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chucu chucu
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Cierta noche, mi ex-esposa invitó a una compañera del colegio a salir con su nuevo novio. La bella muchacha (la amiga de mi ex) llevaba mucho tiempo sin compromiso alguno (la amiga, desde luego). Antes de reunirnos, mi ex me contó, grosso modo, la hoja de vida del cuarto en discordia: abogado, hijo de ex-gobernador, gerente de una importante compañía, adinerado, camioneta 4 wheel drive, atractivo físicamente (quizás demasiado gordo y bajito para mi gusto). Llegué pues preparado a la cita. En un momento determinado el sujeto, que para entonces ya había dado muestras de no gustarle mucho mi compañía, me preguntó:
-¿Vos qué hacés para ganarte la vida?
Orgulloso, muy orgulloso, le respondí:
-Trabajo en 89.9 FM, como Director y Programador.
Visiblemente extrañado el tipo me respondió:
-No la conozco
-Lleva siete años al aire -le dije-.
-¿Dónde queda?
-Como su nombre lo indica, en FM, 89.9. -Respondí con cierto tono
vos-es-que-no-entendés-bobo-.
-No la conozco. Tu emisora tiene serios problemas: yo no la conozco.
No perdí la compostura. Le pregunté qué emisora escuchaba.
-Cristal Estereo.
Por ese entonces, la popular estación de RCN transmitía merengue, salsa, Ella Baila Sola, Sandy y Papo, un vallenato y una poderosa balada rock al estilo Air Supply. Ensayé bien mis palabras. Nunca se está lo suficientemente preparado para este tipo de tipos; para este tipo de situaciones. -Amigo -le dije- poniéndole una mano sobre su fornido hombro (posiblemente edificado en uno de nuestros gimnasios play): tu eres hijo de Gobernador, recibiste la mejor educación, viajaste por todo el mundo, siempre estuviste rodeado de los más cultos e inteligentes; tus compañeros nunca intrigaron para entrar a una universidad pública, vas a los mejores sitios, nunca pides descuentos. ¿Cómo es posible que escuches el chucu chucu salvaje de Cristal Estéreo. Yo no soy el de los problemas...
La noche terminó abruptamente. Las consecuencias de mi impertinencia con el hijo del ex-gobernador las sufriría un par de meses más tarde: no me invitaron al matrimonio. Nunca me ha ido bien con los ex de nada.
Esta aventura urbana pone en evidencia un abismo invisible que existe entre los que les gusta el chucu y nosotros, los otros, los que crecimos escuchando otras músicas, otros artistas. Los más radicales, nosotros, tenemos la tendencia a encerrarnos. Nuestros amigos son cómplices y seguidores de nuestros gustos. No vamos a los lugares de mesas resistentes al peso de las frenéticas humanidades que bailan al ritmo de quieren chorizo. Discriminamos, hablamos mal de quienes no nos entienden o simplemente les retiramos nuestra amistad. Miramos con recelo y envidia sus potentes equipos de sonido en sus también majestuosas camionetas o carros normales último modelo; nos cambiamos de casa cuando un vecino chucu chucu tiene un estéreo mejor que el nuestro. Nos enfurece su alegría permanente, su disposición inquebrantable a gritar ¡uh!, su fé ciega en la inocencia de Diomedes. La envidia nos corroe, sus vidas nos agobian. Somos lo peor en cuestiones de tolerancia. Aunque hacemos parte de una minoría, actuamos como si tuviéramos razón.
El otro bando, el mayoritario, es ejemplo de convivencia. Te aceptan tal como eres. Incluso, por su buena educación, te prestan la grabadora con compac y te dan la oportunidad de que pongas en la noche un par de canciones. A diferencia de nosotros, el amante del chucu chucu es abierto, puede aceptar como válidos algunos de tus gustos. Incluso los he visto comprar un disco de Morrissey como prueba de su apertura conceptual. Tanto amante del chucu chucu no puede estar equivocado.
Odio el chucu chucu y no me alegro de ello. Mis amigos más sinceros, nobles y entregados, están en ese bando musical antagónico. A veces siento que no los merezco. Tengo mucho que aprender de ellos... pero no precisamente en materia musical.
Javier Rodriguez
javier@elocio.com |
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