunque todavía se encontraban por ahí algunas groupies que trataban a los rockeros como deidades. Ellas -en plataformas de 20 centímetros- estaban convencidas de que Sweet era un gran grupo, Suzi Quatro era la reina del rock and roll y David Bowie era Dios, según cuenta Trivia Pop, un divertidísimo opúsculo editado por Alicia Escuer.
Amores y amistades no existen en el rock (y si somos rigurosos, casi en ningún lado): los Gallagher, hermanos de sangre, se pelean como si hubieran sido amamantados con el Gran Vino Sansón; Axl Rose rompe cobijas con sus parceros del alma; Yoko explota anualmente el morbo que aún flota en el ambiente por su amado John; la reunificación de los Velvet Underground terminó convertida en una batalla de egos; Rita Marley está dispuesta a exprimirle hasta la última gota al legado de Robert Nesta; el matrimonio entre Eme Jackson y la hija de Elvis fue tan sincero como las intenciones de paz de Castaño, Patraña & Romaña, y el amor de su padre llevó a Marvin Gaye a la tumba.
¿Más pruebas, Su Señoría?
Carlos Patiño
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