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La historia de la buena música (y de las artes en general) siempre ha estado signada por la genialidad natural o, en su defecto, por el estudio estructurado y sistemático. Son pocos los casos registrados en los que la figura de un joven desprevenido (que no sabía nada, que sólo tenía orejas y un par de brazos) se sienta frente a un piano para componer una sonata que haya cambiado radicalmente la historia del instrumento o de la música, por añadidura. Nunca, que yo sepa, una gran voz no ha necesitado ser educada, dirigida. De un día para otro, jamás, una persona normal ha creado un hito sonoro, ha conspirado una revolución que haya hecho estallar el pentagrama en mil pedazos.
los unos y los otros
La sensatez ordena que, al lado de allá, hay creadores, inventores de sonidos, artistas dedicados a investigar, a ensayar nuevas fórmulas; seres metidos de lleno en la arriesgada tarea de ejecutar fusiones que den nuevas respuestas a las preguntas más antiguas, a las inquietudes más primarias del arte de componer. Obviamente, en esta categoría, se deben excluir los productos musicales nacidos del mercadeo, los inventos de la prensa y las payolas. Aquí no debemos tener en cuenta los refritos, aquellos personajes dedicados a repetir fórmulas, a exprimir hasta el cansancio trucos que funcionan bajo la atenta mirada y asesoría de sujetos que ven en la música un mecanismo rápido y efectivo de hacer plata sin mayores complicaciones. Esta columna, como las anteriores que han aparecido en elocio, ve la música de una forma romántica, quizás pasada de moda
anacrónica. Si se quiere, nos quedamos atrasados (yo), pensando que para hacer música aun se debe tener algo llamado talento.
La sensatez también manda que, al otro lado hay un público educado, y del otro con diferentes gustos, con una historia particular, con una cierta capacidad para escoger qué quiere; con una actitud dispuesta que le permite darle a la música los usos precisos. En esta categoría también cabe una cierta élite, unas veces concreta y honesta, a veces pedante, en otras ocasiones sesgada; la crítica especializada que sabe, entiende, que ha leído, que tiene argumentos para guiar a los que, se supone, saben menos.
música in vitro
En los últimas tiempos (quizás desde los inicios mismos del siglo), a los académicos, a los más estrictos, les han castigado duramente los oídos. El serialismo, la música concreta y aleatoria, los sonidos electrónicos, las creaciones experimentales, el ruido como música, la exploración de nuevos matices para instrumentos tradicionales, el descubrimiento de otras culturas
le han dado a estos últimos cien años un extraño tufillo, un halo de caos. Ciertamente los nuevos autores difieren muchísimo de los de antaño. En la música mal llamada seria (¿nuevos clásicos?), la razón se ha impuesto a la emoción. Sujetos como Pierre Boulez, Ianis Xenakis, Luigi Nono o Karlheinz Stockhausen, por citar unos pocos, más parecen científicos, alquimistas o, en ocasiones, charlatanes (Stockhausen tiene una obra para ¡tres helicópteros!). Pero de estos señores nos ocuparemos en otra ocasión.
peligrosapoderosa electrónica
El desarrollo de la electrónica sonora ha potenciado la creatividad de docenas de autores. Pero también le ha dado señales equivocadas a un montón de personas que, en su papel de inocentes usuarios de la música (seguidores expertos o no de grupos o corrientes) ya se sienten con el poder y la autoridad para meterse a un estudio de grabación (no vamos a hablar de Miguel Varoni y su disco de rancheras, próximo a lanzarse) o se paran al frente de un computador musical con docenas de secuencias programadas dizque a crear música.
Se rompieron las barreras. La música ya no inspira respeto a nadie. El arte sonoro se volvió un producto empaquetado, un software al alcance de todos. Los miles de dj´s que hay regados por miles de discotecas alrededor del mundo, se han convertido en los nuevos amos y señores (tampoco hay necesidad de cantar bien). Son sujetos, por lo general, sin formación musical alguna, sin bases, elementos o argumentos. La electrónica les pavimentó el camino; les ayudó a ocultar sus carencias. Por eso existe el trance, por eso casi todos los artistas se volvieron efímeros
productos de deshecho. Por eso hay un brutal (brutos) estancamiento en la música de este tiempo. La música inspira respeto a muy pocos. Por eso hay tan pocos músicos buenos en este momento. Por eso la nostalgia se convierte en una salida más o menos sana, aunque moleste a muchos eternoscontemporáneos.
No obstante, cuando uno se encuentra de frente con un trabajo del sello Astralwerks, puede pensar que no todo está perdido.
cd´s básicos
Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock
cds recomendados
edgar froese
stuntman, aqua & pinnacles
Aquí voy, nostalgia. Aunque me he encontrado con maravillosas piezas de la más fina y depurada electrónica musical de este tiempo (Lida Husik, Air, Talvin Singh o Gus Gus, por citar unos pocos), todavía no se me aparece una obra tan sublime y perfecta como la que ha estructurado en solitario Edgar Froese. Miembro fundador y aun sobreviviente de ese monstruo de mil cabezas llamado Tangerine Dream, este alemán tiene bien claro el papel que cumple y debe cumplir el sintetizador: instrumento aliado en la manipulación de la electricidad que se convierte en sonidos. Como músico estructurado que es, cada una de sus intervenciones al frente de la máquina, es una verdadera aventura a través de un montón de sonidos que uno nunca se había encontrado (LSD acústico, lo llamó alguna vez). Froese es arriesgado (ahora no tanto), imaginativo
no teme dar saltos al vacío. Por eso, cada uno de estos trabajos consignados aquí, representan un iniciofinal, una ruptura con lo establecido.
Un maestro que estuvo en el momento preciso en que se inventaron todos los grandes instrumentos electrónicos, Froese, muchas veces, era invitado de honor por las compañías creadoras de esas máquinas para que probara, diera sugerencias, aportara su genio en el perfeccionamiento de los sintetizadores pioneros. En Aqua, Stuntman y Pinnacles, Froese evidencia los más encontrados matices que se pueden generar con la electrónica. Más que movimientos, canciones u obras, estas horas de música son instantes de sueño, viajes a nuevos mundos, inmersión en espacios no posibles cuando sólo tenemos la realidad como vehículo de escape.
Aunque no me gusta hablar mal de nadie; aunque no me gusta dar consejos, a muchos de los que dizque hacen música electrónica en este país, les sentaría muy bien darse una pasadita por cualquiera de las obras de Froese. Así, tal vez, no se creerían más el cuento de que son músicos, el mismo que le han metido en la cabeza los amigos en las fiestas locas.
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