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moda americana - ni carriel, ni ruana
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Muchos años después, frente a la caja registradora de TJMAXX, recordaría cuando mi padre me llevó a conocer el San Andresito de Bogotá. En ese entonces el establecimiento era una sucesión de bodegas donde cada pequeño kiosco se peleaba tener lo último en moda. Moda americana, lo único que valía la pena comprar en ese entonces. Buscaba unos Levi's punto rojo doble x (en ese entonces, a mis tiernos 14, no sospechaba siquiera las múltiples acepciones que llegaría a sugerir una sucesión de equis). Como a los Marlboros (que ya consumía con curiosidad, y a los que había que buscar en las cajetillas las x que garantizaban su autenticidad, -creo que eran siete-), a los bluyines americanos había que contarle las x en los botones, buscar la palabra Levi's en la cremallera, confirmar la impresión de las letras en el cuero sobre el bolsillo izquierdo, la curva de la doble hilera en los bolsillos traseros... Comprar Levis originales americanos era una tarea de conocedores que mi padre toleraba con paciencia. Ni hablar de Lacoste: que el cocodrilo no fuera pintado, que la cola estuviera doblada para abajo -¿o para arriba?... En fin, estar a la moda hace quince años, a la moda americana, era un propósito que costaba a quienes quisieran ser admirados por su originalidad, algo que, en cuestiones de moda, no dejaba de ser paradójico pues todos íbamos al mismo San Andresito a comprar los mismos bluyines y a uniformarnos de adolescentes. En ese entonces todavía tenía su mérito tener bluyines oscuros, sin desteñidos o desgastes (rotos) estudiados, como los que ahora están de moda.
El bicho de la moda, pues, me picó temprano pero pronto me hice a la idea de que ser exclusivo no era para mí por dos dolorosas razones: por pobre y por mi mal gusto. Rechazo estimulado además en la Academia gracias en parte a nuestro estudio de lo "alternativo" (otra radio, otro periodismo, otra televisión), pensado con la idea de estimular una ruptura con los medios tradicionales, no para seguirle el juego a esa palabra recientemente acuñada para definir otra moda con look propio: "candao" y arete, cuando no un tatuaje casi siempre monocromático y un doloroso piercing semi-infectado. Aquello del gusto es algo más bien abstracto pero hace más cómodo reírse del absurdo mundo de la moda, especialmente cuando se imita fuera de contexto, y en eso los colombianos tenemos siempre las de perder (¿o ganar?).
calvin levis
Desde los ingeniosos nombres que hace unos años se premiaban en televisión con fotocopia de la cédula (los "Sin Tocayo", ¿se acuerdan?). Unos tomados de barcos de guerra (Usnavy), o de un sobre estampillado (Usmail), sin mencionar los ya clásicos y casi inocuos John Jairo, James o Johh William. Incluso una mexicana que conocí aquí (Alejandrina) se sorprendía de que los colombianos no usáramos nombres "diferentes" para nuestros hijos (ella le puso al suyo Yochua), pero le expliqué que eso dependía de que tan a la moda se quisiera estar, pues Lady Di ya debe tener tantas o más tocayas que Gualdisnei o Madein, ejemplos clásicos de la recursividad patria.
Volviendo a los bluyines, aquí los Levi's dejaron de ser una moda (en Colombia creo que las mujeres llegaron a usar los de los novios o hermanos porque era "in"), pero aquí siguen siendo una especie de símbolo de la clase trabajadora, de la informalidad, de la no-elegancia tan práctica del gringo. Ahora los pelaos (como impuso Calvin Klein), muestran los calzoncillos. Dejan caer sus pantalones hasta la mitad de la nalga, o más abajo y caminan como pueden, con los bolsillos en las rodillas.
En cuanto a los carros, aquí esta muy claro que las camionetas grandes -trucks- (o "trocas" como las llaman quienes trabajan "vacunando carpetas" -vacuuming carpets-) son para los que trabajan en la construcción o cortan el pasto. Aquí no se ven niños lindos en Fords F-150, como estuvo de moda hace un tiempo en Medellín.
Por estos lados (Carolina del Norte) están bien diferenciadas las modas, no sólo por estrato, sino por etnia. El negro desfila orgulloso con una especie de media velada que se amarra en la cabeza, seguramente impuesta por el rapero de turno. La radio latina anuncia con orgullo: "... y para los que prefieren el look vaquero, en Patty's Boutique encuentras las botas de armadillo, manta raya, oso hormiguero, avestruz, culebra..." pintas bastante western que se ven en las calles. El resto, los monos ojiazules, no ven la hora de que la temperatura suba mas allá de 65 grados Fahrenheit para ponerse unas bermudas, una chanclas trespuntá (como las de la Costa, pero Nike
y domadas).
Aquí en verdad parece que a nadie le importa lo que se ponen los otros. Claro, con el tiempo empiezan a reconocerse quienes se visten "in" y "out" (depende del grito de turno), pero hay dos tendencias más bien claras: Si hace calor, todo el mundo se pone menos ropa, y si hace frío, la gente saca las chaquetas del armario, (parecidas a las gruesas gabardinas que pueden verse en las vitrinas de Oviedo, pensadas seguramente para contrarrestar las fuertes nevadas rionegreras).
el precio del deber
Libertad de expresión, eso es lo que más se respira por aquí. Sólo en los skywalks (pasadizos elevados que unen los edificios del centro), pueden verse aquellos que verdaderamente tienen acceso a la moda: liposucciones, banqueros con trajes de marca (mucho más de 500 dólares), ejecutivas con finos sastres caminando con tenis para no mortificar sus juanetes, y en general, aquellos que compran palos de golf a 200 dólares (c/u) soñando con jugar como Tiger Woods.
Como en todas partes, aquí la moda se ve bien, en las modelos y en los que tienen billete, no en nosotros que nos perdemos caminando entre los rascacielos.
Tal vez por eso no me importó pagar en la registradora unos pantalones pasados de moda (todo lo que venden en TJMAXX son sobrados de las temporadas), lo cual a las claras indica que sí, que aquí las modas existen, especialmente PORQUE HAY ESTACIONES, no porque, previniéndonos del carriel y la ruana, se exhiben en nuestras pasarelas tropicales, colecciones invierno-primavera, enmarcadas seguramente en los tan de moda "nuevo milenio", cuando no "nuevo siglo", que aun no empiezan, según los entendidos.
Luis Fernando Matta
modaigualpoder
La moda es una cara de la vida a la que nos enfrentamos a diario. Crecí rodeado de personas que me aseguraban que "la moda les importaba muy poco". Les creí al principio, pero a medida que abrí los ojos a la realidad me dí cuenta que eso era una mentira, consciente o no. Especialmente entre los hombres el despojo aparente a los cánones de la moda es un cliché mojigato e hipócrita. Como de las leyes físicas y naturales, no podemos escondernos al mundo de la moda. Al vestirnos cada día escogemos ropa que habla elocuentemente de lo que somos y cómo nos sentimos. La moda es también el negocio más grande del mundo. En la producción, compra, y venta de ropa se emplean más personas que en cualquier otra industria a nivel global.
La moda es una de las fuerzas sociales más importantes y dinámicas. La forma en que seleccionamos nuestro vestuario refleja mucho más de lo que nos imaginamos. Naturalmente nos vestimos para protegernos de los elementos, pero también lo hacemos para inspirar atracción física, para promover la química sexual; nos vestimos para expresar emociones, y como una forma de expresión religiosa, nos vestimos para identificarnos y reforzar tradiciones, nos vestimos para gustar, pero también para desagradar.
Uno de los aspectos más interesantes de la moda es el cambio, y en general la inhabilidad de saber con precisión cómo llegó a ser moda. Apenas se identifica una moda, esta empieza a cambiar. Nadie sabe con certeza cómo las botas y minifaldas de los adolescentes de Londres en los 60s llegaron a las pasarelas de París, ni cómo la cultura del hip-hop se movió de las calles del Bronx a los shows de moda en Londres y Milán. Es fácil saber que es popular, pero el rumbo de la moda depende de la reacción de algunos individuos conectados a lo que está pasando en música, arte, y literatura.
A diario nos bombardean imágenes y nuevas ideas en la forma de vestir. La música, los libros, los vídeos, y la televisión son una fuente inagotable de nuevas ideas en el mundo de la moda. El cine también influencia enormemente lo que la gente usa: las ventas de Ray-Ban aumentaron después de las películas Men In Black y Top Gun; las enormes hombreras creadas por Jean Giraud para los vestidos del personaje Rachael en Blade Runner revolucionaron la moda en los 80s; irónicamente Giraud se inspiró en otra estrella de Hollywood: Joan Crawford. El hecho de que Clark Gable se quitara la camisa y debajo de esta no tuviera camiseta casi acaba con la industria de esta prenda a nivel mundial en los 30s; hasta el día de hoy relacionamos la simplicidad de la camiseta blanca y los pantalones kakis (el típico modelo de The Gap) con la actitud fresca, rebelde y al mismo tiempo inteligente de James Dean. La lista es interminable.
De la misma forma es estrecha la relación del rock and roll y la moda. En los 50s todos los jóvenes deseaban vestirse como Elvis; el glam rock y el punk (David Bowie, The Sex Pistols) se sostenía de igual manera entre golpes de guitarra y puntadas de aguja; Madonna (vestida a menudo con creaciones de Jean-Paul Gaultier) es una de las fuerzas más importantes en el mundo del vestuario. A lo mejor nadie se acuerda de los premios Grammys pero quien vió la más reciente ceremonia nunca va a olvidarse de Jennifer López vestida (mejor aún, ¡desvestida!) por Versace.
La moda revela. El vestuario manda un mensaje preciso del grupo social al que pertenecemos. El estilo dice quién eres, pero también crea estereotipos y distancia entre grupos. Por ejemplo, un ejecutivo puede mirar con desdén a un joven con pelo morado y aretes, lo ve como algo ajeno a sí mismo. Pero otra persona puede mirar al muchacho como un conformista. El joven se viste de cierta manera para enviar un mensaje de rebeldía y separatismo; pero dentro de su grupo, el look es uniforme, conformista. La aceptación o rechazo de un estilo de vestir es una reacción de la sociedad en la que vivimos.
La moda también puede usarse como arma política. En la Inglaterra del siglo XIX se prohibía usar ropa hecha en Francia. Durante las revoluciones comunistas del siglo XX se utilizaron los uniformes para abolir distinciones de clase y raza. Hace 30 años las mujeres quemaron sus sostenes como protesta a la disparidad de género.
La moda es un lenguaje que nos cuenta la historia de la persona que la usa. Nos guste o no, todos contribuimos a su evolución, día tras día. La ropa crea un idioma sin palabras que todos entendemos.
Rafael Araújo
cartas@elocio.com |
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