.
.
archivos
ni siquiera Juan Valdéz
Regreso al listado de artículos archivo de mondo
La felicidad (o no sé si debería decir desconsuelo) de lo poco importante que es Colombia por estos lados (Carolina del Norte), se hizo evidente cuando conocí a un abogado (de una de las buenas firmas de la ciudad) quien me preguntó dónde quedaba exactamente nuestro país; si cerca de Argentina, o más al sur (claro, yo había dicho Suramérica, pero quizás me faltó especificar que pertenecemos al trópico)… aunque no lo culpo. Aquí poco o nada se dice de Colombia en las noticias de horarios habituales, y la gran mayoría sólo ve noticieros locales; espacios noticiosos en cuyos titulares se escucha: "Inquilino demandará a dueño de apartamento porque lo mordió una rata", "La niña desaparecida hace 24 horas sigue sin dar señales de vida; un camionero dijo haberla visto caminando por la interestatal", "¿Se construirá el nuevo estadio para los Hornetts?" (en esta pelea llevan tres meses) y, claro, el forecast, porque aquí, casi siempre, se cumplen los pronósticos del tiempo. Pero de lo que está pasando en Colombia, nada.

Hace un par de semanas, cuando el Congreso estadounidense aprobó la ayuda a Colombia para la lucha contra las drogas, se levantó una polvareda porque algunos detractores decían que mejor invirtieran un pedazo de esa plata para prevenir el consumo, y no echarle más candela a la guerra en Colombia. No obstante, primero, no hubo un acuerdo en ese aspecto y, segundo, la gasolina lleva subiendo aquí (peor en Colombia, claro) como un mes, así que ahí murió la cosa. La noticia se escabulló en medio de un completísimo informe sobre las soluciones que implementará el Gobierno para bajar el precio de la gasolina, y unas deliberaciones filosófico-científico-médicas sobre las implicaciones que trae el haber descifrado el mapa genético humano. Resulta que las compañías de seguros podrían dejar de venderles pólizas a aquellos que puedan desarrollar enfermedades en el futuro, y aquí eso del cubrimiento está muy desarrollado. Así que Colombia... ni a tercer plano.

Las pocas oportunidades de hablar sobre el país, se disipan incluso cuando, por el acento, preguntan de dónde soy. Siempre digo primero South America, (para ir de lo general a lo particular), pero mi pronunciación no es muy buena y termino diciendo Colombia, cuando me re-preguntan ¿where?. A lo que una sonrisa es seguida de ¿Columbia, South Carolina? (la capital del Estado, y se pronuncia exactamente igual, a lo que debo aclarar, No, South America. Sólo entonces se escucha un ah... y la curiosidad muere. Nunca he sabido por qué. Otras veces me preguntan qué idioma se habla allá y cuando digo orgullosamente Español, algunos simplemente me dicen Ricky Martín, ummmm; Jennifer Lopez o ¿What about Elian? ¿Is he coming back? o empiezan a imitar a Chihuahua (la mascota de Taco Bell) recitar los platillos de Taco Bell. Aquí, Hispano=Mexicano. Ni García Márquez, ni Juan P. Montoya, ni siquiera el narcotráfico ha surgido directamente en ninguna conversación.
De la música, menos. Aquí no saben quién es Shakira (¿Shakira conquista USA?), ni Carlos Vives. En una fiesta a la que me invitaron unos búlgaros, había mucha comida y mucho baile. Además de sus danzas tradicionales, me confesaron que estaban tomando clases de baile (salsa y merengue), pero cuando empezaron a bailar "paseaito" un disco de Roy Orbison, les confesé que era colombiano, y que les iba a traer Vallenato, Merengue y Salsa de verdad. Me miraron con una sonrisa que no entendí al principio; pero me fuí por el CD de propaganda de Protección. Cuando volví, supe porque esa sonrisita. El olor característico de la cannabis a duras penas se escapaba por el extractor de olores del baño. Creo que nunca supieron realmente porque me negué a unirme al cigarro que pasó de mano en mano pero me dijeron que no habían conseguido algo de mejor calidad, y se disculparon con sinceridad. Seguro pensaron que les iba a recargar la dosis.

Claro, algunas personas quieren conocer mi opinión sobre el conflicto armado, o la narcoguerrilla o que si Pastrana comparte el triunfo de Fujimori porque asistió a su posesión.... Tanto interés inesperado se aclara más adelante cuando surgen en la conversación comentarios como: es que yo soy casado con colombiana o mi papá es colombiano, pero yo nunca he querido ir (o el no ha querido volver) o ah, sí, tengo unos vecinos colombianos lo más queridos, ya probamos el aguardiente. Ese es un círculo minúsculo, bastante alejado del promedio.

Aquí, Colombia, no existe, y a nadie le importa. Nuestro bello país sólo es tenido en cuenta por nosotros y nuestros vecinos afectados por la violencia fronteriza. Ni siquiera el café colombiano es el que más se vende. En los almacenes no es el más caro, y todo el mundo tiene su propia mezcla de granos centroamericanos y africanos. Nuestro aromático orgullo se diluye entre las múltiples opciones. Por aquí no se ve ni la sombra de Juan Valdez.

El primer día de clases en la Universidad (uno cursos gratis que ofrecen sin preguntar qué tipo de visa se tiene), tuvimos que pasar por el internacional ejercicio de hablar con la persona que está al lado para conocerla un poco más, y después presentarla al resto del grupo. Cuando nos dijimos las nacionalidades, mi nuevo amigo y yo afirmamos hipócritamente con la cabeza, tratando de no parecer ignorantes, aunque sin tener idea de dónde exactamente provenía el otro. El tipo acababa de llegar de Alemania, aunque había nacido en Eritrea (hoy sé que es un país vecino de Etiopía; pero no se quieren mucho) aunque creo que el sujeto tenía una mejor idea de dónde venía yo. Nunca mencionó las drogas, y tal vez no se acordó del nombre de Don Pablo, pero estoy seguro que las pocas referencias que tenía de nuestro país eran las más conocidas por el resto del mundo.

La primera vez que atravesé una calle en Estados Unidos bajo un status diferente al de turista, entendí lo poco importante que es Colombia para el resto del mundo, y lo absurdamente importantes que nos sentimos cuando estamos allá, pensando que todo el mundo está pendiente de lo que pasa en nuestra tierra.

Luis Matta

independencia

El 8 de diciembre de 1982, ante la Academia Sueca y distinguidas personalidades reunidas para celebrar el Premio Nobel en literatura, Gabriel García Márquez resumió en una frase la inexorable realidad latinoamericana contemporánea: nuestra independencia del dominio español no nos liberó de la locura. De esta forma me pregunto si cada 20 de julio celebramos el nacimiento de nuestra patria o el habernos quedado con nuestra locura salvaje y colectiva. Nos independizamos de España, pero de la misma forma Venezuela, Ecuador y Panamá se independizaron de nosotros. Creamos nuevas fronteras y constituciones, pero nos quedamos con nuestra demencia. Una independencia a medias celebramos los colombianos cada año: un papel firmado en 1810 en la histeria colectiva de haber puesto prisionero a un imponente virrey. Como nación, nunca nos fortalecimos. Luchamos las batallas más audaces y heróicas del continente, para obtener los resultados más bochornosos. Reconquistados por los españoles durante la Patria Boba, logramos nueva libertad en 1819. Pero seguimos dementes: Santander y un grupo de conspiradores tratan de asesinar a Bolívar; Sucre es acribillado a tiros por sus camaradas de antaño. Los machetes que usamos para matar a los colonizadores los usamos ahora para decuartizar a nuestros compañeros de lucha. Y lo seguimos haciendo. Definitivamente estamos locos.

La otra semana –en la cual se celebró la independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio– trataba de explicarle a varios amigos norteamericanos los paralelos entre la independencia de ambos países. El intento de asesinato del libertador es el equivalente a Washington y Jefferson matándose el uno al otro para resolver sus diferencias. Mis amigos me miraban incrédulos, creo que también llegaron a la conclusión de que estábamos dementes. Uno se atrevió a sugerir que la generosa ayuda recientemente aprobada por el Congreso de los EUA hacia Colombia la debiéramos utilizar en tratamiento psicológico para el país entero. A estas alturas, la sugerencia me parece sensata.

Aquí en Miami se celebra cada año una fiesta para celebrar la independencia de Colombia. En un fin de semana en medio del verano se reúnen artistas y gentes en el jolgorio tradicional que estas fiestas suministran. La arepa de chócolo, la cerveza, el vallenato y la salsa se mezclan con los sudorosos cuerpos de los compatriotas en el exilio. El "Planeta Macondo" se auto celebra. Poco se escucha del Memorial de Agravios, del Florero de Llorente o de las fuerzas realistas e independentistas. Mucho se habla del secuestro y la inseguridad, de la droga y la degeneración moral y material del país, y naturalmente de lo rico que es jartar aguardiente y comer sancocho. Y yo también quiero disfrutar del aguardiente y del sancocho, tan solo prefiero esperar a que alcancemos, no la libertad de 1810, sino la libertad verdadera. La que nos saque de esta manía sangrienta y colectiva.

Rafael Araújo

cartas@elocio.com

Secciones elocio
portada
cartas en el asunto
brújula
sonido... 1,2,3
karma sutra de paroli
mmmmmmm
afuera
medios y publicidad
tempo
al vino, vino
mondo
mea culpa
cine, video & dvd
charlas virtuales
lo raro, lo absurdo
allá sí, aquí no

archivos informacion | info@elocio.com contribuya | elocio ahora


Página actualizada el viernes, 14 julio 2000
elocio online© es un producto de Publicaciones Elocio Ltda.
Todos los artículos firmados son responsabilidad de sus autores.
Ningún artículo puede ser reproducido sin permiso previo.
elocio© es una marca registrada
Todos los derechos reservados © 1998–2005