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crisis on the rock
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En un montón de publicaciones especializadas o poco serias. En un montón de periódicos con la asesoría de expertos o de periodistas económicos, me he venido encontrando desde hace algún tiempo los epitafios y discursos solemnes para una institución que, dicen, ya está muerta. Y aunque mi intención no es dañar la fiesta que se puede armar en este entierro, déjenme decirle a ustedes, muchachos, que el muerto que entierran goza de buena salud. No señores, el rock no ha muerto. No clasicoides, raperos, pro cubanos, salseros, vallenateros ni amantes de Barry Manilow o Celine Dion: el rock ni siquiera agoniza, sigue ahí, dando los mismos problemas de antes, generando los mismos prejuicios, escandalizando a las instituciones, haciendo sufrir a las mamás de los otros.

Demasiado Simple
El rock no es una música: es una actitud. Las actitudes no mueren, se transforman, cambian, se modifican, se adaptan a las nuevas condiciones que se generan al interior de una situación, de una época en particular. En este momento Crisis On The Rock podría acabarse y dejar satisfecho a más de uno (mi mamá y yo), pero creo que es necesario hacer algunas precisiones un tanto más gráficas.
Lo que ha venido haciendo el rock desde hace casi cuarenta años de historia es cubrirse de diversos ropajes y colores. Y es precisamente esa condición camaleónica la que le ha permitido sobrevivir, aparecer siempre vigente, fresco. Examinemos.

El rock and roll era Bill Haley y sus Cometas. Era guitarra, bajo, batería y, a veces, el piano, ese piano tan asociado al nacimiento de músicas. Más tarde los Beatles, con sus primeras canciones elementales (she loves you, yeah yeah), también podían incluirse en el mismo canasto. Rolling Stones, los mismos Beatles más complejos y trascendentales, Animals, Moody Blues (rock... sinfónico). Luego, los Pink Floyd espetaron al mundo una concepción más artística, más arriesgada, menos concesiva con los estilos tradicionales. Más tarde los demás habitantes de los sesenta, aportaron lo suyo; añadieron nuevos ingredientes a un coctel cada vez más complejo... El tiempo y las nuevas formas de entender la música hicieron desaparecer el roll (sólo temporalmente, luego lo retomarían una y otra vez), pero la esencia seguía igual. Lo que ellos y miles de músicos estaban haciendo era rock. ¿Y qué era, básicamente, el rock? Rebeldía, ruptura, apertura de pensamiento, constante invención, miradas nuevas a lo mismo... Ellos, todos ellos, seguro, cumplían con los requisitos.

Sintetizadores
La primera vez que escuché decir que el rock se había muerto fue a principios de los setenta. Los alemanes acababan de entrar en escena y, en lugar de una guitarra, tenían un sofisticado arsenal de máquinas nuevas, que producían sonidos inimaginados. Los Tangerine Dream ya tenían el rótulo ideal para lanzarlo al espacio: rock cósmico. Luego, los Kraftwerk, con su sonido industrial, añadieron pesimismo: música para robots (no bajo, no batería, no guitarras). Luego vendría Brian Eno (el no-músico) para acrecentar el caos, para crear un universo nuevo (los que saben afirman que fue Eno quien, en realidad, creó el tecno). Por ese entonces, los setenta, el sinfonismo estaba en todo su furor, pero llega el punk a crear un rótulo nuevo, a destruir lo que se había construído con tanto esmero y pulcritud. ¿Punk rock? Definitivamente sí. La pobreza ideológica (jóvenes iletrados no están autorizados a filosofar) del movimiento, le puso fecha de vencimiento al movimiento: muere joven. El rock agonizaba pero, como siempre, se volvió a levantar de su lecho de moribundo.
Tecno, rock gótico, industrial, grunge, hip y trip hop... todas las categorizaciones que se quieran inventar, todos los rodeos que se quieran dar, todos esos sonidos provienen del mismo lugar, todos conducen al mismo edificio... a un edificio contradictorio, a veces acéfalo, otras tantas movido por objetivos y motivaciones equivocadas. Pero en el fondo, siempre, va estar ese espíritu que mueve a todas las músicas de esta última parte del siglo. ¿Crisis? No lo creo. El rock es una actitud. Desde hace mucho rato dejó de ser música.

cd´s básicos

Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock

Mr. Heartbreak
Laurie Anderson

Pocos se habían percatado de las posibilidades artísticas contenidas en sus performances. Sólo un pequeño grupo de curiosos había notado que sus experimentaciones musicales estaban adelantadas unos diez años a las y los de su generación. Se pueden contar en los dedos de una mano los que descubrieron la estrecha relación que tenía la música que hacía con las imágenes que acompañaban esos sonidos. Su primer trabajo, de 1981, animó, quizás, a unas cuatro manzanas del Soho. Big Science, la segunda placa, editada un año más tarde, fue un grito enorme al mundo entero: allí estaba ella, inteligente, mordaz, tierna y sensible, dura y furiosa... llena de un montón de ideas sonoras que, de verdad, a nadie se le habían ocurrido. Con Mr. Heartbreak (1984) las cosas adquieren para Anderson la dimensión real de su arte; le empiezan a suceder un montón de cosas inevitables. En él intervienen sujetos de la talla de Bill Laswell. En él participa Peter Gabriel con su delirante Excellent Birds; en este disco se pueden encontrar todas las claves que permiten descifrar con certeza el arte pop que impulsa y propone esta norteamericana de genio superior: canciones recitadas (se toma el atrevimiento de no cantar), tratamientos electrónicos y distorsiones para las voces; letras que hacen una lectura nueva de la sociedad norteamericana, de sus taras y obsesiones. Mr. Heartbreak es un disco para iniciados. Quizás por ello no sea tan popular. Mejor así: nunca va a caer en manos de dj’s o expertos en mezclas.

cds recomendados

Gustavo Cerati
Bocanada

Soda Stereo fue el punto más alto para el rock hispanoamericano (perdonadme en España). Colores Santos, el disco editado por Cerati al lado de Melero, fue una pieza demasiado adelantada para su tiempo, y por lo tanto absurdamente incomprendida. Amor Amarillo nos confirmó a todos que podíamos dormir tranquilos: si no había Soda, ahí estaba Cerati. Después de esperar una buena cantidad de tiempo (las estrategias comerciales lo ordenan, suponemos) finalmente ha llegado a nuestros nerviosos e impacientes oídos la más reciente producción de quien, creo, es el más grande, el mejor, el más brillante e inteligente músico rock del tercer mundo (sorry, amigos argentinos). En medio de tantas fusiones, ideas locas (descabelladas, es más preciso) y sonidos que intentan erradamente crear algo nuevo, Bocanada es un llamado a la sensatez, al equilibrio, a la mesura... buena música, para variar. El sonido de Cerati siempre ha tenido la virtud de estar conectado con lo que está sucediendo en otros sitios con más tradición e historia rockera (Inglaterra, por ejemplo)... siempre ha sentido un sano miedo a ser o parecer anacrónico. El sujeto es un explorador incansable, un tipo abierto, un conocedor absoluto de la historia de la música que eligió hacer. Quizás por ello en Bocanada es posible encontrar múltiples referencias, todas ellas ajustadas a estos tiempos electrónicos. Más sabio, más reposado, el nuevo Cerati creó un disco de laboratorio, sin el feeling del rock rápido y directo a que nos tenía acostumbrados. En su reemplazo, dotó a sus canciones de esas letras sugestivas, llenas de imágenes, palabras con vida propia, que te sacuden, emocionan e inquietan...

todo comenzó
en un cuarto que olvidé
el roce de la seda
la despertaba
frente al ventanal
nos pusimos a jugar
a decirnos la verdad...

... dotó sus canciones de atmósferas y texturas nuevas... de una melancolía que no le conocíamos.
Y es que Cerati se reinventa día a día. Crece, y se le nota. Evoluciona, y quienes lo seguimos ciegamente, podemos ver claramente los cambios que se generan a su interior. Bocanada es el disco de un tipo maduro; un disco para gente madura, con una idea muy clara de los usos y sentido de la música (seamos objetivos: este no es un disco para los que les gusta el Rock en Español). Se me hace difícil encontrar lo que llaman los chicos de las emisoras y disqueras un éxito, una canción para pegar. Esta es una colección que se debe escuchar completa, deteniéndose en cada palabra pronunciada, en cada sonido articulado. Cerati ya parece haber superado su afán de parecer una estrella de rock, de ofrecer inútiles demostraciones de talento al frente de un instrumento. Se me hace difícil imaginarlo interpretando las canciones de Bocanada en un estadio. Lo mejor sería en un gran teatro... quizás sería más adecuado, más ajustado a la nueva realidad que se ha fabricado el argentino más grande después de... él mismo.
Aun es prematuro entregarle el rótulo de obra maestra o pieza fundamental. Quizás no haya escuchado lo suficiente estas quince canciones. Esa, es precisamente, la razón por la cual este texto no tiene más palabras emocionadas de agradecimiento para un artista total... pero tiempo voy a tener suficiente para escuchar mejor Bocanada, para entenderlo mejor, para disfrutarlo cabal y concientemente... Larga vida Gustavo.

Arnold
Hillside

El nombre de este trío inglés fue tomado prestado de un perro, el perro del bajista Phil Payne. Pero aparte de esta referencia algo tonta, lo que hay dentro de este disco es más bien serio, profundo, inquietante... nada estúpido. Una observación para comenzar, la misma que hice en la pasada edición cuando escribí sobre una banda llamada Unbelievable Truth: la primera impresión que se recibe al escuchar los Arnold es Radiohead. Sorprende (¡asusta!) la enorme influencia que creó este grupo con su O.K. Computer; llama la atención que un sólo disco pueda llegar a generar todo un movimiento. Eso, definitivamente, es una invitación directa a escuchar con más cuidado y respeto a los Radiohead. Pero los Arnold tienen más argumentos, más puntos de referencia, algunos de ellos provenientes de la sicodelia, del rock gaseoso de los Pink Floyd. Aunque jóvenes, los miembros de esta banda muestran un importante arsenal de trucos aprendidos y recitados con maestría. Su música navega plácidamente por ritmos y melodías de ensueño, sin olvidar que, de vez en cuando, puede ayudar un guitarrazo detemplado y frenético. Hillside es otro de esos discos que, si no se escucha (el verbo correcto es comprar), puede uno estar en serio peligro de perderse algo importante. Como la gran mayoría de los discos que aquí reseñamos, este va a ser un trabajo sin trascendencia comercial, sin carátulas en revistas importantes, sin reseña en Panorama o No Me Lo Cambie. Pero, les aseguro, es otro de esos discos que dan esperanzas sobre el futuro del rock, que le hacen un quite a la crisis.

javier rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el viernes, 14 julio 2000
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