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¿alguien escucho algo?
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Según lo gritan las Sagradas Escrituras, en los años setenta los jóvenes del mundo se cansaron de esperar la vida que sus diligentes padres y acuciosos maestros les habían vendido. Y estallaron. Esa explosión se tradujo en actitudes, palabras y hechos. El rock recogió esa rabia y sirvió para esparcir los nuevos sueños, dar fe de los lugares nunca antes vislumbrados y quemar los viejos ídolos que ardieron como malos recuerdos en los ya nunca más inocentes altares juveniles.
Las canciones que antes permitían acercarse a prudente distancia de una boca, empezaron a acariciar, hurgar, horizontalizar y varios verbos más. El rock, en tanto transgresión y ruptura, sirvió para mantener a los jóvenes por fuera del alcance de los adultos y les dió un ritmo, hijo de ritmos, para rebelarse contra todo orden establecido y para proponer toda suerte de utopías. Aunque tú, mi lector, ya sabes cómo terminó la película, es pertinente recordar que un tiempo hubo bandas de rock, que en otra época existió algo llamado contracultura y que en otros cielos los ángeles sí tenían sexo. La historia de un país ilustra la ilusión rota…
Una vez después de que Armstrong y Aldrin supieran cómo se ve la Tierra desde la Luna, cerca de medio millón de jovencitos y jovencitas se dieron cita en la granja de Max Yasgur, vecina de White Lake y próxima a Bethel (2.763 habitantes, en 1969), después de haber sido forzados a abandonar el sitio original situado a 80 kilómetros de ahí: Woodstock, hasta entonces insignificante pueblecito del estado de Nueva York. A pesar del equívoco geográfico, pocos evocan hoy en día el nombre de Bethel como centro de comunión y prefieren otro, con más pompa y circunstancia, Woodstock Music and Art Fair: an aquarian exposition.

Monterey, antes
Del 16 al 18 de junio de 1967 se realizó el Monterey International Pop Festival, primera invasión hippie de la historia. Tres días bajo el lema de Música, Amor y Flores, fueron suficientes para entronizar en un cielo ávido de estrellas a Janis Joplin, Otis Redding, Buffalo Springfield, Simon & Garfunkel, The Mamas & The Papas, Paul Butterfield, The Who y Jimi Hendrix. Monterey abrió una puerta que había permanecido rigurosamente clausurada y que ya fue imposible volver a cerrar: ¿quién quiere fiestas privadas si es posible compartir todo con el resto de la humanidad?
Si Monterey introdujo la llave, Woodstock —que se realizó entre el 15 y el 17 de agosto de 1969, y cuyo lema fue Tres Días de Paz y Música—, disparó la imaginación de una multitud que, gracias a un monumental aguacero que todavía –treinta años después- moja prensa, deslizó por el barro antiguas creencias y autoridades, viejos valores y parientes, atávicos tapujos y prejuicios. Fue, se dice, “la mayor concentración humana desde la multiplicación de los panes y los peces”, el verdadero inicio de la Era de Acuario. Para otros, padres, curas, jefes, suscriptores del orden y las buenas costumbres, fueron sólo tres días de ruido infernal, estiércol, hostias lisérgicas y amor libre.
Hendrix, Richie Havens, Jefferson Airplane, Ravi Shankar, Santana, The Who, Joe Cocker, Ten Years After, Sly & The Family Stone, The Band, Joan Baez y otros tantos ángeles y demonios hicieron posible que esa muchedumbre se atreviera a considerar la posibilidad de fundar un país llamado Woodstock, nación de ideales y esperanzas que nunca libraría guerras contra otras tierras; sensible frente al entorno ambiental y al dolor de todo ser; respetuosa de todo color, sabor y olor; libre de racismos, colonialismos, sexismos y clasismos; sintonizada con las vibraciones del cosmos y las buenas ondas antes que con la UPI, el Pentágono o la revista Selecciones.

Altamont, después
Woodstock fue la celebración generacional (a pesar de los tres muertos de rigor), mientras que el concierto de Altamont —una autopista a 64 kilómetros al sureste de San Francisco—, fue su entierro definitivo apenas cuatro meses después: desórdenes incontrolables, riñas por doquier, trabas, malos viajes y un asesinato en vivo por obra y gracia de los Hell’s Angels, banda de moscas drogadas que revoleteaba armada cerca de cualquier reflector. La luz provenía, en este caso, de los Stones y de Jefferson Airplane.
Mick Jagger y compañía, grandes ausentes de Woodstock y en pleno apogeo de su carrera, ofrecieron un concierto gratuito como agradecimiento a la juventud norteamericana por la acogida brindada al tour del 69. El resultado se conoce como el día en que los Stones perdieron la sonrisa.
No hay que ser la divina adivina rock para saber que desde entonces nada volvió a ser como antes. Sí, es cierto, hubo otro concierto multitudinario (600 mil corazones se reunieron en 1973 en Watkins Glen, Nueva York, para aclamar a The Band, Allman Brothers y The Grateful Dead), pero ya la energía no fue la misma.

Los chicos de entonces
Hoy, treinta años después, todavía hay quién se pregunta qué pasó. Pues bien, todo pasó: la contracultura fue, previsiblemente, engullida por las fauces del consumo; el rock se convirtió en una industria que cada vez tiene más de mercadeo que de emociones; Peace & Love devino en marca registrada; las drogas dejaron de ser un experimento inofensivo; los Beatles se reunieron, de nuevo, gracias a una consola; las sillas de los conciertos empezaron a ser numeradas; aquellos jovencitos y jovencitas crecieron, se incorporaron al sistema y se volvieron adultos, tan o más conservadores que sus padres y madres:“yo estuve ahí, sé lo que es bueno y es malo y eso, definitivamente, no te conviene…”.
¿Dónde están los muchachos y muchachas de entonces? ¿Son los mismos que llevaron al poder a Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush y Clinton? ¿Aquellos pacifistas que depositaban flores en los fusiles fueron los que aplaudieron después las acciones contra Chile, Granada, Nicaragua y Haití? Los nostálgicos, que los hay, todavía añoran las flores en el pelo, la guitarra al aire, la batería metiendo bulla, los pubis y penes al aire. Deberían saber que su generación gloriosa ya llegó al poder. ¿Algo ha cambiado?
Dejar de rumiar melancolías parece ser el camino: el pasado es ciertamente una sensación que paraliza y, de hecho, es la última tentación que les queda a esos cristos que nunca probaron cruz pero que hoy son el sistema. Como dijo la cantante Grace Slick, quien estuvo en Woodstock y Altamont cuando le preguntaron si extrañaba los sesenta: “no, no realmente. Lo he hecho, claro, pero es como decir que extrañas el cuarto grado. Me gustó estar en cuarto grado —cuando estuve ahí— pero no quisiera repetir el año”.

cd´s básicos

Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock

Ultravox
Vienna

La verdadera dimensión y valor que para el mundo del pop-rock representó la década del ochenta, sólo se pudo apreciar con justicia en los noventa… en la segunda parte de los noventa. Sintetizadores, maquillaje, ambiguedad sexual, negación de la suciedad y desparpajo punk… aquellos diez años dieron para todo; quizás por ello se reeditan a diario bandas que en aquellos tiempos sólo lograron tímidas figuraciones… quizás por ello se ha vuelto obligación tener una colección de éxitos de los ochenta.
Nadie me lo ha preguntado pero respondo de antemano a quien me indague sobre el disco más importante de los ochenta, del tecno, de la new wave: Vienna de Ultravox. Esta colección magistralmente producida por el alemán Conny Plank (también tras las consolas en el álbum debut de los Devo, y visitante ilustre de Medellín, unos meses antes de morirse de cáncer) contiene la negación completa de los pecados que le atribuyen a la música de sintetizadores: aquí no hay la tan trillada frialdad de la máquina, ni los músicos-robot que sólo pulsan una tecla y los cerebros electrónicos se encargan del resto. La proliferación de bandas menores y músicos de estudio, le dieron mala fama (con sobradas razones) al tecno.
Conducidos por Midge Ure (quien reemplazó al irreemplazable John Foxx), los Ultravox, artistas trajinados y con sólida formación académica, armaron un trabajo de rock electrónico en el que la guitarra está siempre presente para recordarnos que ha sido y será el instrumento base del género. Canciones como Sleepwalk, Vienna o All Stood Still, deberían ser texto de consulta obligada para quienes se perdieron la década o simplemente la ignoraron por frívola y ligera.

cds recomendados

Mercury Rev
Deserter’ s Songs

Este es un disco extraño, difícil de digerir; es una obra que rompe de entrada con las ideas preconcebidas que tenemos sobre lo que debe ser rock. Por eso las preguntas son pertinentes: ¿tiene la música de este tiempo fronteras visibles? ¿se deben seguir utilizando los rótulos y etiquetas para separar un sonido de otro? A los dos cuestionamientos me permito responder: no.
En 1991 este quinteto de Buffalo, en el estado de Nueva York, debutó con un trabajo titulado Yerself Is Steam el cual arrebató hasta a los más fríos y radicales comentaristas musicales de Inglaterra. Veían en los Rev una especie de nueva ola para el rock construído básicamente con guitarras. Veían en los Rev un inteligente relevo de una línea en la que grupos como Pixies, Sonic Youth o los Dinosaur Jr., habían creado parámetros.
Ignorados en su propio país, a esta banda le tomó mucho tiempo alcanzar respeto y reconocimiento. El comportamiento sicótico y antisocial de la gran mayoría de sus integrantes (uno le trató de sacar un ojo al otro con una cuchara… están vetados por una aerolínea…), la inmadurez y otras actitudes que los más complacientes se empeñan en justificar como “personalidad artística”, les impidió llegar con más certeza y rapidez al lugar que se merecían. Sin embargo, con Deserter’s Songs (otro disco con la bendición de los especialistas en el recuento 1998), estos chicos ya denotan su clara intención de quedarse, y con argumentos. Extrañamente bello, en ocasiones siniestro, esta placa parece más bien el trabajo de una orquesta, por sus bien logradas maniobras de música “seria”: los arreglos, las diferentes texturas, el manejo de lo acústico, el virtuosismo instrumental, las letras sofisticadas, los tratamientos y distorsiones vocales, la producción… todo le ha salido bien a un grupo que no se parece a ninguno (aunque en ocasiones hay evidentes evocaciones Beatles, y uno de sus más aventajados imitadores, los Klaatu); que tiene ahora una idea más formada de sus intenciones y lugar dentro del negocio.
Bands, those funny little plans, that never work quite right
(extractado de Hole, Deserter’s Songs)

The Mysteries of Life
Come Clean

Las palabras claves en la segunda placa de la formación norteamericana (Bloomington, Indiana) The Mysteries of Life son: sencillez, simplicidad, economía de recursos, ausencia de exhibicionismos innecesarios. Este, no es un disco en el cual se hayan tomado demasiados riesgos. Esto, sin embargo, no significa que no sea ambicioso. Me atrevo a contarles que es uno de los discos más bellos y perfectos que he escuchado en mucho tiempo. Y tengo razones para el entusiasmo.
Come Clean está construído con dosis bien medidas de folk, country y elementos clásicos del rock más elemental y básico, y con algunas remembranzas del más elegante folk inglés. Quizás, para los no iniciados en la obra de bandas como la de Steve Miller o los mismos Eagles, el disco puede resultar algo rústico, sólo comprensible en las áreas más rurales de Norteamérica. Pero, a medida que se avanza en su cuidadosa audición, se empieza a compartir (y entender) la belleza y sensibilidad no escondidas en cada una de sus catorce canciones.
The Mysteries of Life, al igual que otros grandes e influyentes grupos como Wilco y Son Volt, entre muchas nuevas formaciones, están empeñados en reinventar géneros locales, dándoles un aire más contemporáneo, pero sin caer en los extremos de negar las raíces. Estas bandas de jóvenes talentos, en lugar de mirar el futuro desde el hoy o el mañana, han preferido escarbar en su pasado (revaluar a Bob Dylan, actualizar sus postulados, atar cabos, repensar) quizás para reescribirlo y no mirarlo como un evento impreso en la memoria de otros.
Este disco (declarado por la crítica especializada como uno de los mejores de 1998), este grupo, invitan a explorar, cambiar de horizonte. Ahora que las emisoras comerciales tienen una propuesta tan limitada, estamos en la obligación de ir un poco más allá, por nuestra propia cuenta. El verdadero arte sonoro no está en las recomendaciones matinales de un experto en todo y nada.

javier rodriguez

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Página actualizada el viernes, 14 julio 2000
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