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Las más importantes revistas, canales privados y públicos de Televisión; los periódicos, los comentaristas especializados, todos, absolutamente todos en los Estados Unidos, acaban de descubrir, con asombro, que de México para abajo y en la orilla más cercana de Europa, hay gente que canta, baila, grita y brinca.
En otras palabras, que los latinos estamos en capacidad, además de interpretar en el cine de Hollywood a los malos e indios malos, de hacer música de aceptación masiva (¡que vende!) o ganar premios de actuación que, como el de John Leguizamo, no estaba originalmente reservado a las minorías.
Los latinos en Norteamérica siempre han sido ciudadanos de segunda, productos raros, exóticos, ideales para llenar de colorido pálidos paisajes. Una Carmen Miranda luciendo un sombrero lleno de bananas, un Cantinflas dándole la Vuelta al Mundo en 80 Días o un Richie Valens (¿Ricardo Valencia?) alcanzando el Sueño Americano con La Bamba, por citar unos pocos, le dieron a los incautos la sensación de que nos habíamos tomado al Coloso del Norte. Sorry boys. Por décadas sólo hemos sido parte del decorado, golondrinas sin verano, telón de fondo, producto de la ambientación necesaria de una nación que, por autodenominarse de las oportunidades, debe hacer algunas concesiones de las cuales, obviamente, se puede sacar buen partido. Pero de ahí a entregar una posición de respeto, hay mucha diferencia.
Las razones eran apenas lógicas: ni los Estados Unidos ni ningún otro país del primer mundo estaba preparado para los radicales procesos de transculturación, no estaban listos para que ninguna otra cultura se les metiera en la casa. Pero las cosas cambiaron de tal modo, de una forma tan sutil y progresiva que nunca se dieron cuenta que ahora son ellos los colonizados, las víctimas de un invento propio: las minorías empezaron a alterar levemente su panorama cultural, empezaron a crear una curiosidad que el mercado está dispuesto a satisfacer. Pero, latinos, no nos emocionemos... sacar visa de residente no es tan sencillo.
Ya lo había dicho Oscar Golden:
soy como tu ya lo sabes
amaaaante latinoooooo
vivo de las mujeres, la noche y el vino
Con esa idea de que ser latino funcionaba allá arriba, muchos intentaron triunfar con nada diferente a una bronceada piel canela y una fama barrial de buen catre, de amante latino. No creo que Santana, con su guitarra y sus fusiones con la salsa y demás ritmos tropicales, haya creado un movimiento. Nunca se me ha ocurrido que el efímero éxito de Eres Tu de los Mocedades haya desatado alguna locura colectiva digna de ser imitada. Jamás se me cruzado por la cabeza que los estúpidos contoneos producidos por La Lambada o Macarena hayan hecho escuela. Ni Jennifer Lopez (sin tilde en la ó), ni Ricky Martin, ni Chayanne, ni Salma Hayek o Shakira, ni los hijos de Julio Iglesias, ni la mismísima agringada Gloria Estefan y su hábil marido, entre muchos otros aspirantes, van a lograr nada diferente a ser estrellitas efímeras, productos exóticos que se apagan sin generar nada diferente a una calentura. La razón de tantos intentos fallidos también es bastante sencilla: los tocamos culturalmente pero nos usan en su propio beneficio económico.
Lo latino está de moda, el enorme culo de Jennifer tiene enloquecido a medio país (en los premios MTV, el anfitrión, Chris Rock, afirmaba que se necesitaban dos limusinas para transportarla: una para ella, otra para su trasero). Los latinos son ya un importante segmento de población que debe ser atendido como se merece (en unas décadas van a elegir Presidente). Pero lo latino no es aun una actitud que pueda instalarse en la conciencia colectiva, que sea digna de ser imitada o asimilada. El subdesarrollo todavía pesa demasiado. ¿Boom? I dont think so.
cd´s básicos
Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock
Lo mismo le sucedió a Sting con The Police, Robert Plant con Led Zepellin... la lista es larga. No obstante, hay otra clase de artistas para los cuales sus grupos no son obstáculo alguno; David Gilmour es uno de ellos. En 1978, mientras se tomaba una cortas vacaciones en Francia, el vocalista y guitarrista de los Pink Floyd decidió darle salida a un montón de ideas convertidas en canciones, cantadas e instrumentales, que reflejaban una faceta alterna que podía manejar más allá de los límites de su banda. De alguna forma, Gilmour creó una extensión del sonido Floyd sin los compromisos y exigencias que implica sacar al mercado un disco con el sello de la formación inglesa. Quizás por ello esta primera colección de Gilmour
se siente un poco más relajada, menos pretenciosa, menos densa, menos trascendental. Desde esta perspectiva, las nueve canciones que componen esta placa admiten una nueva lectura de las posibilidades creativas del mismo David. Su guitarra eléctrica ya no está puesta al servicio de las clásicas atmósferas que manejaba por ese entoncesRoger Waters como líder indiscutido. Liberación. Gilmour emprende una vertiginosa marcha por las estructuras clásicas de la canción rock en la cual su instrumento base (y los sintetizadores utilizados ciertamente como guitarras) nos ofrece la posibilidad de entender que había un genio esperando una oportunidad, la misma que llegaría después de la edición de The Final Cut (el último disco de Waters con los Floyd), y que lo pondría al frente de una de las agrupaciones rockeras más originales. Creo, sin exagerar, que una mejor comprensión de la música pinkfloydiana incluye la audición juiciosa de este disco que aun conserva el sonido eterno de las obras que ya pueden ser consideradas como auténticos clásicos del género.
cds recomendados
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