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el cajón
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El cuento se viene contando desde hace tiempo. Y casi siempre de las mismas plumas, de las mismas voces que, desde las somnolientas mecedoras, nos vienen advirtiendo sobre el mal que le estamos haciendo a nuestra bella lengua. Desde esta humilde tribuna no vamos a continuar con esa inútil labor. Son tantos los fracasos de aquellos Quijotes, que no queremos añadir nuestros aun incombustos nombres a tan chamuscada lista. Aunque muchos directores de medios se empeñen en negarlo, el Editorial nunca ha escapado a la tentación de convertirse en algo así como un desahogo, un paredón de ejecuciones para aquellos que en el pasado nos hicieron algo (o en el futuro nos pueden hacer). A pesar de ser un novato en estos oficios de editorialista, quiero empezar mi labor de vengador justiciero contra una despreciable especie social empeñada en destruir el legado de hermanos españoles como Camilo Sesto y Chiquitete: los cajonudos.
Estos impertinentes reducen el lenguaje a fórmulas, lo hacen predecible, lo convierten en una caza de citas. No es difícil encontrarlos. Pululan en todas las clases sociales, sobrepasan todas las barreras culturales... la edad no los detiene para martillarte con sus bien ensayadas respuestas a las más desprevenidas preguntas: ¿Qué has hecho? No, yo todo lo compro hecho. ¿Qué has hecho? Empanadas que es lo que más se vende. Tengo sueño...ojalá se te cumpla. Quiero ir a Europa...quiera mucho, quiéralo mucho, sígalo queriendo.
Pero esta especie es sólo la punta del iceberg. Hay otros que repiten hasta la saciedad los mismos “tiros” que nuestros mayores nos dejaron por herencia: este no vende tamales ni en un derrumbe... dura más un bizcocho en la puerta de una escuela... tiene más presentación un arroz con huevo... más peligroso que un alacrán con alas. Hay otros que, por física pereza de pensar las respuestas, ya tienen toda una colección bien organizada de salidas: Bien, voliando mucho... ¿qué te hiciste?... lo mismo de siempre...y vos qué?... todo un varón... antioqueño no se vara, papá... y qué más... ¿ usted me quiere?
Yo, como muchas otras personas normales, tenía una novia. No era muy inteligente, no era muy locuaz, no era muy brillante. No obstante, tenía una virtud que yo siempre admiré, que yo siempre quise para mí: no respondía a las preguntas con respuesta amarrada o lógica... no hablaba más de lo necesario... evitaba los riesgos de parecer insulsa o reiterativa. Y es que en nuestro afán de ser o parecer agradables para todo el mundo, terminamos encerrados en las mismas palabras, diciéndole lo mismo a quien se nos atraviese. Emprobrecimos el lenguaje. Ya no decimos nada. Las palabras perdieron su significado, son sólo un pálido decorado, una forma minerva; un cajón que abrimos y cerramos a discreción, sin medida ni clemencia.

Javier Rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el martes, 11 abril 2000
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