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mi novia era
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El frasquito alargado y cuadrado de perfume que encontré en su mochila tayrona nunca lo había visto en las revistas de farándula de mi amigo Santiago. Las ropas de gaza hindú no pertenecían a diseñador delicado alguno. Los libros amarillentos y subrayados que servían de referencia permanente, no hacían parte de los listados de Best Sellers… Sí, mi novia era diferente. Su piel verdosa, su hablar lento y pausado (Javieeeeeerrrrr), su asco ceremonial hacia la carne, sus frágiles sandalillas, la paz interior que era capaz de proyectar, no me dejaban dudas: era diferente.
Por ese entonces (a finales de los setenta), tenía un programa de música electrónica en la emisora de la Universidad de Antioquia. Creo que era un espacio pionero en su campo. Gracias a unos amigos y a mi hermano menor, me había hecho a una importante colección de discos de un género que pocos se atrevían a reconocer como favorito. Eran sonidos extraños, casi de ultratumba, músicas que te generaban amistades singulares...
En mi programa, me permitía ciertas libertades literarias para acompañar los comentarios de apoyo a las sesiones musicales, lo que me ganó una cierta fama de ser de luz, entre mi cada vez más amplia audiencia. No se me podía culpar. Tenía una cierta empatía con lo sobrenatural, una fascinación real por lo oculto... aunque podía desempeñarme bien en sociedad sin necesidad de convencer a los demás de mis creencias. Lo mío estaba claro: quería trascender pero sin privarme de los enormes placeres contenidos en la carne.
Cierto día, un operador de audio, encargado de la cabina de grabación, llamado Sigifredo (q.e.p.d.), me informó sobre la insistencia de una oyente que me quería conocer. La llamé al número que me había escrito en un pétalo seco (antes de que se deshiciera en mis manos). Un sujeto, que me deseó larga vida y convivencia armónica con mis semejantes, me invitó a esperarla ya que estaba ocupada en una sesión con el maestro. Tres interminables minutos después, la fan de Meditación Electrónica (así se llamaba mi programita), tomó el auricular:

-Gurhat, ¿eres tú?.
-No, hablás con Javier Rodríguez, el de la emisora…
-No, tú eres Gurhat mi maestro reencarnado en tí, Estás aquí, en cuerpo, de nuevo, para entregarme un mensaje. Tenemos que vernos.

Enmudecí. Hice un repaso mental de mis amigos capaces de jugarme una broma mística. Ninguno me vino a la cabeza. Concreté una cita en el Jardín Botánico al día siguiente. La chica no se veía mal. Estaba un poco escasa de carnes, pero por lo demás no ofrecía quejas.

-Eres tú… eres tú…

A pesar de mi juventud, empecé a entender qué estaba sucediendo. Así que decidí seguirle el juego:

-Sí, soy yo…
-Guíame,¡ilumíname…!

Llevarla a mi casa y darle candela… esas eran las únicas ideas que asociaba con guiar e iluminar. Pero no, no podía ser tan ruín. No debía aprovecharme de aquella grácil e indenfensa creatura. Por más de un mes recité incoherencias, fingí trances espirituales, me puse la ropa de un primo, prendí velas de colores (sabiendo qué significaba cada una) y seguí escuchando mi música. La nena, llamada acertadamente Soraya, empezaba a sospechar que yo no era Gurhat (yo ya me lo estaba creyendo). Decidí entonces acelerar la consumación de nuestro amor. Fue inútil. Sólo el maestro tenía acceso a ella (¡claro!, las sesiones). Me cansé de tanta espiritualidad y de aquello nada. Se cansó de tantas ganas mías de aquello y de mi poca espiritualidad. Por un buen lapso de tiempo no la volví a ver. La semana pasada me la encontré vendiendo incienso en Eldorado… 2 mil 600 metros más cerca de las estrellas.

Javier Rodriguez

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Página actualizada el martes, 11 abril 2000
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