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Los Rolling Stones se niegan a morir. O en realidad se niegan a matar una avestruz con huevos de diamante (ya son frecuentes las cancelaciones de conciertos por la enfermedad de alguno de sus miembros). Los Who, cada cierto tiempo, hacen giras mundiales de regreso triunfal. Los Yes siguen ahí, como si todo el mundo estuviera reclamando su continua presencia. Emerson, Lake & Palmer recorren el mundo como si nunca hubieran jurado no juntarse jamás. La lista no para ahí. Los Pink Floyd se volvieron un enigmático show multimedia en el que la música, en ocasiones, pasa a un segundo lugar. Kiss ha descubierto que el mercado está igual que hace veinte años: se volvieron a pintar, echar candela por la boca y usar plataformas de treinta centímetros que ponen en peligro de explosión sus ya riesgosas várices. Todavía pueden vender chaquetas, revistas, llaveros, posters, tatuajes y toda la parafernalia que sólo adolescentes y eternos adolescentes son capaces de consumir. Moody Blues reeditan discos, hacen nuevas mezclas. Sus ya cansados rostros, sus ya cansadas músicas exigen, como todos los mencionados aquí, un reposo reparador. Ian Anderson, de Jethro Tull, estuvo de gira por España y exigió algunos detalles propios de su edad: no fumadores, aire acondicionado a cierta temperatura, un ambiente completamente esterilizado
el tiempo pasa y las piezas de colección necesitan cuidadados especiales.
Estamos hablando de leyendas, de músicos virtuosos, de artistas que abrieron nuevos caminos, que reinventaron fórmulas agotadas. Estamos hablando de creadores que ya cumplieron un ciclo pero que, sin embargo, se niegan a retirarse dignamente: los contadores acosan, el estilo de vida de antaño debe ser conservado
las mansiones cuestan, no es barato el mantenimiento de un avión.
Un solo caso
Claro, hay argumentos poderosos para, por ejemplo, poner en duda que los Stones se retiren: llenan estadios con docenas de miles de enloquecidos fans de ayer, hoy y mañana
¡en todo el mundo!. Sus videos son los más creativos y vanguardistas (tienen los mejores presupuestos, lo que significa que se puede comprar lo mejor del mercado). Sus ventas siguen siendo millonarias. ¿Por qué pedirle respetuosamente a sus Satánicas Majestades que se dediquen mejor a criar sus nietos y prestarle más atención a sus vacas? Sencillo: desde hace más de quince años, Jagger y su corte vienen moliendo un esquema repetido y exitoso, atractivo y, desde luego original. Su éxito descomunal se debe a que nunca han dejado de ser ellos mismos (los Kiss siguen tocando igual que hace veinte años, los E. L. & P. siguen cultivando el rock sinfónico como si aun estuviera de moda, los Who no van más allá de sus seguras óperas
). La música se detuvo allí. No hay modas, no hay tiempo. Son los Rolling Stones y nada los puede tocar ni alterar su pensamiento. De todas formas nadie se lo exige. Estamos en la era de dejar ser, dejar hacer. En estos noventas hay pocas causas que merezcan un desplante o una actitud rebelde. Ellos lo saben y por eso se mantienen al margen de los problemas. ¡Qué falta están haciendo los escándalos, las expulsiones de hoteles, los enredos románticos con personajes de dudosa honorabilidad, dudosa virginidad! Quizás los que vemos no sean realmente los Stones, sino una versión descafeinada, libre de nicotina y alquitrán. Un placebo.
Creo firmemente que los citados en este escrito deben seguir en su lugar, envejeciendo ante la mirada de los que aun los reconocemos y agradecemos su aporte. Todavía disfrutamos las necedades seniles de Plant y Page, las sorpresas predecibles de Gilmour o los nuevos trucos que le han preparado a Gene Simmons los especialistas en efectos especiales. El circo tiene muchas carpas
hay espacio para todos. Queremos verlos equivocándose, haciéndose humanos.
cd´s básicos
Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock
Pink Floyd
dark Side of the Moon
Según las palabras de David Gilmour, este trabajo es una consecuencia lógica de lo que la banda venía haciendo desde Saucerful of Secrets, pasando por Atom Heart Mother y llegando a un tema titulado Echoes, presente en Meddle. Dark Side of the Moon no es pues una pieza surgida espontáneamente, sin conexiones, producto de un arrebato de genialidad instantánea. Es un proceso, un ir ubicando las piezas correctas en los espacios adecuados.
Roger Waters: El álbum utiliza el sol y la luna como símbolos; la luz y la oscuridad, lo bueno y lo malo, la fuerza vital que se opone a la fuerza de la muerte
Conceptos simples para una colección de canciones en donde la electrónica, los sintetizadores, los trucos de estudio y las letras delirantes sacadas de la mente de un loco demasiado cuerdo, dan como resultado un trabajo que, con el tiempo, se hace más grande, más complejo, más lleno de claves ocultas (se dice que fue creado a partir de El Mago de Oz, para lo cual se recomienda ver la película y escuchar el disco simultáneamente).
Dark Side of the Moon es un ejercicio de ingenio, música de ciencia ficción, una porción de futuro instalada en una década confusa. Sólo los setenta eran capaces de tanto asombro. En muchos aspectos, este disco es insuperable, incluso para los mismos Pink Floyd. La labor de Alan Parsons tiene mucho que ver con su sentido vanguardista pues su Ingeniería de sonido convirtió el estudio en un instrumento más. Con este disco se cierra una fase experimental (¡1973!) y de búsquedas de la banda, para ingresar en otros territorios no menos valiosos en términos artísticos.
cds recomendados
Liz Phair
Whitechocolatespaceegg
Nacida el 17 de abril de 1967, en New Haven, Connecticut, Phair creció llena de comodidades y una educación formal que incluía muchas clases de arte. A principios de la década del noventa esta joven creadora deambulaba por bares vendiendo una serie de cassettes grabados en su casa. Eran canciones de cierto corte amateur pero que ya dibujaban un talento grandioso que explotaría en su primer trabajo con un sello disquero formal, Matador Records. Esa colección debut de 1993 se tituló Exile in Guyville (una versión femenina de Exile on Main Street de los Rolling Stones) y obtuvo una aclamación unánime de crítica y público en general.
Resistida en algunos círculos por la crudeza de sus letras que hacen alusión directa a ciertas preferencias y poses sexuales, el disco funcionó a todo nivel por sus méritos melódicos que negaban las más comunes estructuras, y por las múltiples referencias musicales: folk y rock con algunas instrumentaciones más o menos fuertes que recuerdan algunos de los mejores momentos del género.
Un año más tarde, en 1994, Phair vuelve a los estudios de grabación y lanza su segunda placa, Whip Smart, igualmente intensa, igualmente fuerte a nivel temático, pero también aceptada unánimemente. Ya no quedaban dudas: Phair estaba al mismo nivel de los más grandes y eso se acaba de confirmar con en Whitechocolotespaceegg, su más reciente colección de canciones. Aunque ha perdido algo de la agresividad y fuerza temática del pasado (se casó y tiene un hijo: eso ablanda a ciertas personas), su calidad sigue intacta. Los rangos siguen siendo los mismos: temas suaves (producidos por Scott Litt, el mismo de los más recientes trabajos de R.E.M.), canciones pop y algo de ese rock intenso que mujeres como Phair aun ejecutan con la inocencia y crudeza originales.
Hooverphonic
Blue Wonder Power Milk
¿Qué hubiera pasado si, en los ochenta, a una de esas tantas bandas tecno que habitaban una era de locura colectiva por los sintetizadores y trucos de estudio, le hubiera dado por mezclar máquinas electrónicas con arreglos sinfónicos? La respuesta es difícil de obtener. Pero, si nos acercamos a la segunda placa del cuarteto belga Hooverphonic, muy seguramente vamos a encontrarnos con una interesante aproximación.
Estás metido en un sueño. Es bastante extraño, en ocasiones no lo entiendes, no tiene sentido. Sin embargo te estás divirtiendo y no te quieres despertar. Así puede ser descrita la experiencia Hooverphonic. Y hay más: tecno-pop sinfónico, una voz angelical (Geike Arnaert, 19 años), trip hop hipnótico, órganos, guitarras acústica y eléctrica, ensambles de cuerdas... Más allá de la frialdad que se le puede atribuir a las bandas que apoyan buena parte de su cuerpo sonoro en los instrumentos electrónicos, los Hooverphonic han logrado dotar su música de un colorido y una variedad sorprendentes.
Hay reminiscencias de los Depeche Mode (inevitable), algo de jazz, trozos de canciones que suenan a banda sonora de película, ritmos funky... un importante repertorio de recursos para un disco que se me antoja fundamental para aquellos que, estando inmersos en el tecno de los ochenta, necesitan dar un paso adelante, salirse de esquemas ya cansados.
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