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La dictadura rock impuesta por Gran Bretaña y los Estados Unidos ha sido muy buena para ellos, pero muy mala para los otros. Las reglas que operan para el género siempre fueron dictadas por ellos.Fueron ellos quienes calificaron lo que era bueno o no, lo que era válido, lo que era correcto. Este monopolio nos privó de conocer productos verdaderamente valiosos (Italia, Alemania, Japón...) y, por fortuna, nos libró, por ejemplo, del rock yugoeslavo.
Aquellos que no tenían la visa oficial del rock, que no hablaban el idioma oficial del rock (Inglés, of course), debían consolarse con ser fenómenos locales. Los ABBA no son parte de la historia pop-rock por cantar en su gutural sueco. Los Alphaville (Big In Japan) de Alemania, en aras de conseguir transpasar sus propias fronteras, se convirtieron en banda tecno inglesa, no sólo por el idioma empleado, sino porque repitieron los esquemas seguros de los Depeche Mode... los ejemplos abundan. Esta dulce tiranía anglo-americana, por mucho tiempo, no permitió pues que conceptos novedosos florecieran en otras latitudes. Como todos ya sabemos, la historia cambió, para bien del mismo rock y de los creadores británicos y estadinenses, incapaces ya de darle un giro, ellos solos, a una música que en ocasiones tiende a cansarse, a repetirse.
Allá, arriba del norte
La creencia común y silvestre dice que Canadá es una extensión más de los Estados Unidos. No obstante, una mirada menos irresponsable nos va a contar que allí las cosas operan con otra dinámica, con otro ritmo, con otra actitud frente a todo: allí matan menos, tienen menos problemas, y más tiempo y calidad de vida para dedicarse a asuntos más constructivos... la música, por ejemplo.
Canadá tiene una historia musical propia, con sus obvios aciertos y errores lamentables para esconder y no repetir. De alguna forma, su evolución ha estado ligada a la de su vecino, pero hay rasgos característicos, detalles singulares, acentos originales, bandas y artistas que sólo son posibles en una nación más civilizada que sus peligrosos vecinos. Difícil hallar en otro lugar un artista con la sensibilidad y lirismo de un Leonard Cohen. Una Sarah McLachlan es irrepetible, imposible de clonar. La influencia creada por Joni Mitchell en el estrecho universo folk, es absolutamente invaluable. Son impagables los aportes entregados por Robbie Robertson (ex The Band, auténticas leyendas del country-rock) a la investigación de la música nativa norteamericana. Nadie, medianamente conciente, es capaz de negar que una banda como Rush le dió al mundo rock unos parámetros muy difíciles de igualar. No conozco equivalentes de grupos como Lost and Profound, Cowboy Junkies, Balloon, The Water Walk, Blue Rodeo... No se me ha aparecido quién pueda acercarse a las propuestas de Michael Brook (quizás el único músico y productor que puede decirle Brian al señor Eno), el ingenio de Jane Siberry (una Laurie Anderson canadiense en versión aumentada) K.D. Lang o Alanis Morissette; la labor pionera de un Daniel Lanois (productor de algunos discos de los U2, entre otros notables), las deliciosas estridencias de los Skinny Puppy...
El sonido contemporáneo canadiense conserva aun una exquisita inocencia, un romanticismo que lo aparta, a prudente distancia, del comercialismo brutal que convierte la música en vil y frío producto de estantería. Aunque sería absurdo desconocer que en Canadá funcionan las mismas reglas del más salvaje de los capitalismos musicales, que crecen libre y espontáneamente los sonidos más absurdos y comerciales de este tiempo, también es cierto que hasta esos extremos de dudosa creatividad son elaborados con sus particularidades.
En cualquier ciudad canadiense es posible encontrar la misma apertura que, por ejemplo, se puede hallar en Paris: cientos de emisoras que tocan todas las músicas del mundo, conciertos de los más inesperados grupos de cualquier rincón de la Tierra... Babel. Canadá no se quedó mirándose el ombligo; abrió su mente y sus fronteras, se nutrió de las experiencias ajenas, expandió sus propios límites geográficos dándole cabida a creadores de todo el mundo que encontraron allí las oportunidades, los medios, la actitud dispuesta.
Lenta y calladamente, Canadá se está convirtiendo en referencia musical obligada. Y su entrada a las grandes ligas sonoras se está haciendo con artistas de calidad, con trabajo y formación... todo esto en lugar de costosa publicidad persuasiva que inventa virtudes, que vende calidad ficticia, que forma ídolos falsos
cd´s básicos
Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock
En la década del setenta, este trío canadiense creó algunos de los álbumes rock más perfectos, precisos y alucinantes de esa época. Neil Peart, Alex Lifeson y Geddy Lee se inventaron un mundo de dragones y hadas... tomaron elementos de la mitología griega, describieron a un nuevo hombre urbano y lo volvieron protagonista de su propio destino. No era difícil descubrir que detrás de cada canción de los Rush había tipos letrados, que habían pasado por una universidad y que tenían ideas propias, conceptos elaborados. Al escuchar cada una de sus canciones, se podía percibir que detrás de cada instrumento había un auténtico maestro. Llegados los ochenta, la banda baja un poco la guardia, perdiendo temporalmente su norte. En otras palabras, intenta evolucionar su sonido, adaptarse a las nuevas corrientes... querían sonar contemporáneos. En los noventa de nuevo su grandeza, sus discos ambiciosos, cargados de múltiples referencias culturales. Los tipos han tenido pocos baches; llevan casi tres décadas demostrando que son geniales. En el caso particular que nos ocupa, Hemispheres, los Rush lograron redondear completamente las ideas que habían esbozado en sus anteriores álbumes. De hecho, este disco (Hemisferios, Apolo y Dionisio, el cerebro dividido en dos partes, lo racional y lo lúdico) es una continuación de A Farewell To Kings, otra soberbia muestra de su talento superior. Hemispheres tiene canciones que parecen no tener fin, preludios gloriosos de sintetizadores, guitarrazos limpios y contundentes tamborazos (uno de cada dos bateristas va a nombrar a Neil Peart como su inspiración). Hemispheres tiene una extensa pieza instrumental (La Villa Strangiato, descrita por ellos mismos como un ejercicio de auto-indulgencia) que podría funcionar perfectamente como un manual de estudio para aprendices de rock; unos solos instrumentales dignos de premio... Hemispheres tiene la gracia de aquellas cosas que no admiten adiciones... un clásico sin grietas ni los excesos propios de la música de los setenta. Paradójico.
cds recomendados
Ya no hay Soda Stereo. Y el mundo no se nos acabó. Y la nueva música, en Argentina, siguió su rumbo. Un rumbo cierto, lleno de puertas para abrir... lleno de puertas que ya se cerraron para nunca más abrirse. Nuestros hermanos del sur (¿asi lo expresaría doña Sosa?) van más rápido que el resto del continente. Quizás porque se creen europeos. Quizás porque son lo más parecido a los europeos que tenemos por aquí. Y en ese conectarse con el resto del planeta, Argentina ofrece toda la gama de colores sonoros que necesita un espacio geográfico determinado para ser considerado parte del mundo. Después de escuchar el nuevo trabajo de los Bersuit (el primero que se edita en Colombia), después de hablar por horas con Gustavo Cordera (vocales) y Juan Subirá (teclados, voz, coros), después de examinar con detenimiento su placa Libertinaje, después de todos los después, se puede llegar a entender que hacer música no es sólo un ejercicio de ingenio y creatividad, sino también una actitud frente a la vida, una posición que se asume, una mirada particular sobre lo que nos afecta, sobre lo que nos hiere, provoca o impulsa en el vida. Libertinaje es, más que un disco de doce canciones: es un manifiesto, un grito, un decir las cosas cómo realmente son... la verdad de frente, sin rodeos... los sentimientos, buenos y malos, expresados con las palabras precisas (aunque la mojigateria nacional se vea tentada a declararlos pornográficos). El contenido por encima de la forma. Los Bersuit aprendieron leyendo a Bukowski, a los poetas malditos, a los que nadie quiere pero que, secretamente, quisieran imitar. Los Bersuit son un exquisito collage de muchas cosas que uno ha escuchado en mucho tiempo. Pero también los percibo como una progresión, un avanzar en el camino exploratorio de las bandas que intentan nutrirse de todas las corrientes sonoras, de todo lo que se conoce como ruido organizado. A mí, en particular, me ayudan a evocar a los Mano Negra, a Les Negresses Vertes, a las experiencias afrolatinas de David Byrne... Quizás por eso Libertinaje me tocó algunas fibras; porque percibo tipos inteligentes detrás de cada canción... porque entiendo que hay intenciones, claridad mental. Si no me hubieran regalado Libertinaje, yo, seguramente, lo hubiera comprado
The Cranberries
Bury The Hatchet
A diferencia de sus anteriores producciones, la nueva placa de Dolores y sus chicos no es, por fortuna, más de lo mismo. Después de un debut impresionante, de una continuación que no tomó ningún tipo de riesgos, de una tercera producción en verdad innecesaria (demasiados discos en un lapso de tiempo realmente corto), The Cranberries se tardaron tres años en regresar. Quizás el vértigo, la velocidad con la que sucedieron tantas cosas en sus aun cortas vidas, los invitó a detenerse para intentar comprender qué les había sucedido. Y era necesario. Ya estaban empezando a cansar, a repetirse, a no ofrecer nada verdaderamente novedoso. Bury The Hatchet les plantea a estos irlandeses otros caminos, otras vías de escape, otras formas de resolver los problemas que se deben enfrentar cuando se va a componer una canción. Dolores sigue apareciendo como la protagonista absoluta de todos los temas, aunque en esta ocasión la siento menos vedette, más preocupada por ser parte de la banda. Este disco en particular es una reflexión lógica a la que llegó el grupo tras haber tocado el cielo con las manos. De ahora en adelante quizás vayan a tener menos éxito, quizás vayan a ubicar menos canciones en los listados de éxitos, quizás sus cuentas de banco no vayan a sufrir grandes variaciones hacia arriba. Pero lo que es absolutamente cierto es que con Bury The Hatchet van a empezar a ser más respetados por los sectores más escépticos, por aquellos que en tres obras no han sido capaces de convencerse de las enormes potencialidades (y realidades) contenidas en su música. Anotación final para los señores especialistas en música de la revista Cambio: The Cranberries no es un grupo de New Age
Mis Clips
A Radioloco, un programa que se emite de lunes a viernes, a las ocho de la mañana, en 828 A.M., de Caracol, le he hecho un seguimiento serio, sin pasiones malsanas, sin conocer a ninguno de su creadores. Y aunque mi conclusión poco importe, aunque mis opiniones sólo puedan generar indiferencia, me atrevo a decir, sin miedo, que estos cinco sujetos han creado un nuevo género radial. Sí. La cosa es bien sencilla: los periodistas se van para un granero, en una esquina, y empiezan a hablar de lo que les pasó el día anterior, lo que vieron camino a la emisora, lo que leyeron en revistas o periódicos, lo que los impresionó de la Televisión nacional o internacional... el micrófono, claro, está en medio de la conversación de estos amigotes que sólo les falta salir borrachos. No pueden faltar los mismos chistes y exageraciones de siempre, las llamadas de los oyentes... Me cuentan que Radioloco es un éxito... y no me extraña: hasta allá ha bajado el nivel intelectual del pueblo que traga entero, del pueblo que empieza a tener como modelos a cinco alegres compadres especialistas en respirar.
El miércoles 28 de julio, a las 10.30 de la noche, me presento en el Bar de Luciano, con mi segunda sesión del Stand Up Comedy, una producción Elocio-Felipe Gómez en su local. Espero que vayan, para que vean.
A la Comisión Nacional de Televisión, creo, le están haciendo varios goles. La publicidad de cerveza está prohibida, y sin embargo, todo el día, todos los días vemos a Natalia Paris, exhibiendo su hermoso vestido de baño color cristal oro o a sus hermanas de grupo opositor luciendo sus tangas marca cervezáguila. Lo mismo ocurre con el Aguardiente Néctar que se volvió el patrocinador de la música jóven en Colombia. O de los cigarrillos que impulsan caravanas del sabor, el automovilismo o los coleos en el Llano. O la entidad oficial se está haciendo la de la vista gorda o los publicistas han refinado sus técnicas y están operando con el reglamento en la mano, trabajando los contenidos en el mismo límite de la ley.
He escuchado a Wbeimar Muñoz en estos días. Anda manejando el mismo tono mesiánico que emplea Carlos Antonio Vélez en sus Palabras Mayores. Dios los cría...
Préstele atención a la imitación que hace Diego Briceño de Sánchez Cristo en La Zaranda de RCN: sencillamente magistral.
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