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nombres como castigos
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Si en Antioquia no existen los nombres más feos, absurdos y traídos de los cabellos de todo el planeta Tierra, creo que estamos bastante cerca de lograr esa infame marca. Bautizamos pequeñas e indefensas creaturas como si se tratara de enfermedades. Aplicamos nuestro dudoso ingenio a unos pobres seres que tendrán que llevar a cuestas, por el resto de sus miserables vidas, un nombre estúpido que se le ocurrió a un tío borracho o a una tía que vio algo curioso en una lata de sopa escrita en Inglés.
Sin el ánimo de desafiar postulados sicológicos, desprovisto de cualquier intención de desencadenar agrias disputas entre investigadores, antropólogos o sociólogos, me atrevo a decir que el nombre que le apliquen a uno en la pila bautismal, va a determinar la personalidad, el carácter, la profesión a seguir, y hasta su futuro. Por ejemplo, ¿en qué barrio de Medellín no existe un tendero que se llame Javier? Llamarse Javier parece traer consigo una responsabilidad social, de servicio a la comunidad. Asi que si usted quiere que su hijo sea chofer de bus o taxi, voceador de prensa, ayudante de viajes interdepartamentales en Rápido Ochoa o Trabajador Social, no lo dude un solo momento: Javier es el nombre.
Hay nombres que marcan, que te hacen la vida mucho más fácil. Nunca he visto un Carlos con dificultades para escoger carrera. Carlos es un nombre comodín: sirve para cualquier cosa. Quizás por ello es tan fácil cruzarlo con otros: Luis Carlos, Juan Carlos, Esteban Carlos, Carlos Eduardo… Lo mismo sucede con Christian. Llamarse así te resuelve de tajo las dificultades del bachillerato y te exime de las aburridoras sesiones de orientación profesional y visitas a universidades donde muestran todas las mentiras juntas sobre todas las carreras juntas. Los Christian del mundo nacieron con un compromiso inexcusable con el gremio capilar: la tintura, los rulos, la decoloración o aclaramiento, los cortes atrevidos, la experimentación en cabeza ajena… esos son los amplios dominios de una serie de sujetos cuyo destino trazó un padre indolente o con evidentes afanes de ahorrarse lo de la peluqueada, por el resto de sus días. Por desgracia, los Christian son desagradecidos. Por lo general se van con otros señores mayores que no son precisamente sus papás.
Ergástulo, Epaminondas, Braulio… son sujetos (no inflamaciones de alguna glándula) cuyos progenitores tenían en mano el santoral a la hora del bautizo: el día de tu santo… así te llamabas. De buenas algunos… de malas la gran mayoría. Tales nombres deben crear unos sujetos taciturnos, poco amistosos, encerrados en sí mismos. No es fácil ir por ahí, presentándose: mucho gusto Soy Epaminondas Gil, represento a una compañía de ventas por club…
Por el lado de las mujeres, las cosas no son mejores. Conozco familias enteras con nombres que señalan un camino por el resto de sus días: ser tías por siempre. Para la muestra están estos botones inocultables en la galería de cualquier familia paisa: Fanny, Luz Marina, Consuelo, Amparo, Esperanza, Lucila, Gladys, Rosa, Aida, Estella, Ligia y hasta ¡Lesbia!… No conozco aun a nadie, menor de treinta años, con tías llamadas Natalia, Luisa Fernanda, Paola o Camila. Tampoco me he encontrado, ni por casualidad, con Catalinas, Andreas, Paulas, Angelas, Pamelas, Valentinas o Verónicas con algún asomo de feura en sus caras o cuerpos. Otro punto a favor de mi hipótesis.
Viendo en estos días uno de esos extraordianrios episodios de Seinfeld, el cómico norteamericano se preguntaba si a uno lo llaman Rasputín, tal decisión podría incidir en la vida de uno. Claro que sí. Con esto de los nombres es mejor no correr riesgos innecesarios. Después de aquel molesto incidente en la antigua Roma, nadie se ha atrevido a ponerle a un hijo Nerón, por miedo a que salga pirómano. Si usted está próximo a ser padre o madre, váyase por la fácil, garantícele un futuro a su crío: llámelo Julio Mario, Nicanor, Carlos Ardila (Ardila como segundo nombre)… Con toda seguridad no le va a ir mal en la vida.

Javier Rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el martes, 11 abril 2000
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