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rock made in Colombia, el eterno adolescente
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A esta tarea todo el mundo le ha sacado el cuerpo. Nunca, nadie en este país, se ha arriesgado a hacer un diagnóstico más o menos completo de los procesos creativos del rock que se hace en Colombia; de los logros, los avances, la actitud; su presente y futuro. Nunca, que yo recuerde, nadie se ha puesto a recopilar, a explicar con sentido crítico las realidades de un sonido que en nuestra nación está siempre a punto… de nacer, crecer y reproducirse. Lo único que hay por ahí, disperso, es un importante número de tesis preparadas por entusiastas graduandos rockeros; revistas que han nacido y muerto rápido, publicaciones independientes que no desaparecen porque los Quijotes realmente existen. En este país lo único que hay alrededor del rock es una enorme presión que ejercen fuerzas dispersas, sin un norte claro, sin mayor coherencia. Lo que hay es un montón de ideas sueltas, esperando que llegue el Moisés capaz de llevarlos hasta la Tierra Prometida.

En este artículo, desde luego, no vamos a hacer lo que no han querido o podido otros menos ocupados. En este artículo lo que sí vamos es a entregar otro granito de arena que, de pronto, no nos va a llevar a ningún lado pero que, de alguna forma, ojalá pueda servir para crear una cierta inquietud, una afán de definición de términos, condiciones y momento que está viviendo el rock de este país… sin rock.

vivir de eso
El mejor aporte que se puede hacer a la comprensión de los múltiples problemas que tienen al rock en Colombia sumido en el atraso, en la inmovilidad, es tomar el asunto por partes; no intentar hacer uno solo toda la disección; no creerse capaz de abarcar las diferentes variables que constituyen un negocio tan complejo. Por eso quiero centrar este escrito en un único asunto: el profesionalismo.

De la música viven muy pocos en Colombia. Incluso artistas de Conservatorio al servicio de una orquesta sinfónica –con puestos supuestamente estables-, con frecuencia se ven enfrentados a los múltiples problemas que implican los ya tradicionales recortes presupuestales del Estado, entre otras muchas causas que se inventan los burócratas para arrancarle tajadas a la cultura. De la música viven en Colombia aquellos dispuestos a construir productos de reconocida eficacia (vallenato, merengue, chucu chucu, guasca, despeche, mariachis…). Nuestra escasa o nula tradición rockera, ha puesto a este género contra la pared. Aquí se es rockero, pero también se debe ejercer una carrera rentable (en casos extremos, rockero de día, y bajista de un conjunto vallenato, en la noche). El rockero es pues un paria. Es un sujeto sin posiblidades mínimas de profesionalizarse: estudiar, experimentar, viajar y medir conocimientos; el tipo necesita comparar, ir un poco más lejos. El rock, desde luego, evoluciona más rápido y complejamente que, por ejemplo, el merengue. Por eso hacer rock no es fácil. Por eso en rock no basta simplemente con repetir esquemas.

Y dadas esas condiciones, hacer rock en Colombia no es una actividad que invite al profesionalismo. El género, simplemente, no vende lo suficiente para que las disqueras se animen a invertir unos pesos. Y cada vez va a ser más difícil. Porque ya ningún empleado de una multinacional va a correr riesgos. Bandas consagradas como Aterciopelados, por ejemplo, enfrentan absurdas dificultades para editar su siguiente placa. Eso, nunca, va a ser justo… ni lógico. Pero hay opciones.

los duros… los más duros
El circuito independiente que han creado las bandas de trash, gothic, punk y otros sonidos radicales, es un ejemplo digno de toda alabanza e imitación. Son ellos quienes financian –de mil difíciles formas- sus propios prensajes. Son ellos quienes hacen los contactos con disqueras internacionales que imprimen sus placas y los dan a conocer en los circuitos underground de países europeos e incluso Japón. Son ellos quienes han formado un universo paralelo en el que no importan para nada el comercio, la farándula, el video, las apariciones al lado de Alejandro Villalobos o las fotos en revistas famosas. Son quizás estos sujetos los que mejor simbolizan el verdadero espíritu del rock: contestatario y anti-sistema.

En Colombia quedan pocas opciones para un músico de rock. Aquí el asunto es pues definir a qué lado, en cuál lado del rock se quiere estar, sin realmente tener alternativas viables a la mano. El asunto es pues definir si se quiere ser un profesional del género asumiendo las consecuencias de pobreza, marginalidad y escaso reconocimiento masivo a una labor… o jugar al único juego posible para quienes desean tener en sus caras las luces y flashes de las cámaras… Lo grave es que para estos últimos, las cosas ya no parecen tener futuro: el rock, en nuestro país, es triste decirlo, no parece una opción artística con futuro comercial… como U2, por ejemplo.

cd´s básicos

Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock

cds recomendados

planeta rica
volumen 99

Aquí tenemos el feo vicio de escuchar un disco de rock hecho en Colombia y, de inmediato, buscarle las referencias internacionales: Estados Alterados era el Depeche Mode de por aquí. Kraken era (¿es?) la versión colonizada de Héroes del Silencio. Docenas de bandas intentan replicar a Fabulosos Cadillacs. Otros tantos sienten ser la reencarnación de Kurt Cobain…Y el asunto puede prolongarse hasta que te encontrés por ahí con el Jim Morrison del subdesarrollo. Esas comparaciones, a veces justificadas, hablan precisamenrte de los dañinos prejuicios y el amaterismo de público y comentaristas. Y es ese amaterismo el que no deja que uno se acerque con justicia a un trabajo. Para hablar de la formación antioqueña Planeta Rica y su colección debut Volumen 99, vamos a omitir el detalle de que suenan a… para centrarnos única y exclusivamente en el resultado de su aventura. Producido, dirigido, compuesto, ejecutado, pagado y frenteado por ellos mismos (Federico Goez, John Henao y Alfonso Posada) en esta producción (en los momentos atmosféricos, más experimentales e intimistas) encuentro un detalle que pocas veces se aparece en un disco nacional: compromiso con la época… contemporaneidad. Volumen 99 es un trabajo inscrito en un montón de ondas, sonoridades y actitudes que funcionan para la música que tiene la intención de pertenecer a esta generación electrónica, de fusiones y continuos saltos al vacío. Aunque el cd me lo regalaron, sería capaz de comprarlo por sus méritos, por su equilibrio y ausencia total de divismo. No es el disco definitivo del rock en Colombia, pero empiecen a tenerlo en cuenta.

javier rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el viernes, 14 julio 2000
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