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Es cosa de cuidado -y mucho honor, dicho sea de paso-, que el anfitrión de una cena lo invite a uno a descorchar su vino más querido salido de la cava
la estrella de la noche.
Generalmente, a esa hora, cuando dicho vino sale a relucir, ya la concurrencia está un poco descompuesta por los excesos en el alcohol y la comida; pero es un ritual. La mejor botella se toma al final. La mejor canción es la última del concierto. No debería ser así cuando se toma vino pues la lengua y el paladar están definitivamente alterados por otros vinos de menor calificación, y los sentidos adormecidos por el alcohol. Sin embargo, no vamos a cambiar desde esta humilde columna una tradición tan arraigada en la cultura del vino (aunque, confieso que desde hace unos meses he estado, secreta y metódicamente, aprendiendo a romper esa sagrada regla, y he descubierto increíbles botellas que antes había tomado, y casi ni me acordaba, pues estaba bastante ebrio para juzgarla con sobria certeza). Es pues, una muestra de confianza ofrecer la descorchada del mejor vino de la noche o que se la ofrezcan a uno; así que se debe tomar con seriedad. No pocas veces en medio de los vapores del licor, usando la herramienta equivocada, he roto un corcho en dos y, apenado, he tenido que disculparme por arruinarlo, para terminar, más avergonzado aun, hundiendo los restos en el pico de la botella. Siempre le echo la culpa al sacacorchos de turno porque de verdad casi siempre es culpa de él, o del corcho mismo, no mía; lo juro.
Aunque los corchos en general son bastante resistentes (con algunas penosas excepciones) y aguantan casi cualquier tirabuzón de navaja de abuelito, son finalmente una fibra natural, y tienen las fallas propias de este tipo de materiales. Una tarea tan sencilla como destapar una botella puede fácilmente convertirse en motivo de sonrojo cuando vemos flotando trozos de corcho en el vino. Como adulto se pueden aludir los anteriores pretextos antes que reconocer la propia impericia, pero lo mejor es armarse de una herramienta apropiada y evitar penas innecesarias. Cargar el propio sacacorchos es una costumbre muy saludable cuando de tomar vino en serio se trata.
Luego de ensayar muchos sacacorchos he llegado a la conclusión de que los mejores son los más costosos, y que los que hacen uso de tecnologías demasiado avanzadas como los neumáticos o los de lámina, pueden llegar a ser igual de embarazosos que los baratos, y en algunas ocasiones, hasta peligrosos. Revisemos cinco clases de descorchadores y evaluemos sus ventajas y desventajas:
de palanca
Estos son tradicionales entre los camareros pues son livianos, baratos, y generalmente hacen un buen trabajo. No obstante, se necesita ser realmente hábil para maniobrar con pericia la muñeca en un movimiento lento y firme que asegure que todo el corcho salga sin problemas, y que a la vez no se derrame nada al terminar de salir este, casi siempre con un sonido plop. He visto en varias ocasiones camisas muy blancas de mesero salpicarse de vino cuando el corcho y la botella finalmente se divorcian en un movimiento brusco. Además, en una oportunidad, ví una botella despicarse feamente usando uno de estos aparatos.
Mariposa
Típicos de señora, de ama de casa. Puedo decir con tranquilidad que desde que tengo memoria he visto el mismo sacacorcho de mariposa en la casa de mis padres. Con estos se supone que usted debe atornillar el tirabuzón, que generalmente es algo plano, hasta que los brazos se levanten arriba de la cabeza. Luego, dichos brazos o alas deben ser retornados a su posición original para forzar el corcho hacia afuera... En un mundo perfecto esto sería siempre verdad pero lo cierto es que en muchas ocasiones el tirabuzón no entra lo suficiente y al halar, la mitad inferior del corcho se aferra a la botella y las penas y rabias empiezan... No lo recomiendo para nada.
de láminas
Sólo puedo decir una cosa de estos sacacorchos: Son muy bonitos y parecen innovadores, pero la triste realidad es que son un verdadero desastre. Se supone que uno debe introducir las aletas o láminas por los costados del corcho y girar lentamente mientras se hala. Pero esto rara vez ocurre así, y lo que casi siempre pasa es que al girar y halar, nada sucede realmente. Si usted puede evitar esta herramienta, hágalo. Si se lo regaló su suegra y tiene que usarlo con frecuencia, matricúlese en un curso en el SENA para aprender a manejarlo con destreza.
Neumáticos
¡Ah! la física... tan bella, tan perfecta, tan inútil en estos casos. La teoría detrás de estos sacacorchos es que usted se convierta en un Dr. Mengele de los vinos, y tome entre sus manos un arma cortopunzante más parecida a una jeringa de veterinario que a un sacacorchos, atraviese sin misericordia el corcho, y con una manija digna de una clínica de abortos le inyecte aire al espacio seco directamente debajo del corcho para que la presión empuje suavemente este hasta escuchar el feliz plop... Olvídelo. Algunos corchos están muy bien puestos, y es a veces la botella la que no aguanta la presión, volando en mil pedazos en sus manos con las graves consecuencias que esto puede acarrear para su salud, su ropa o su dignidad. Otras veces el corcho es tan débil que el aire empieza a escaparse por los lados y nunca sale, y en el peor de los casos, hay corchos tan duros que la aguja se dobla al entrar. A menos que usted se encuentre con frecuencia en situaciones similares a las de una novela de Ian Fleming en las que un arma secreta es importante, no compre uno de estos juguetes... podría salir lastimado.
Continuos
Sin lugar a dudas el sacacorchos perfecto. En siete años que llevo usando el mío nunca, léase bien, nunca he dañado un corcho, pasado una pena, arruinado algún vino o lastimado a alguien. En apariencia es un poco complicado pues consta de tres piezas convenientemente encajadas cuando no esta en acción. Una es para apoyarse en la botella y recibir el corcho, la segunda, un tirabuzón independiente y muy largo, asegura siempre una buena agarrada del corcho en toda su longitud. La última pieza es una palanca que hacer girar lentamente y sin fuerza, dicho tirabuzón. La maniobra la puede realizar hasta un infante y el resultado siempre será un corcho intacto, entero y perfecto que no deja absolutamente ningún residuo en la botella, que no suena plop y que permanece triunfante en el sacacorchos para ser inspeccionado por los comensales antes de empezar a tomar el vino en cuestión. Es un poco caro, lo reconozco (me costó 40 mil pesos), pero si usted se está volviendo serio con esto de los vinos, hágase a uno lo antes posible.
Juan Camilo Jaramillo
juan@elocio.com |
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