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trip hop
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Es difícil (mejor decir imposible) determinar el momento exacto en el que una música ve la luz del mundo, recibe la nalgada de rigor y, como todos, sale a la calle a ser buena o a dejar que la sociedad la corrompa. En el caso del sonido que nos ocupa en esta edición Elocio, el trip hop, sólo estamos en capacidad de reunir datos, momentos, discos y reflexiones personales para intentar, al menos, describir de qué se trata este asunto. Durante más de una semana tratamos de recoger datos en cuanto site entrábamos. Al parecer pocos se han atrevido a especular sobre el trip hop. Y es entendible este temor de arriesgar algún comentario. Bandas pioneras como los ingleses Massive Attack, en sus entrevistas y declaraciones a la prensa especializada se apresuran a negar su militancia en el género, aun teniendo en cuenta su reconocida labor pionera.

¿A qué sabe eso?

Antes de que alguna publicación norteamericana se apresure a establecer los orígenes del trip hop en Nueva York, dejemos bien claro que Bristol, Inglaterra (finales de la década del ochenta), es el puerto del cual zarpó esta nave. Los centenares de años que pasaron los ingleses abriendo colonias alrededor del mundo, finalmente dieron sus frutos: la Gran Bretaña se llenó de inmigrantes de todas las latitudes, colores y formas de entender la vida… el arte, la música: India, Africa, el Lejano Oriente, el Caribe… este enorme collage cultural creó entre los altivos ingleses una medida tolerancia hacia otras inspiraciones que no fueran las propias. De alguna forma, el trip hop es el sonido que mejor sintetiza el encuentro de esas otras formas de pensar la música con un mundo nuevo, industrializado, dominado por la tecnología. Pero hagamos claridad en un asunto importante: aunque el trip hop emplea instrumentos de orígen étnico, vocalizaciones o estructuras claramente reconocibles como el reggae, entre muchas otras, no se trata, en ningún momento, de world music. Los inteligentes creadores detrás de las docenas de bandas que han impulsado este estilo, se han esmerado, desde el principio, en despojar su sonido del colorido tercermundista, para darle el tono de gran ciudad industrial, ese color gris del concreto, esa atmósfera pesada de la contaminación… música para el fin de siglo o quizás mejor, para el fin de los tiempos.
A la base rítmica del hip hop (circular, hipnótica, minimalista), los músicos trip hop le han agregado la sobriedad de una electrónica controlada (nada de estridencias, mucho de sutiles ruidos maquinales), samples extractados de canciones favoritas o bandas sonoras de películas, el soporte rítmico y exquisito que dan algunos instrumentos convencionales como los pianos o la útil guitarra eléctrica que le recuerda a sus creadores de dónde vienen.
El escenario ya está construído para que se empiecen a articular esas canciones tristes, suaves, intensas, melancólicas… todas ellas interpretadas vocalmente por medio de susurros, lamentaciones, lentas improvisaciones rap o la antigua voz en tono de conversación. El trip hop, en realidad, no es una música que pueda llamarse nueva. Se trata más bien de un montón de cosas puestas en otro orden, en un orden nuevo… y aparte de nuevo, absolutamente sensual, fascinante… ¡la depresión convertida en objeto de culto artístico!

¿Quiénes son ellos?
No se puede afirmar tajantemente que haya bandas o creadores concentrados en realizar exclusivamente trip hop. Lo que sí es fácil de hallar son momentos trip hop (en unos más que en otros) dentro de sus obras. Incluso en el nuevo disco de Los Aterciopelados, Caribe Atómico, se pueden encontrar algunos coqueteos al género (Andrea ya ha dicho que le atrae para su próximo trabajo, la experimentación en estudio, el trabajo con cintas a diferentes velocidades y la inclusión de samples… sin saberlo o en plena conciencia, nos informó de sus aspiraciones trip hop). Si usted mordió el anzuelo que desde aquí acabamos de lanzar, diríjase a su tienda de discos de confianza y pregunte por bandas como Massive Attack, Hooverphonic, Morcheeba, Lisahall, Mono, Esthero, Everything But The Girl (sólo desde su disco de 1997 hacia acá), Portishead o algunas piezas del inglés Tricky… Comience por ahí. Le aseguro una experiencia sonora superior, más allá de lo que pueda ofrecer un listado de ventas encabezado por Andrea Bocelli

cd´s básicos

Más que para mostrarle a las visitas, todos tenemos la obligación (no necesidad) de estar bien armados musicalmente. Olvídelo, el vinilo no va a volver. Sus viejos discos de pasta ya no sirven. Desde esta nada modesta columna le vamos a dar pistas claras para que tenga una ciditeca respetable, con discos imprescindibles de la historia rock

Portishead
Dummy

Un clásico con sólo cinco años de editado. Cuarenta y nueve minutos de música que, en su momento, fue poco entendida, pero extrañamente recibida con entusiasmo. Y era natural. Dummy era una colección de canciones que, con la conducción vocal de la bellísima, pálida, fría y melancólica Beth Gibbons (no doña, ella no se quiere suicidar) y las inteligentes maniobras electrónicas de Geoff Barrow, te despertaban de inmediato un extraño vacío en el estómago: algo siniestro, enigmático, oscuro (algunos ven en sus temas claras evocaciones a las cintas de Hitchcock) se te estaba metiendo por los oídos… pero era fascinante, no te podías despegar de esa voz somnolienta y desgarradora; no te podías despegar de esos sonidos confusos y saturados de efectos. Los Portishead (nombre de un pueblito en las afueras de Bristol) tomaron algunos samples de canciones de Weather Report, Isaac Hayes, War y el tema de Mission Impossible… les añadieron el molesto (y ahora ¡glamoroso!) scratch de los discos de pasta y, junto a los elementos ya descritos, concibieron uno de los trabajos más innovativos y vanguardistas de esta década. Palabras de Barrow: Sólo quería hacer música interesante, canciones adecuadas con la duración apropiada… música que pudiera ocupar un lugar decente en las colecciones de discos de la gente. Sin concender entrevistas, sin hacer giras de conciertos ni contar con el apoyo de la Radio, los Portishead y su álbum debut lograron lo que otros tardan varios cientos de miles de dólares: vender mucho, ganarse el Mercury Music Prize al Mejor Album de 1995 y… salir en Elocio como Cd Básico

cds recomendados

Jocelyn Montgomery & David Lynch
Lux Vivens
Durante sus primeros años de vida Jocelyn Montgomery recibió las instrucciones precisas sobre lo que debía ser y hacer. Su abuelo escocés ayudó bastante: aparte de pescar construía violines. Creció en Londres, la recibió The Purcell School of Music cuando sólo contaba con diez años. Seis años más tarde ya estaba entrenando sus cuerdas vocales en la Saint Paul’s Girl’ s School. Luego vendrían las clases de violín y composición, el rebusque en Londres, haciendo las veces de modelo y participando en videos de Dave Stewart (Eurythmics) y los, por ese entonces desconocidos, The Verve. Su vida cambió cuando hizo parte de Sinfonie, un grupo de artistas especializados en la obra de trovadores medievales, quienes la pusieron en contacto con la música de la abadesa del siglo doce, Hildegard Von Bingen. Casada y establecida en Los Angeles, a Montogomery le volvió a cambiar la vida de una forma absolutamente increíble: mientras daba un paseo por las calles de Hollywood Hills, un par de oídos entrenados descubrieron a una bellísima joven que era capaz de cantar como las sirenas y caminar como los humanos, todo al mismo tiempo. Se trataba de un ejecutivo de la Mammoth Records quien, en un lapso de dos semanas, ya la tenía metida en un estudio de grabación, preparando su primer trabajo, Lux Vivens, a partir de las canciones de Von Bingen. Pero su suerte no terminaba ahí: el productor del disco era nada menos que David Lynch, el director de cine (Blue Velvet, Dune, Elephant Man, Eraserhead, Lost Highway…) y músico quien le preparó unas exquisitas atmósferas electrónicas para crear una de las obras más sublimes y hermosas que pueda uno encontrar por estos días.

Lisa Gerrard & Pieter Bourke
Duality
Un disco extremo. Un trabajo creado para iniciados, para mentes amplias y dispuestas a correr riesgos sonoros. A Lisa Gerrard la conocen quienes han seguido de cerca la carrera de esa ya legendaria (y disuelta) formación británica Dead Can Dance (veinte años de carrera, nueve discos editados). A Pieter Bourke (compositor, teclista y percusionista) lo reconocen sus amigos australianos, sobre todo aquellos involucrados en bandas como Snog o Black Lung. Ambos ya se habían encontrado en 1995, cuando Lisa realizó su primer álbum en solitario, The Mirror Pool. En términos musicales, la cosa funcionó como un certero flechazo. Dos talentos que se complementaban, dos estilos diferentes que funcionaban a la perfección. Dualidad, sincronismo. Y eso se siente reflejado en cada instante del disco. La voz de Lisa, las aventuras sonoras de Pieter. Ambos aportando su furioso talento. Ambos creando unos sonidos que a veces se nos antojan inéditos, inexplorados… extractados de algún lugar no descubierto. Esa es la virtud de un disco creado a partir de voces, percusión, teclados electrónicos y samplers… un disco que Gerrard describe como un matrimonio orgánico de sonidos, alternadamente, clásicos y contemporáneos: clásicos porque son abstractos en naturaleza, un viaje único para cada individuo, pero contemporáneos porque son un mosaico de influencias culturales… la voz que hemos experimentado en los pasados veinte años de nuestro arte. Otra bellísima experiencia 4AD.

javier rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el viernes, 14 julio 2000
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