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yo iba salir con una modelo
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Este, quizás, sea mi secreto mejor guardado. Durante más de dos años, en forma clandestina, fuí el amigo, el buen amigo, el amante-niño, el compañero de una de las modelos más famosas de Colombia. Usted, amigo lector, la debe conocer. Es la misma que ha aparecido en la portada de las revistas más famosas del país. Es otra de tantas que le ha quitado el aliento a millones de compatriotas (no los culpo: dientes como perlas, un cuerpo escultural, unas medidas perfectas
un poco más allá del absurdo 90-60-90). Es la única que ha calmado, imaginariamente, los dolores bajitos de cientos de miles de adolescentes en trance de conseguir novia y hacerse hombres, de verdad. Es aquella con calendario, página web, club de admiradores, y todo lo que exige los procesos actuales de mercadeo, publicidad y promoción.
Nos conocimos en julio de 1991, por Internet, en un chat room dedicado a la Sofrología. El flechazo ciberespacial fue inmediato. Nuestros gustos y afinidades empezaron a coincidir de una sorprendente manera. A ella le fascinaban las mismas cosas que a mí (a las modelos, y a sus novios, nos toca usar constantemente el verbo fascinar, en lugar del insulso gustar): el MP3, las largas caminatas en una fresca mañana de primavera (para las modelos y sus novios hay estaciones en este país), las idas a cine a los multiplex, las lecturas de libros de poemas y autosuperación en un parque, las visitas diarias a cafecitos (capuchino a 4 mil)
Sí, de inmediato supimos que nos debíamos conocer, en persona; que debíamos cruzar nuestras vidas.
No le mentí sobre mi apariencia física: alto, ojos azules, fornido, amante de los deportes de alto riesgo, trotamundos empedernido, cuatro idiomas con fluidez, graduado en una prestigiosa universidad extranjera (Oxfool, cerquita a Oxford), experto en vino, ejecutivo de una multinacional, capitán del equipo de futbol americano de mi Alma Mater
Ella, que usaba un seudónimo en nuestras chateadas, terminó por revelarme su identidad. Cuando ví aparecer en la pantalla de mi iMac su nombre verdadero quedé petrificado. No lo podía creer. Era, ni más ni menos, la modelo más famosa y cotizada de toda Colombia. Mil pensamientos se estrellaron contra las paredes de mi enorme cerebro
Me dijo que no podía esperar, que yo era el tipo de su vida, que ardía de pasión, que quería escuchar de mis labios los poemas de Angela Botero, las explicaciones a viva voz del verdadero significado de las películas de Eddie Murphy
quería que le ayudara a terminar de descubrir zonas erróneas que le faltaban. Sí, ella quería todo eso, pero en vivo y en directo. De alguna forma, sin habernos visto, había nacido entre nosotros un amor intenso, puro, incontaminado. Nos citamos en la Estación Alpujarra del Metro, en Medellín, una tarde de agosto de 1991. Le conté que casualmente pasaba por la Capital de la Montaña (¿y de los montañeros?) pues íbamos a hacer una adquisición hostil. Desde una semana antes mis piernas ya temblaban. Tenía muy poco tiempo para convertirme en alto, ojos azules, fornido, amante de los deportes de alto riesgo, trotamundos empedernido, cuatro idiomas con fluidez, graduado en una prestigiosa universidad extranjera (Oxfool, cerquita a Oxford), experto en vino, ejecutivo de una multinacional, capitán del equipo de futbol americano de mi Alma Mater
Yo, un humilde periodista que vivía en Soacha, en la casa de mis padres, con cinco hermanas más; yo, bajito, gordo, calvo, pobre, amante de los libros de Gombrowicz, con una novia de carne y hueso que vendía artesanías en Chapinero
Yo, el farsante, decidí que no podía seguir adelante con esa locura llamada amor; amor cibernético, amor de moda, modelo de amor
amor hacia una modelo.
Con mentiras, como inicié las cosas, decidí también terminar con una relación que estaba tomando peligrosos visos. Jugar con candela, eso, ni más ni menos, era lo que estaba haciendo.
A la bella, esta bestia le armó un cuento igual de imperfecto como el primero. Le envié un e-mail. Le dije sin tapujos que no nos podíamos conocer. Que yo prefería que este amor no avanzara más, que se quedara suspendido en este punto y lugar. Le confesé que me había hartado de esta vida material, de este exceso de gastos, de tours de placer por todo el mundo. Le manifesté, sin mayores rodeos, que la vida de casinos, los cruceros por el Caribe, el dormir en los mejores hoteles del mundo me había cansado de forma tal que había decidido retirarme de esta vida absurda e irme a vivir a una isla del Caribe, en donde tenía una tierrita
en donde no había electricidad; el lugar perfecto para encontrarme a mí mismo, para practicar mi yoga, mi Tai Chi. Le supliqué perdón por mi infamia. Nunca me perdonó. No la culpo. Ahora, cuando veo por todos lados su rostro perfecto en vallas y anuncios publicitarios, me consuelo al recordar que por allá, a principios de los noventa, esa mujer fue mía
Bueno, casi
javier rodriguez
javier@elocio.com |
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