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parte del paseo
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La primera vez que entendí el enorme amor que algunos compatriotas sienten por esta tierra bella e ingrata, tuvo lugar en el Aeropuerto José María Córdova. Un vuelo con cupo lleno, proveniente de Miami, traía más de cien paisanos nuestros. En las estrechas salas de espera, se agolpaban, ansiosos, decenas de familiares (la mayoría borrachos) que, junto a mariachis, conjuntos de vallenato (ví a los Hermanos Gil, de grata recordación en los grados de mi amigo S. Rios) y una burda imitación de Dario Gómez (unplugged), querían exteriorizar la alegría de volverlos a ver después de largas temporadas de vacaciones, estudios o... Me conmovieron hasta las lágrimas, las lágrimas de esos otros paisas. Casi me arranca el corazón de la pura emoción verlos revolcándose en el piso, besando el suelo que los vió nacer, tomándose sin respiro un trago largo de nuestro rico Aguardiente Antioqueño. Había motivos para regresar (a las buenas o a las malas). Aquí estaban, juntos, uno detrás de otro, todos los recuerdos y gentes que los habían visto triunfar y equivocarse. Aquí estaban reunidos, por una vez más, las razones para volver.
De bajada por la autopista Medellín-Bogotá (es mejor que Las Palmas, me dijo un mohawk descamisado), luego de hacer repetidas estaciones en los bebederos de rigor, un bus repleto de amigos del barrio de un muchacho que había estado en Estados Unidos durante quince largos años (conoció poco y no aprendió nada de Inglés), se estrelló contra una buseta que subía para Guarne. El chofer borracho del bus, un primo del agasajado, se durmió en malas hora y lugar. No hubo muertos. No hubo, para ellos, un accidente. Todo sólo hacía parte del paseo: la espera, la música, la fiesta, la borrachera, el choque, el regreso a casa… la celebración por dos o tres días más… parte del paseo.
Aquí somos únicos, inquebrantables, estoicos frente a todo lo bueno y malo. Las más duras situaciones siempre son suceptibles de humor, de negro humor. La adversidad nos enseñó a sonreir, a buscar siempre un lado positivo: Armero desapareció pero ayudó a que el Papa se animara a visitarnos. Quizás por ello perdonamos a los políticos y funcionarios que roban poco (¡qué tal que nos hubiera tocado ese otro que es más ladrón!). La esperanza de un futuro mejor nunca nos abandona… Lo malo siempre podría ser peor y eso, al final, ¡es bueno!
La numerosa familia de un amigo, como todos los años, emprendió en una ocasión el tradicional viaje a la Costa. Eran dos carros en los cuales se acomodaban sin miramientos doce inquietos e insoportables miembros de los Urrea (no los de Leonisa). Uno de los autos, más viejo que el otro, al llegar a Bello, ya tenía a su haber dos varadas. El jefe del hogar tomó una decisión desesperada: invitar a la Costa a un mecánico conocido con la firme esperanza de que cesaran las averías (¿se ha dado cuenta de que un carro nunca se vara en presencia de un mecánico?). La medida no sirvió. Llegaron a Cartagena en tres días. El mecánico se emborrachó, les cogió confianza, coqueteó con las hermanas de mi amigo, regañó y corrigió a todos los que osaron coger la cabrilla y, para ajustar, le tuvieron que pagar hotel, alimentación y regreso en flota. Ganaron un amigo, perdieron un mecánico. Parte del paseo

Javier Rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el martes, 11 abril 2000
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