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... Según los entendidos, fortalece las arterias, aumenta la fuerza muscular, estimula el sistema nervioso y psíquico, exalta la fantasía, alivia los dolores, concilia el sueño y predispone a la asociación, al perdón y al heroísmo.
(Extractado de Cromos, Octubre 26, 1998)
Empecemos por donde es: el vino es saludable
pero no tanto. Es cierto que algunos estudios serios se han hecho acerca del tema del vino y la salud y que los resultados encontrados son alentadores. En Francia, por ejemplo, uno de los países con más alto consumo de vino per cápita, hay una incidencia menor de problemas cardiovasculares, a pesar de que los franceces consumen dietas ricas en todo lo que en otros países causa ataques al corazón: grasas. Aparentemente el vino tinto arrastra el colesterol malo manteniendo sus niveles más bajos en los aficionados a esta bebida. Hace dos años le dió a mi mamá un ataque al corazón. Luego de sobrevivir la dura prueba, el médico, entre un arsenal de otras drogas, le recetó un par de vasos de vino al día con las comidas. Para que la cuenta no se subiera más que la de las ya escandalosamente caras drogas obligatorias, mi mamá decidió comprar vino de caja Don Simón (español, $3.500). Para una paisa de 60 años que nunca ha tomado alcohol en su vida, esta fue la más cruel de las recetas. Entre caras de disgusto, la caja bajó un par de centímetros en la primera semana
Luego de varios meses siempre ví un Don Simón en la nevera. Confiando en el buen juicio de mi progenitora pensé que seguía cabalmente las instrucciones del malvado cardiólogo. Un día, por curiosidad, pregunté y me dijeron que realmente era la misma caja de siempre. La pobre no aguantó su vaso de vino a la hora las comidas. Hasta ahí todo está bien. Estoy dispuesto a aceptar como gran aficionado al vino, que a largo plazo, al igual que la aspirina, evite dolencias cardíacas, pero no más.
No soy médico (sólo Biólogo Marino dicen algunos para consolarme), pero estoy seguro que una botella de Cabernet no me predispondría al heroísmo de salvar un niño ahogándose en un río. Es más, creo que una botella de Cabernet me impediría salvar la creatura pues estaría bastante torpe y ebrio. Tampoco creo que unas copas, así sean de Chateau Latif (muy caro), vayan a ser suficientes para que un amigo mío perdone a su ex-esposa después de regresar de unas vacaciones exóticas con novio nuevo. Ahora bien, lo de exaltar la fantasía no es culpa del vino sino del alcohol. Un aguardiente hace lo mismo sin tanta poesía. Por otro lado, lo de que alivia los dolores, está por verse. Dolex sigue siendo mi químico preferido a la hora del dolor de cabeza recalcitrante que da después de una noche de vino. Lo de predisponer a la asociación sí debe ser verdad. Yo tomo mucho vino, algunas veces por placer, otras por trabajo y en este momento tengo cinco sociedades de negocios. Ahora que lo pienso, también debe ser verdad lo de que concilia el sueño, aunque supongo que una tapetuza o dos deben causar somnolencia igual. Finalmente, mi fuerza muscular no se ha visto particularmente mejorada desde que tomo vino en serio, hace ya siete años. Es más, creo que ha disminuido pues ya no soy capaz de hundir el corcho como lo hacía en las épocas de secundaria.
Hay que mantener las perspectivas. El vino es una bebida agradable, sí. Es noble, especial, tiene muchas variedades y, como ningún otro trago, posee historia y tradición
Pero no es una poción mágica que alivia todos los males como nos quieren hacer creer algunos divulgadores seudo-científicos. Tome vino porque le guste y porque probablemente le va a evitar un bloqueo coronario cuando tenga 60 años, pero no porque se va a volver un personaje macancan-benévolo-imaginativo-heroíco .
Juan Camilo Jaramillo
juan@elocio.com |
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