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Hay un mito errado acerca de los vinos. Dice el folclor popular que los vinos dulces (llamados despectivamente dulzones) son malos, mientras que los secos son buenos. Aclararemos esto.
Cuando el novato catador hace sus primeros pinitos en el arte, siempre piensa que el vino dulce es de baja calidad. Básicamente por ignorancia
apenas entendible, sobre todo en este campo donde un catálogo conservador de Los Vinos del Mundo puede contener hasta 40 mil variedades. Mi primer encuentro con la academia del vino fue un enólogo argentino que visité en San Pedro (Antioquia), en 1982. Era el winemaster de Provica. No me acuerdo de qué hablamos pero seguro no fue sobre vinos dulces. De lo que sí me acuerdo claramente, es que hacía una Milanesa impresionante y que me tocaba fingir que estaba a gusto cuando la pasaba con Viejo Tonel. Hasta el 89, cuando empezó mi verdadera afición, siempre pensé que dulce equivalía a vino de iglesia, de hostias, a vino de mala calidad. Nunca sospeché que había una categoría entera denominada vinos postre, o que había botellas de Sauterns Sauvignon Blanc de sólo 375 ml. (media) que costaban hasta 300 mil pesos.
Para mi gran fortuna y posterior placer, supe por mi maestro, que al final de una catación informal, o de una comida acompañada de vinos secos, se acostumbra siempre abrir una de esas pequeñas botellas de vino postre. No de vino dulzón como el Juan Pablo II de consagrar, que venden los supermercados. No. Se trata de un vino tan dulce que los diabéticos deben ser cautelosos hasta con su olor. Los vinos postre son verdaderos néctares que impregnan los pliegues internos de la boca de una dulzura intensa, vibrante, casi adictiva. Después de esa primera vez, nunca he podido terminar una catación decente sin una de estas pequeñas y maravillosas botellitas.
Lo mejor es que siempre las hemos tenido aquí, en frente de las narices
al menos una clase. Se llaman Late Harvest (Concha y Toro o Undurraga $12.000, Exito, Superley). Late harvest significa literalmente cosecha tardía. Las uvas con las que se elaboran estos vinos permanecen en la viña más del tiempo necesario para que maduren hasta casi convertirse en pasas. Las pasas tienen mucho azúcar y al fermentarse, este exceso nunca logra convertirse en alcohol, con la deliciosa consecuencia final: un vino dulce, un vino néctar. El excedente de carbohidratos (azúcar, para los que perdieron química), luego de la mutación primaria que en otras circunstancias sería inconveniente y hasta indeseable es, en este caso, una bendición. Hay vinos postres de muchas clases, e incluso de otras frutas como mora o frambuesa (son licores realmente pero en estos casos se les llama vinos) y aunque no todos son tan deliciosos como los hechos con la uva Sauvignon Blanc, sí son muy dulces. Hay mucho que hablar de ésto y queda poco espacio, así que haré una última recomendación: el vino dulce no es malo, por el contrario, es exquisito, y usted tiene derecho a saberlo. No sólo eso, usted debe probarlo, experimentar cómo es, sentir el néctar. Como una droga prohibida, usted, desafiando el casi siempre incorrecto folclor popular, debe arriesgarse al vino postre. Le aseguro que después de esta primera vez, la dependencia será para siempre
y no se arrepentirá. Pongo mi reputación en juego. Dejo en su paladar mi credibilidad. Si algún lector, con el corazón en la mano es capaz de decirme que un Late Harvest le supo mal, renuncio a mi puesto como columnista de vino de Elocio y me dedico a hacer páginas web o algo asi (¡sí, ufff!)
Juan Camilo Jaramillo
juan@elocio.com |
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