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usted no sabe bailar
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En mi cabeza, todavía, está fija la imagen del anuncio que aparecía en un diario de mi comarca. Un señor, con su pequeño y efectivo aviso al revés, me recordaba, sin mayores rodeos, que bailar era una necesidad social. Por la circunstancia feliz de haber nacido en un país tropical, yo daba por sentado que la sangre me iba a hervir, y que mis pesados y rebeldes pies, iban a irse directo hacia los ritmos que me han rodeado desde mi niñez: porro, vallenato, salsa, chucu chucu… Pero la cosa no salió como lo esperaba. Y aunque mi mamá era algo así como una versión local de Celia Cruz (por su sabor y sazón); aunque mis tías eran consumadas bailarinas y amantes de esa candela latina (¡me crié entre mujeres… y no soy marica!), aunque siempre estuve rodeado de un ambiente festivo, esos ritmos, esa eterna disposición a la rumba, a bailar, a dar palmaditas mientras se mueve la cadera, nunca logró atrapar mi atención… ni la de mis pies o cuerpo en general.

Mientras atrevesaba por la aburridora etapa de la niñez, la cosa nunca me importó. Pero, recuerdo, las recriminaciones nunca me faltaron: aprenda a bailar o se va a quedar sin novia. Entre los ocho y catorce años, en mi época, poco se pensaba en tener novia o en mantenerse en fiestas. Los tiempos no eran tan frenéticos como ahora; no existía el afán desmesurado de hoy día por experimentar todo antes de los quince.

Me conseguí una primera novia con la que nunca fuí a una fiesta; una relación corta con nada distinto a besitos… sentado por ahí, haciendo fuerza, sin saber exactamente por qué cuándo pasaba bueno de la cintura para arriba, me emocionaba de la cintura para abajo. Después, más crecidito y entendido sobre las realidades de la vida, me levanté mi primera novia en serio, una bellísima morena (nadie admite haber tenido una novia fea) con sangre en permanente estado de cocción. Ese fue el preciso instante en el que empezaron a padecer las mujeres que han hecho parte de mi vida: cero fiestas, cero discotecas, cero quinces, cero rumba tradicional. En mi cabeza resultaba inadmisible bailar al ritmo de canciones que decían

La sirena viene hacia mi
voy atraparla en mi red marinera
me espera para gozar
loca de risa en la espuma del mar

Aunque nunca me he visto como un intelectual o algo por el estilo, ese tipo de letras realmente me molestaban. A los quince uno cree que se las sabe todas, que todo es suceptible de ser cuestionado o mejorado. Por eso me parecía absurdo que un sujeto tratara de atrapar un personaje de ficción (sirena) y que esta, sin piernas, sin nada debajo de la cintura, lo esperara para gozar. Tres años después ví Garganta Profunda…

Le dí pues la espalda a la música tropical, y a todas sus implicaciones. Las predicciones de mi madre, por fortuna, nunca se hicieron efectivas. Me conseguí dos, tres, cuatro… algunas novias más que me aceptaron aun siendo un bicho raro, un bicho anacrónico y absurdo que no sabe bailar.

Debo confesar que la vida, para mí, no ha sido más fácil que la de aquellos con ritmo, movimientos armónicos y sentido de la coordinación. Los que saben bailar deben hablar menos, son más directos y efectivos en la ardua labor del enganche con el sexo opuesto. Conozco más de un amigo que, por el sólo hecho de dominar las artes dancísticas, han ido derecho de la pista al lecho. Y me da envidia. Porque el camino que yo debo recorrer es un tanto más largo. Me toca hablar más, convencer con otros argumentos. Me toca ser inteligente, brillante, ocurrente, gracioso… camino que podría obviar con el sólo hecho de saber bailar correctamente La Saporrita o cualquier canción de un artista sospechoso de asesinar a una fan.

A los que no sabemos bailar, desde luego, nos toca salir con viejas rockeras y, como es bien sabido, estas no son las más atractivas, ni las más fáciles, para acabar de ajustar. Los que no sabemos bailar somos una especie en vía de extinción en un país en el que nos la pasamos de rumba en rumba mientras todo se derrumba.

javier rodriguez
javier@elocio.com

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Página actualizada el viernes, 28 julio 2000
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