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el sano escepticismo
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Cuando de niño veía en Televisión (no era en colores) un grupo musical llamado Viva la Gente, me juré que yo nunca iba a ser así. Se trataba de un corillo compuesto por hombres y mujeres de todo el mundo, uniformados, sonrientes convencidos y de blancos dientes que entonaban con bueno, regular y mal Español esa famosa tonada que clamaba viva la gente, la hay por donde quiera que va, viva la gente, es lo que nos gusta más... Era un montón de gente convencida de la bondad de la otra gente, de que las cosas iban a mejorar, de que todo iba a salir bien. Hace más de veinte años ví a los Viva la Gente. Desde hace veinte años su canción, su actitud, sus mensajes positivos se han ido al infierno, lenta y progresivamente.

En mi cerebro quedó tatuada una enseñanza, un comportamiento que, cada vez que puedo, se lo trato de meter en la cabeza a mis sobrinas de dos y tres años: sean escépticas, no se lo crean todo, duden, pregunten, indaguen, averigüen, desconfíen. Colombia es un perfecto caldo de cultivo para desarrollar ese sano escepticismo que nos pone a salvo de los demás, de lo demás.

Algo deben enseñar los eventos diarios de una nación que sobrepasa los límites de la ficción: Los políticos que mienten, roban, van a prisión, los esperan a la salida de la cárcel para hacerles una caravana de desagravio de casi 200 kilómetros. Los grupos violentos que con las manos ensangrentadas niegan toda autoría de crímenes. La República Independiente de El Caguán, con sus demostraciones diarias de poder, soberbia e insensibilidad. Los banqueros cínicos e irresponsables que pierden miles de millones de pesos, y luego acuden al Gobierno (a nosotros) para que los salvemos de la quiebra. Los comerciantes que ganan por encima del cincuenta por ciento y más en sus transacciones. La vida increíble que llevan algunos personajes del país. El absurdo festival de frivolidades y estupideces que genera la farándula nacional... todo, absolutamente todo, me dice que debo ser escéptico, que no me debo quedar con lo que me ofrecen los medios.

Y es que son los medios los que, día a día, hacen crecer el número de escépticos en este país. El maquillaje de la realidad, la creciente popularidad e influencia del periodismo light (¿periodismo siliconado?), las ganas de sintonía, el afán del rating, han creado los extremos: el que se lo cree todo, y el otro, el que todo lo discute y pone en duda; aquel que, pienso, le hace más bien a la sociedad. Porque es capaz de generar la duda. Porque es el menos propenso al manejo, a la manipulación, al lavado de cerebro. Es el mismo que es capaz de poner en duda, capaz de no creer cuando un recién liberado afirma, con lágrimas en los ojos, que lo trataron bien, que lo dejaron ir en un gesto humanitario.

De alguna forma, la labor que empezó en mí los Viva la Gente, la continuaron eficientemente medios como Caracol y RCN, El Tiempo y El Colombiano... y en general, la otra realidad que no ofrecen los medios. El mensaje ya lo tengo claro: no todos son tan buenos, no todos son tan malos; el blanco de un detergente no es más blanco que el de otro; no todos los negros son malos y feos; no todos los diseñadores son maricas; no todos los que viven en los barrios populares son criminales; no son ángeles los que viven en los mejores sectores; ninguna religión me va a salvar; no hay un solo Dios (los budistas no están equivocados... tampoco los cristianos); no todos los que se ponen sombrero, tienen caballo...

javier rodriguez
javier@elocio.com

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Página actualizada el viernes, 30 junio 2000
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