Aquí tenemos un problema conceptual (suena bonito eso: conceptuaaal) que es como una enfermedad, porque a nuestro parecer no toda la publicidad es buena, ni es válida, ni es creativa, ni es ajustada a la realidad, ni vende, ni es bonita, ni se justifica, ni es efectiva. Tenemos una visión muy particular sobre la manera cómo se venden ideas en esta bella tierra. Asumimos una actitud muy nuestra frente a la realidad mediática. Entonces eso que para nosotros es una enfermedad se vuelve un pecado visto desde la otra orilla. Por ejemplo, nos referiremos hoy (y hablo en plural porque sé que todos aquí estamos de acuerdo sin importar que en la bandera diga que los artículos firmados son responsabilidad de sus autores) a la guía comercial y de compras que ha hecho de su publicación el maestro Isaac Lee, siempre con la complicidad de muchos jefes de medios de muchas agencias del país.
Semana me llegó en estos días con 106 páginas de contenido periodístico y 191 páginas de contenido publicitario. Eso, para cualquier persona normal, es algo que sobrepasa su capacidad de observación. Eso le debería decir a cualquier jefe de medios que el número de impactos prometido, el costo por mil y costo por lector no funciona porque, sin duda, gran parte de esos mensajes pasarán de largo por la retina del lector; en otras palabras: no les pararán bolas. Eso, a la luz de tipos raros como nosotros, no es otra cosa que contribuir con el nivel de ruido publicitario al que estamos expuestos, al que estamos sobreexpuestos: mucho ruido, ningún sonido. Eso, para los que ponen el billete (el cliente) debería significar, al menos, un campanazo para ver dónde diablos es que se están gastando su platica y sospechar por qué no suena la registradora.
Me llegó Semana, pues, con 106 páginas de contenido y con 104 anuncios en su cuerpo principal; además, con 85 mensajes publicitarios más expresados en insertos, cartillas, CD Rom, invitaciones, cupones de suscripción a algo y separatas comerciales, todo en una bella bolsa, desde luego, marcada con publicidad. Eso sin contar los insertos promocionales propios, es decir, mediante los cuales promocionan su revista o sus otras publicaciones. Un paquete, literalmente, pesado. Pesado y grueso, tan grueso como un Papá Noel que no cupo debajo de la puerta, ni por la chimenea, ni por los ojos, ni por la mente de cualquier cristiano medianamente consciente de lo que es realidad y fantasía.
En serio, no siento sino envidia. Claro que cuando sea grande no quiero ser como Semana porque una cosa es la envidia y otra es la gula o la avaricia.
P/D. Yo, que le gasté tiempo y dedicación consciente a contar el número de avisos, sé que hay 191, pero no recuerdo ninguno. ¿Estaré perdiendo la memoria?