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freddie mercury
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¿Arruiné alguna fiesta? ¿Lo hice? Bueno, ¿qué querían?, ¿verme hacer anualmente, a lo Elvis, el circuito de Las Vegas? ¿Seguir haciendo de loca en el Top of the Pops? ¿Creer, de veras, que algún día íbamos a hacer una gala en La Scala de Milán? ¿Cuántos años más iban a creernos la historia y a conmoverse con mi voz, “una de esas voces que nace cada cien años”? ¿Hasta cuándo iban a aguantar esa cantaleta que repetía que Queen era “la banda inglesa” por excelencia? ¿Es que nadie se iba a atrever a desenmascarar ese jugoso negocio que me utilizaba y vendía como la Bella Marioneta Rockera?
No me llamaré a engaño: mi muerte ha reducido a sus justas proporciones el cuarteto que alguna vez fue llamado “el máximo exponente de una monarquía autocrática” y “ejemplo a seguir por muchas bandas”. Queen es hoy, por fortuna, un recuerdo en los estantes discográficos y yo, Freddie Mercury, su voz líder, apenas un aniversario radial, al estilo de Lennon (unas cuantas canciones, las de esquema más sencillo y tono “epopéyico”, dos o tres cables de agencia refritos, y ya está).
¿La historia de Queen? La repetición de la repetidera: un malvado productor (Roy Thomas Baker) a sabiendas de que el rimmel en escena, el glamour en la carátula y la ambiguedad sexual en las letras eran rentables (¡estamos hablando de 1973, oh boy!), se apodera de nuestras almas (éramos Brian May, Roger Taylor, John Deacon y yo), y nos explota sin misericordia: el primer resultado es Queen, el tan celebrado álbum debut repleto de los clichés que luego serían la marca registrada de la Reina. Allí estaban las voces celestiales más emparentadas con la noción que el inepto vulgo tiene de la ópera que con cualquier otro ruido; punteos salvajes para solaz de la cabellera de Brian el guitarrista, y de los flashes de los fotógrafos, y bases rítmicas tan contundentes que hasta un sordo extraviado sería capaz de encontrar el camino a casa siguiendo el sendero trazado por el dúo Bajo & Batería.
Al cabo de los reconocimientos musicales (y económicos), los triunfos ante la audiencia enloquecida que adoraba el tufo andrógino que yo despedía (y que imitaba mis mallas baratas de bailarina fracasada, luego mis chaquetas de cuero de macho man y, por último, mi smoking de mesero hollywoodense), los previsibles discos de oro de todos los kilates, los duetos con cuanto pegote resultara consumible (Montserrat Caballé, para atrapar al público de “buen gusto” y Bowie, para morder el polvo del pastel “alternativo”), a nosotros (y a los productores) se nos agotó la hipérbole; tanta desmesura y tanta pose terminan por agotar: de la fan no queda sino el cansancio, repetía sabiamente el crítico M. Tangerine. “El Ultimo Divo”, así me decían las sabandijas de la prensa. ¿Divo yo? Divo, ese sí, el holandés Hermann Van Veen (me emociona hasta las lágrimas su versión de Take My Breath Away) o, digamos, Klaus Nomi; ellos sí merecen un monumento.
Quedan, por supuesto, los discos, algunos de los cuales todavía soporto cuando estoy de buen ánimo (digamos algunas mañanas de fin de año, sin resaca). Perdónenme si no los menciono a todos pero es que mi memoria es frágil frente a tanta cosa que grabamos. Demasiadas cosas, puedo decir. Saltaré, como es obvio, aquel “disco póstumo” que los chicos se empeñaron en hacer, forzándome a permanecer en el estudio por horas y horas y horas. ¡Dios se apiade de ellos! Hubo, en cambio, algunas joyas: desde los pasables Queen II, Sheer Heart Attack y A Night At The Opera pasando por los aguantables Innuendo, Jazz, The Works, A Day At The Races y News Of The World, hasta llegar a los francamente insoportables, en mi opinión, Flash Gordon y A Kind Of Magic, lo que hicimos para Highlander.
Hubo bellos momentos: Wembley, tal vez Río, siempre Wembley. Hubo momentos, sí. Pueden llorar si eso los hace sentir mejor. A mí el llanto ya no me dice nada. Espero en buena compañía una mejor época. Sí, ya se que hablan de nuevos duetos con Pavarotti y, ¡oh sorpresa!, Caruso, pero eso es sólo un rumor. De todas maneras, mi chico está encantado con la noticia…

por: Carlos Patiño

cd´s básicos

Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock

Queen
II

Cuatro canciones compuestas por Brian May. Un himno para adolescentes de Roger Taylor y seis piezas básicas salidas de la ya mareada cabeza de Freddie Mercury, ayudaron a conformar el que puede considerarse el disco más perfecto y acabado de los Queen.
Lanzado en marzo de 1974, II contiene toda la gama de acrobacias instrumentales, vocales y temáticas que más tarde les sirvieron para crear alrededor suyo una serie de conjeturas, fantasias y malas interpretaciones. Por ejemplo, el tal rock operático, que en realidad nunca existió, pero que sonaba bien para hacer mover las cajas registradoras, tiene aquí uno de sus puntos más altos en canciones como The Fairy Teller’s Master-Stroke.
Queen II debe ser fundamental no sólo para el más furioso seguidor de la banda, sino para quienes nunca se han querido sumergir del todo en las viscosas aguas del cuarteto. No siga cantando más We Are The Champions montado en las mesas de un local yuppie. No crea que siguiendo con las palmas We Will Rock You va a pasar como auténtico fan. No descreste a nadie con su colección de Greatest Hits. La prueba de fuego es este disco bellamente denso, arrebatador y libre de las poses que más tarde aprenderían de memoria. No finja más. Vaya y cómprese Queen II, el aniversario de la muerte de Mercury, el 24 de Noviembre, puede se un buen pretexto.

cds recomendados

Robbie Robertson
Contact From The Underworld Of Redboy

Canadiense, músico sesionero para figuras como Jon Hammond y Bob Dylan, entre otros, fundador y enterrador de la legendaria The Band y hasta actor de cine (se le puede ver en Casino de Martin Scorsese), Robertson ha pasado desapercibido, quizás agachado, para concentrarse en hacer música en lugar de estar provocando escándalos o participando en conciertos a beneficio de causas perdidas.
Robbie Robertson no necesitó ir hasta Africa, como Paul Simon o Peter Gabriel, a buscar inspiración y un nuevo impulso para su cansado sonido. La solución estaba en su casa: su madre mohawk.
En 1994, y por encargo, creó una banda sonora para una serie documental llamada The Native Americans, una rigurosa exploración por la historia de los primeros habitantes de Norte América. Robertson se lo tomó muy en serio, y se sumergió en las raíces musicales de las más importantes tribus del país. No sólo empezó a darle status a la música indígena, sino que también animó a muchos creadores a grabar y contar sus propias historias.
Contact… es algo así como una segunda aproximación a su encuentro con las raíces, pero añadiendo algo de su propio transitar por el folk, el rock y las nuevas corrientes. El resultado es un disco absolutamente diferente a lo que se tiene concebido como world music. Aquí hay respeto, compromiso. No es una mirada explotadora de lo exótico. Contact… es, para su fortuna, un bello homenaje a una herencia que nunca había querido cobrar.

Jennifer Kimble
Veering From The Wave

Jonatha Brooke y Jennifer Kimble crearon a principios de la década del noventa un proyecto folk al que denominaron The Story. Luego de editar dos brillantes trabajos que crearon algo parecido a un hito dentro del género, este par de autoras tuvieron que enfrentar las consecuencias de ser lo que eran: dos furiosos talentos con poco espacio para permanecer unidas alrededor de un proyecto común (ver Elocio 2, Manolo García). La historia ya es conooida: Brooke ya tiene un par de trabajos editados y Kimble acaba de publicar su primera colección.
Una de las características fundamentales del folk, a nivel lírico, es su acento confesional. En este trabajo en particular, Kimble cumple a cabalidad la regla: cada canción es algo así como una página sentida de su propio diario. Aquí hay un montón de emociones, anécdotas, recuerdos felices y dolorosos. Hay verdades no dichas a tiempo, hay secretos y claves que muy pocos van a entender. Pero eso no importa. Veering… se vuelve una experiencia compartible cuando se escucha la voz de Jennifer, probablemente una de las más bellas de la escena contemporánea. Además, su productor, Ben Wittman, el mismo de su pasado con The Story, ha refinado los trucos, ha añadido nuevos instrumentos (fue más allá de la tradicional guitarra acústica)… le ha puesto un marco de lujo a un montón de cosas bien escritas y mejor cantadas.

javier rodriguez

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Página actualizada el viernes, 14 julio 2000
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