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Cuando Beatles viajan a la India en busca
de la paz espiritual que les negaba la histeria colectiva de Occidente, se encontraron con algo más que sujetos excéntricos que tragaban vidrio o espadas, comían cosas que por aquí son adorno de floreros
sujetos que tenían algunas respuestas que siempre ha buscado nuestra cansada cultura terrenal: hallaron un rico y milenario legado sonoro, unos instrumentos que sonaban a nada conocido, una forma de entender la música que era absolutamente inédita para nuestros cuadrados cerebros. George Harrison descubrió el sitar, la tabla y las ragas, y su música nunca más fue la misma
la India devolvió cuatro sujetos que nunca más serían los mismos. Nuestra música occidental (el pop, el rock y sus ramificaciones) jamás volvería a ser la misma.
Pero antes
Harry Belafonte con su graciosa música Calypso traída de las playas caribeñas y transplantada al music hall de Broadway, películas de héroes juveniles y recintos de baile exótico de los Estados Unidos, puede ser uno de los primeros antecedentes válidos del interés occidental en las músicas del Tercer Mundo. No obstante, la calentura que provocó este sonido no fue lo suficientemente intensa como para asegurar una llama duradera. Luego vendrían otros ritmos autóctonos como la bossa nova que, en definitiva, seguirían ahí, presentes, pero sin la potencia necesaria para ser corriente principal. Sólo hasta que la inmensa colonia jamaiquina residente en Nueva York y Londres erigió a Bob Marley como el nuevo Mesías, y creó un culto alrededor de sus canciones de liberación, paz y amor fraternal, sólo hasta entonces, nunca había nacido un segundo rock
el primer rock con características de una región en particular: el reggae, el rock jamaiquino, producto de una deliciosa fusión de ritmos caribeños que se tomó su tiempo preciso para cocinarse a fuego lento.
El amo blanco
A finales de los setenta, los Police le acaban de dar la bendición al reggae
pero bajo una pálida denominación: reggae blanco. El nuevo invento es arrollador, increíblemente arrebatador y de un atractivo innegable. El rock rápido y certero de Copeland, Sting y Summers junto a las cadencias deliciosas extractadas del reggae básico, hizo más ricos, premiados y famosos a los Police que al mismo Marley ya muerto y enterrado por un cáncer brutal que lo despegó de la Tierra y de su bendita marihuana.
Una cosa se empezaba a hacer evidente: el rock se estaba cansando, necesitaba oxigenarse, dar un giro, tomar un segundo (¿tercero, cuarto
quinto?) aire. Y la solución estaba en las regiones a las cuales sólo se venía a estudiar la malaria.
Simon versus Africa
Visitar Africa (casi vivir allí), investigar sus raíces musicales, hacer amigos africanos, empaparse de su cultura, vestirse como ellos, sacar de su contexto a músicos como Youssou N Dour y mostrarle el camino de otra vida; desnaturalizar sus sonidos originales, filtrarlos, darles un acento más occidental
Con frecuencia se afirma que la labor de sujetos como Peter Gabriel y Paul Simon es eminentemente filantrópica, sin mayores ánimos de interferir con las músicas locales, respeto e impulso a talentos no descubiertos, no contaminados. La otra facción, los infaltables radicales, sólo pueden ver intromisión, parasitismo, intervencionismo descarado. Ambos lados tienen algo de razón. Gracias a su álbum Graceland, Paul Simon (quien llevaba tres años sin grabar y estaba prácticamente olvidado por crítica y público), obtuvo el premio Grammy al Mejor Album de 1986. Con la ayuda fundamental de grandes artistas surafricanos (violando el boicot decretado por Naciones Unidas a uno de los países más racistas del mundo) este norteamericano, algo confuso desde su divorcio de Art Garfunkel, logró crear una bella colección de canciones que respiran una exhuberancia poco común en discos de rock
un álbum que abrió, definitivamente, las puertas a la llamada World Music.
Gabriel, el Angel
El inglés Peter Gabriel, por su parte, tomó de Africa, la Europa Balcánica, el Medio y Lejano Oriente, las milenarias tradiciones celtas y hasta de nuestra América india, toda la inspiración, no sólo para concebir sus excepcionales trabajos (sobre todo Passion, banda sonora de la película del mismo nombre), sino también para crear el Festival WOMAD (gira mundial de conciertos con docenas de artistas que profesan diferentes credos musicales) y su casa disquera Real World, una auténtica Torre de Babel donde conviven, armónicamente, artistas de rincones tan inesperados como Laponia o Colombia (Totó La Momposina grabó allí). Gabriel ha impulsado, como nadie, a figuras que, sin su concurso, habrían permanecido en un triste anonimato. Eso, en plata blanca, es mutuo beneficio.
World Music es hoy día sinónimo de apertura conceptual y atrevidas fusiones. No hay necesidad de rasgarse las vestiduras por el saqueo cultural a que se están sometiendo nuestras pobres naciones (ya suficientemente esquilmadas por los productores que mezclan merengue con cualquier cosa). Abra su mente a un nuevo sonido que está expandiendo los límites mismos que existen entre las músicas, que cada día se hace más atrevido y sofisticado (vaya y cómprese, ya mismo, un disco llamado We Need New Animals de una banda llamada DAAU). Vaya y recorra un nuevo mundo de sonidos que le proponen estos nuevos corsarios, esta torre que no se va a caer
cd´s básicos
Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock
Ryuichi Sakamoto
Merry Chistmas, Mr. Lawrence
Cuando Nagisa Oshima estaba en el proceso de escoger los actores que habrían de acompañar a David Bowie en esta película de 1983, de inmediato pensó en alguien que no fuera aplastado por la condición de super estrella que tenía el músico inglés. El director japonés no lo tuvo que pensar mucho tiempo: Ryuichi Sakamoto, la única y verdadera figura musical de renombre mundial que tenía Japón; el genio creador detrás de la Yellow Magic Orchestra, la banda que puso al país en el mapa rock mundial entre 1978 y 1983. Ganador del premio Oscar por la música para The Last Emperor de Bertolucci (en la que también actuó). Ganador del Globo de Oro por la música creada para el mismo director en su cinta The Sheltering Sky. Creador de la música para The Little Buddha, Tacones Lejanos y Wuthering Heights, entre muchas otras, Sakamoto no sólo le entregó a Oshima una soberbia actuación en Merry
, sino también una banda sonora memorable.
Maestro absoluto en combinar (sin bruscas rupturas) sonidos tradicionales del Japón, música electrónica, composición sinfónica y algunos elementos de la música clásica occidental, este disco funciona no sólo dentro de la cinta misma, sino que también se puede escuchar sin evocar necesariamente los momentos a que se refiere cada instante sonoro. Esta virtud, que poseen pocos creadores de música para películas (Vangelis es otro virtuoso en este aspecto), hacen de Merry
un álbum fundamental, sin fisuras, bello, perfecto. Para destacar, finalmente, la canción de cierre del disco, cantada por el inglés David Sylvian (ex Japan): Forbidden Colours
una experiencia imborrable, conmovedora.
De Sakamoto también me atrevo a recomendar Beauty y Dischord, dos piezas de la más atrevida vanguardia sonora que se pueda uno encontrar en alguna tienda medianamente especializada de estas lejanas tierras (para ellos, los japoneses).
cds recomendados
Anoushka Shankar
Anoushka
Su apellido parece indicar que no tenía otra opción. Hija de su papá (Ravi Shankar, desde luego), el máximo exponente de la música del norte de la India, el máximo exponente del sitar (un instrumento con siete siglos encima), desde pequeña recibió todas las bases necesarias para ser una digna sucesora. Ahora, a los 17 años, después de recorrer el mundo entero en compañía de Ravi, después de hacerse acreedora a una distinción de la Cámara de los Comunes del Parlamento Inglés (la única y más joven mujer en obtener tal galardón por su contribución a las Artes), después de grabar un trabajo debut producido y compuesto íntegramente por su padre
después de un montón de cosas buenas que le han pasado a tan corta edad, no tiene más remedio que enfrentarse a su destino.
Virtuosa en la ejecución de un instrumento que sólo admite virtuosos, la señorita Shankar se desenvuelve con una propiedad digna de un maestro. Durante los sesenta minutos que dura este disco, se cae fácilmente rendido ante la magia y pasión que transmite esta joven. Iniciado o no en este tipo de sonoridades; curioso ocasional o furioso hincha de la world music, la verdad es que Anoushka despierta sensaciones, crea imágenes en tu cerebro
no deja indiferente. En este, su primer álbum, expone todo su bien asimilado arsenal de trucos, improvisaciones y, desde luego, la sabiduría transmitida por un padre al cual, la música de occidente, le debe muchas cosas.
Anouar Brahem/John Surman/Dave Holland
Thimar
Cuando, por casualidad o sentido de causa, tome entre sus manos un disco del sello alemán ECM, recuerde tener en cuenta que esta compañía de Manfred Eicher, está dispuesta a lo inconcebible para los dueños de las demás empresas discográficas del mundo entero: grabar las más extrañas e imposibles fusiones, expandir los límites conocidos de los instrumentos y los más encontrados géneros, dar un nuevo significado a lo que se entiende por jazz.
Thimar, una creación del ejecutante tunecino del oud (predecesor árabe del laud y la guitarra) Anouar Brahem -con la estrecha colaboración de dos maestros absolutos del jazz contemporáneo, John Surman (saxo soprano) y Dave Holland (bajo-doble)-, nos ofrece la posibilidad de entender, definitivamente, la inutilidad de las clasificaciones y etiquetas que, en ocasiones, adjudicamos caprichosamente a ciertas expresiones artísticas. ¿Qué es Thimar? Hay docenas de respuestas, todas ellas válidas, todas ellas fácilmente descartables y hasta traídas de los cabellos: jazz étnico, world fusion jazz, jazz tunecino, jazz de vanguardia
Ante la imposibilidad de encontrar una etiqueta justa, no se tiene más remedio que sentarse cómodamente y disfrutar de unas músicas que uno no creía posibles
de unos instrumentos que nunca se habían puesto juntos en un estudio de grabación, unas culturas que a veces sólo se encuentran para darse bala. No queda otro remedio que dejar a un lado las tontas ideas de diseccionar el arte y encerrarlo en una aburrida denominación. Thimar puede ser un buen comienzo.
javier rodriguez
javier@elocio.com
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