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el arca de josé
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Para ser un antioqueño con todas las de la ley, en alguna parte, alguien, decidió que todos los de por aquí debíamos profesar un culto especial hacia el campo, la naturaleza, los animales
en otras palabras, teníamos que disfrutar a plenitud las excursiones semanales a la finca (todos debemos tener finca, alquilar una o conocer alguien con el estoicismo suficiente para atender visitas que no llevan nada, se tragan todo y, por casualidad, tienen ropa y cobijas en el carro).
Antioqueño y finca van tan juntos como la arepa y el quesito, el aguardiente y el mango biche o la camioneta y el revólver. Los que no entendemos o aceptamos estas realidades tajantes, estamos sujetos a sufrir las consecuencias. Yo, por desgracia, soy vivo ejemplo de esa minoría paisa que odia las fincas, le cae pesada la leche recién ordeñada, le pican todos los insectos y, para rematar, le simpatiza sobremanera a los dueños de los hatos, haciendas y casas de recreo familiar, lo que me garantiza sucesivas invitaciones al infierno.
El otro día (así empiezan las buenas historias), una colega de Facultad que me agradaba en particular, me invitó en compañía de mi mamá y mi hermano medio a pasar un fin de semana en la finca de sus padres. Aparte de sentirme feliz porque la bella chiquilla me empezaba a tomar en serio, mis malos presentimientos me atormentaban por la ubicación de la casa de campo: (no voy a decir dónde para no ofender a mis amigos de Fredonia). Hay lugares de nuestra querida Antioquia que, ni cerrando los ojos, ni con la ayuda de Turantioquia (¿todavía existe?), ni con una inspirada poesía de Jorge Robledo, aguantan mínimos análisis de confiabilidad vacacional. Pues bien, ya estábamos allí y lo debíamos afrontar. Mi mamá entró en confianza rápidamente: la ví discutir con doña Maruja los secretos de generaciones que ayudaban a las flores a crecer del tamaño de una papaya. Yo, con don José, mientras me tomaba una cerveza caliente (se había ido la electricidad, de pronto la arreglaban más tarde), me divertía escuchando unas historias que, en su momento, me parecieron producto de la ficción rural o de nuestra exageración secular: un vecino había visto en los predios de la finca una chucha del tamaño de un perro dálmata. No hice caso
sólo me reí. Mi hermano medio, por su parte, correteaba por los extensos prados verticales mientras gritaba desesperado su horror por una tarántula que intentó subirse a su pierna. La tarántulita, dijo don José
ya la recuerdo. En estos días le puse el brazo y me lo dejó encalambrado como una semana, añadió fingidamente preocupado mientras me mostraba una chamba digna de revista médica, capítulo queloides.
Las cosas no iban bien: los mosquitos comenzaban su faena en mí, la finca era visitada por una chucha descomunal y, en algún lugar, jugueteando libre y silvestre, una tarántula acechaba (me acechaba, lo presentía). Unas horas más tarde, al caer la noche (demasiado poético para un lugar tan siniestro), los murciélagos comenzaron a revolotear en búsqueda de los nidos ya establecidos en cercanías de la finca, con la obvia bendición (¿a los murciélagos les gustarán las bendiciones?) de don José. Grillos que saltaban entre las piernas mientras tomábamos tinto en un corredor, cucarrones kamikaze que se estrellaban por docenas contras las luces y paredes, nubes de mosquitos
todo parecía presagiar un gran diluvio y el arca tenía sus puertas abiertas.
Agotado por un largo día (sólo disfrutable para un entomólogo o un paisa de pura cepa), caí rendido en una estrecha cama, estilo cuarto de visita: colchón viejo, tablas que se te clavan en la espalda y, desde luego, un chirrido espantoso al cambiar de posición. Pensaba que estaba a pocas horas de marcharme de allí: cierro los ojos, duermo, me despierto y recuerdo que debo regresar a Medellín porque olvidé algo. Demasiado bello, demasiado perfecto. La chucha tamaño perro tenía instalado su nido en el techo de la finca (con la bendición de adivinen quién). Fuí el único que no durmió esa noche, esa larga noche en la que el animalito me recordó que debía regresar a mis dominios homogenizados, inoloros, insaboros, libres de cualquier cosa que contenga tufillo natural. Lástima por la chiquilla: creo que yo le caía bien.
Javier Rodriguez
javier@elocio.com |
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