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la vieja era
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Azúcar pura para oídos complacientes. A finales de los sesenta y durante todos los setenta, la música instrumental (electrónica, acústica o electroacústica), era llamada simplemente de vanguardia. Sus principales figuras –casi todas ellas de orígen alemán-, eran por lo general artistas de sólida formación académica; sujetos más preocupados por abrir nuevas fronteras para el sonido, explorar los límites que podían entregar esas fascinantes máquinas conocidas como moog, mellotron o simplemente sintetizadores y, de paso, asegurarse un espacio en el Olimpo Sonoro. Todo funcionó de una forma más o menos marginal, subterránea. No eran discos que vendieran millones. Sus creadores no eran super estrellas, no había limusinas, caviar o pieles. Eran simplemente artistas.

Un campanazo
Unos años después de que Walter Carlos (ahora Wendy, gracias al bisturí), lanzara al mercado el primer disco interpretado íntegramente por un instrumento electrónico, un joven recorría las principales casas disqueras inglesas buscando quién le editara un disco que había grabado él solo, ejecutando cerca de treinta instrumentos. La obra era Tubular Bells, el sujeto Mike Oldfield y el visionario que se atrevió a volverse rico casi instantáneamente (más de 15 millones de copias se han vendido hasta fecha), era Richard Bramson dueño de la naciente Virgin Records. No obstante, este disco no generó ningún gran movimiento, pero sí fue, casi literalmente, un campanazo de alerta.
Estos sonidos seguían confinados a películas de ciencia ficción, documentales sobre la naturaleza o cortinillas musicales para emisoras tercermundistas. Estos sonidos seguían dispersos, sin una religión oficial que los agrupara o les diera un sentido.

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A finales de los setenta ya había una respetable nómina de casas disqueras especializadas en grabar artistas de difícil clasificación. Eran piezas sonoras menos drásticas que la electrónica del alemán Klaus Schulze (el de la foto), los Cluster o los sonidos más experimentales de un Brian Eno. Eran piezas que lindaban peligrosamente con la melcocha de Richard Clayderman o las orquestaciones kitsch de Paul Muriat. Eran discos con referencias permanentes a la nueva espiritualidad, al encuentro consigo mismo, la búsqueda de una relación más armónica con la naturaleza… discos con paisajes en sus carátulas, ángeles tocando arpas y demás ocurrencias de una sensibilería new age, cursi, para los más críticos.
Se cree que fue Peter Baumann (ex Tangerine Dream) quien, establecido en Estados Unidos y al frente de su casa disquera Private Music, vertió las aguas bautismales a la criatura: Nueva Era.
Distorsiones
Enya se aleja de sus familiares de Clannad para lanzarse a la gran aventura en solitario. Se edita Watermark, un disco que resultó algo así como el nacimiento oficial de lo que más tarde se conocería como new age pop. Su voz de sirena, las fusiones electrónicas con la rica herencia musical celta, las atmósferas etéreas y bellamente sensuales, resultaron irresistibles para los mal entrenados oídos humanos (un producto que ha mostrado sus bondades y que, por lo tanto, ya se ha negado a evolucionar… es más seguro vender lo mismo, no correr riesgos…). Millones de copias vendidas en el mundo entero, crearon una nueva millonaria y sacó a la New Age del oscuro sótano en el que lo tenían resignado las modestas ventas que generaba. Ya había super estrellas legítimas para mostrar… pero también espacio para falsos ídolos. El griego Yanni es la muestra más clara del oportunista que apoyado en unos trucos bien ensayados, orquestaciones convencionales y un falso virtuosismo, logra apoderarse del estandarte de gran gurú. New Age para amas de casa, diría mi mamá.
La pluma de los más expertos siempre ha estado dipuesta a darle con todo a la New Age Musical. La mayoría de las veces con justa razón. Y es que esta corriente se llenó de una insoportable mediocridad; el facilismo, la repetición de las mismas y viejas (¿Vieja Era?) fórmulas (premio especial a quién sea capaz de diferenciar un disco de otro del japonés Kitaro), las tergiversaciones y uso abusivo de una estética de terciopelo, pueden terminar de cocinar prematuramente la gallinita de los huevos dorados.

cd´s básicos

Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock

Tangerine Dream
Phaedra

En 1974, este trío alemán editó una obra que en su momento (y creo que ahora también) fue considerada como una de las más brillantes piezas de LSD acústico. Música que se derrite, fue el calificativo que mejor describía los 38:03 minutos de música electrónica sin concesiones, sin afanes de crear melodías reconocibles o tarareables… experimentación pura. Froese, Franke y Baumann estaban aun incontaminados, no tenían compromisos comerciales, no habían sido tocados por ninguna onda mística y disfrutaban plenamente su condición de artistas de vanguardia. Es por eso que Phaedra tiene ese marcado acento de independencia, contracultura, contracorriente. Sonidos amorfos, atmósferas que te invitan a soñar, música que te entra al cerebro y difícilmente vuelve a salir, negación absoluta a los sonidos oficiales. La primera fase de los Tangerine Dream, hasta la edición del exquisito Tangram, es quizás la mejor de la banda. Y este disco está justo en la mitad. Luego vendrían cambios en la formación, guiños a las listas, música por encargo y la reverencia absoluta a la New Age.
Phaedra es una obra básica porque guarda el espíritu original de la música de sintetizadores. Estos artefactos son tratados por los Tangerine Dream (maestros y pioneros absolutos del rock electrónico) como verdaderos instrumentos y no como máquinas generadoras de efectos. Una buena y respetable colección de música no puede sustraerse a la fascinación que generan este tipo de experiencias… este tipo de viajes…

cds recomendados

Duran Duran
Greatest
Pocas veces un trabajo recopilatorio deja contento a todo el mundo. Siempre queda faltando esta o aquella canción. Siempre se añaden temas de dudoso éxito o calidad discutible. Pero con este Greatest de la formación inglesa Duran Duran, no caben los reclamos o lamentaciones: son en total diecinueve temas que sintetizan perfectamente la carrera de una banda insignia de la new wave, un grupo que en los ochenta revolucionó el mundo del rock, pero no precisamente por sus canciones fáciles y pegajosas. Con la creación de MTV, los cerebros detrás del grupo entendieron la importancia del canal y su enorme potencial. Por eso contrataron a Russell Mulcahy (Highlander) para que dirigiera los videos más espectaculares, creativos y de presupuesto poco usual. Millones de discos vendidos, música que, por vez primera, entraba por los ojos y no por su canal natural, y el establecimiento de una nueva gramática visual, fueron los resultados más evidentes. Y aunque muchos acusaron a los Duran Duran de ser un grupo que sólo funcionaba por la mecánica sofisticada creada a partir de su imagen, el tiempo se encargó de revelar a Simon Le Bon y sus muchachos como unos artistas capaces de concebir canciones que han aguantado perfectamente el paso del tiempo y las críticas más severas. No siempre los bonitos la tienen fácil.

Grant McLennan
Horsebreaker Star
Si la primera edición de Elocio hubiera salido a la calle a principios de 1994, seguramente en ese entonces hubiera reseñado este disco. Aunque esta no es ninguna novedad, no resisto la tentación de contarles que es una de las mejores colecciones de canciones de pop alternativo que se puedan encontrar en los últimos años. Ex-integrante de los ya disueltos Go Betweens, McLennan es uno de los más finos letristas de la escena contemporánea, un guitarrista de nivel superior y un vocalista sin complejos. Todas estas virtudes las puso al servicio de un disco que, hace cinco años, fue considerado una pequeña joya por publicaciones especializadas como Spin.
McLennan está acostumbrado a los reconocimientos tardíos. Los seis discos que alcanzó a editar con su banda, se volvieron asunto de coleccionistas. Los periodistas musicales, que en vida negaron la importancia de los Go Betweens, se deshacen en elogios destacando la labor pionera de un sonido que, unos años más tarde, llevaría a los R.E.M. hasta las mismas puertas del cielo musical.
Horsebreaker Star está concebido en forma artesanal. Grabado en la casa de Stipe y su corte (Athens, Georgia), no apela a trucos electrónicos ni le hace juego a las músicas que enloquece a la muchachada de los noventas. Este es un disco adulto, para adultos. El estilo McLennan es algo así como una fina huella digital que no admite confusiones y menos imitaciones.

javier rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el viernes, 14 julio 2000
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