|
|
|
Lo chévere de ser una estrella de rock es que puedes entrar a los mejores restaurantes vestido como un crápula
Fred Durst de la banda Limp Bizkit
El hábito no hace al monje, se nos repite desde nuestra más tierna infancia. Según Chuang-tse, el hábito no hace al mandarín, pero esas son harinas de otro costal, un tanto más lejano. Carlyle escribió que la vestimenta nos ha dado la individualidad, las distinciones y los refinamientos sociales, y que el ropaje nos ha hecho hombres, pero amenaza con volvernos maniquíes. En aras de aterrizar este avión cargado de citas en la pista cada vez menos clandestina del rock, digamos que según la acepción más conocida (no por eso la más cierta), el rock es un camino de excesos, en donde la moda es apenas otro canutillo más. Que lo diga Sebastian Bach, integrante de Skid Row: eran estrechos pero sentirme constreñido era parte de la diversión, recuerda al referirse a unos pantalones plateados que exhibían, en cada pierna, una serie de nudos que se ajustaban según el humor del cantante. Eran, en total, 74 ojales, varios metros de tres cordones negros (dos para cada pierna y otro más para la bragueta) y, para rematar, cierres metálicos de unos 40 centímetros de largo en cada uno de los costados; en fin, toda una obra maestra de la tortura diseñada por Michael Schmidt de Nueva York.
Desde Elvis hasta Limp Bizkit, el rock, ese ritmo hijo de ritmos, ha sido una cascada de sonidos y sensaciones que nos han entrado por los oídos pero también (y en eso se emparenta con casi todo lo habido y por haber) por los ojos, así que las pintas (bonitas, feas, baratas, extravagantes, curiosas, extrañas, etc.) aparentemente sí le importan al público, es decir, que las imágenes que proyectan cantantes y bandas, sí venden. Y mucho. Algunas son más rentables que otras en tanto que ofrecen mundos y actitudes a la par que ayudan a simular y a disfrazar talentos limitados pero que al lucir bien (independiente de que tengan un look "desaliñado" tipo Vives o "impecable" tipo Ricky Martin), son aceptados, consumidos, imitados y legitimados.
Pintas, pinticas y pintotas, por la pasarela del rock ha desfilado de todo: ¿recuerdan los accesorios de plástico negro que hicieron famosa a Madonna, las gorras de beisbolistas que hicieron célebres a los Beastie Boys, el descuido milimétricamente estudiado con el que se nos metió por la boca a Kurt Cobain y a Courtney Love, las estrellas rojas de los políticamente correctos Rage Against The Machine, los anillos y cadenas que hacían todavía más notorio a esa mole de carne que respondía en vida al nombre de Notorious Big, los tatuajes de Tommy Lee y Nikki Sixx de los Motley Crue, las trencitas refritas que exhibe hoy, sin pudor, Jonathan Davis de la banda Korn?
¿Son, ellas y ellos, artistas, como dice la revista Billboard, o meros maniquíes? Pues si la pinta es lo único que vale y lo demás, que alguien nos devuelva la plata y los años perdidos junto al tocadiscos porque algunos de nosotros todavía escuchamos a los Replacements, Beck, Neil Young, Paula Cole, REM o a Sonic Youth, quienes salían (los primeros) y salen (los demás) a escena vestidos como cualquier hijo de vecina y vecino; porque de los Cure nos parece más interesante su música que el labial rojo con el que se embadurna Robert Smith; porque creemos que lo que importa de U2 es The Joshua Tree antes que las gafas negras de mega rock star (con un dragón incrustado) que solía usar Bono en la gira de 1991. Es cierto que cada época tiene su afán y que no es lo mismo el Bowie 2000 que el que conocimos años-ha forrado en lycra. Es verdad que el tiempo pasa y que todos, artistas y público, nos vamos volviendo viejos y que los gustos cambian y que si existe justicia en el mundo Wendy O. Williams ya no saldría con una sierra eléctrica en la mano a meter bulla en los conciertos de los Plasmatics, pero, ¿y en dónde dejamos a boletas como Barry White y Gary Glitter que han superado con sus pintas las barreras de tiempo y espacio? ¿En qué museo aceptan las camisas de Ozzy, el abrigo de piel rosado de Lil´Kim, los taches de Marilyn Manson y las gafas con nariz de oro, diamantes y platino que lucía el tipo conocido como Digital Underground´s Shock-G?
En el Apocalipsis, los mártires reciben desde ahora la recompensa última de los trajes blancos, prometida a todos los cristianos (2, 10; 3, 11). ¿Será que Gene, Ace, Paul y Peter, los miembros de Kiss, entrarán al cielo vestidos de blanco después de haber escandalizado estos pagos con sus trajes de cuero negro y sus máscaras? ¿Eran mejores antes o después del maquillaje? ¿Les sonaba mejor Detroit Rock City con las caras lavadas o cual esperpentos? He ahí un dilema digno de estos tiempos....
Carlos Patiño
cd´s básicos
este número no hubo cds básicos
cds recomendados
este número no hubo cds recomendados
|
|
|
|
|