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la chispa siempre es así
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Cuando le dije a mis amigos y a muchos conocidos que iba a conocer Atlanta, Georgia, todos me pidieron una misma cosa: traéme una fotico de El Mundo de Coca Cola y los Juegos Olímpicos del 96. Eso era lo único que tenía claro cuando me bajé del avión.
No soy buena amiga de nadie, no iba a hacerle el favor a nadie, no iba a tomar fotos que no quisiera. Pero Coca Cola, ¡Coca Cola!, eso era otra cosa. No me importaba lo que había adentro, no pensaba encontrar ninguna colección alucinante, ninguna obra única y maravillosa. Esas cosas son el Metropolitan, el MOMA, el Louvre o el Museo del Prado. No iba por el cuadro perdido de Renoir ni por el sarcófago de algún faraón. Iba por una gaseosa, yo, fiel representante de una generación criada a punta de chitos y papitas.
El Mundo de Coca Cola está en todo el centro de Atlanta; una construcción super moderna situada en la esquina de una plaza adoquinada que termina abruptamente en un paredón con dibujos marinos. Al frente, un lugar muy famoso en la ciudad: el Underground, un mall debajo de la tierra. Todo eso sencillo, geométrico y rodeado de árboles muertos (por la época), está perdido dentro de una muralla de edificios.
Desde la calle ya se ve ese ícono inconfundible. El disco rojo gira sobre su eje; varios aros fijos dan la impresión de una esfera. Sí, de lejos y hasta de cerca, parece un mundo.
No hay que pagar mucho, sólo seis dólares. Y adentro, ni obras de arte ni nombres del Renacimiento. Otra cosa o muchas cosas, demasiadas
Una historia contada desde el principio: fotos, documentos, actas de venta
Lo que no ví por ningún lado fue el papelito con la receta más exitosa de la historia. Al lado del salón dedicado a los orígenes, está otro donde se encuentran todas las campañas publicitarias que década tras década han promocionado a Coca Cola. Hay que decirlo, esos salones son raros, y eso no es feo ni malo; son raros porque en cada vitrina hay un estilo de vida, una época, unos personajes característicos. Desde las damas de fines del siglo XIX, el glamour de una mujer que parece bailar Charleston en los 20, la gomina y zapatos bicolores de los años del Twist
Todos tan lejanos, tan dignos de documental, tan distintos a mí que he tomado Coca Cola desde que nací
Ahí fue cuando empecé a sentir el espíritu del museo.
Enumerar, imposible
Una pequeña máquina embotelladora sobre mi cabeza, pasaba botellitas vacías, regresaban llenas, se tapaban en otro lado. Todos mirando al techo, emocionados por algo que acompaña el almuerzo de casi todos los días. Al otro lado cápsulas temáticas donde sólo con poner un dedo en la pantalla puedes ver a Coca Cola en la moda, en la música, en el cine
Y claro, uno maravillado, mira escenas de películas donde aparece la bebida, desfiles inspirados en las famosísimas curvas de la botella, videos donde tomarse una gaseosa tiene ritmo y melodía.
El aporte emocional, ese que golpea el corazón de cada visitante, está en una pequeña sala de cine que tiene proyecciones cada 15 minutos. A la entrada, un reloj sin horas ni cuentas regresivas, más bien una suma, una progresión geométrica
las Coca Colas que se han vendido en el mundo desde 1886. Imagínese el número, yo no soy capaz de acordarme. Mientras esperaba la siguiente función miraba la cifra que crecía y crecía; trataba de leerla, hasta tuve que volver a empezar. Para tener una idea sólo hay que hacer un pequeño ejercicio: somos como seis mil millones de habitantes, ¿cuántas Coca Colas me he tomado en mi vida? ¿Cuántas se ha tomado usted?. Por supuesto, también hay que pensar en más de un siglo de gente tomando Coca Cola como loca. ¿Eso qué da?. Respuesta: una cifra imposible de leer.
En la sala, cuando las luces se apagan, un amanecer ilumina la pantalla. Un día cualquiera en el mundo, ese es el tema. Coca Cola, desde el principio del día, por el desierto, la playa, las montañas. Transportada por camellos, camiones, lanchas, bicicletas. No hay hora ni lugar; está en el trabajo, en la comida, en una tienda, en los colegios, en cualquier lado. Cada paso da protagonismo a un país, desde Africa hasta la península escandinava. Desde las tribus australianas hasta el extremo sur de América (lástima que Colombia no aparezca por ningún lado). Son diez minutos de un comercial de imágenes impecables.
Salí feliz sin ningún motivo, convencida de que si algo ha influenciado mi vida tanto como la Televisión, es la Coca Cola. ¿O será que en cierta forma las dos cosas van juntas? La sensación es rarísima, es como ser conciente de lo que me he tomado durante mi vida; es saber que no importa si es la chispa de la vida, si es así o si es por siempre. No importa la frase o palabra que la complemente; es Coca Cola, y se la tomarán mis hijos (si los tengo). La tomaron mis abuelos y otra cantidad de gente antes de ellos.
Carolina Corrales
cartas@elocio.com |
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