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el mozo
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Los malos novios, los malos maridos, los malos polvos dieron origen a quien es amado por muchas y odiado por miles: el mozo, ese sujeto que acabó con la tranquilidad de quienes, en el fondo, saben que no han hecho las cosas bien, que no han cumplido con sus sagrados deberes en el lecho y en la vida práctica.

El mozo es una seria amenaza para el varón oficial. Y no es que estos perfumados sujetos no sean varones. Sí, ¡y vaya que lo son! El miedo que nos despiertan los mozos radica en su inagotable capacidad de desplegar su bien aprendida ternura, en las frases justas y precisas, en las docenas de detalles que son capaces de prodigar (la flor, la tarjeta, la chocolata…); en su comprensión sin límite (en un centro comercial son capaces de brincar de la emoción por una carterita que a su amante le gustó). No discuten, escuchan en silencio, asumen el papel del perfecto parejo, aquel que sabe esperar para interrumpir en la conversación (o que nunca interumpe… hecho que adoran las agasajadas). La mujer de sus afectos es asimilada como una víctima de su compañero. La entiende, le da consejos y, desde luego, nunca la invita a que deje el novio o marido. Su posición alterna es más cómoda; de esa forma puede sostener simultáneamente otros romances, aunque es capaz de jurar mil veces que ella es la única.
Al mozo no le gusta la sección deportiva de los noticieros ni el futbol (muy rudo… ¿qué hacen 22 tipos en calzoncillos detrás de una pelota?… piensa, casualmente, al igual que la chica que lo acompaña). Sabe la trama de todas las novelas. Invita a su apartamento de soltero pobre, y se repite hasta el cansancio sin agotar sus jornadas exitosas: vino, queso (quesito, si no es quincena), espaguetis (a nadie le quedan malucos), un libro subrayado y semi-abierto de poemas, música tenue (le gusta la misma música que la invitada), velas, algo de incienso y nada de zapatos. No tiene afanes: está dispuesto a ofrecerle a su novia todo el amor y ternura de que es capaz un ser humano…. Es decir, todo lo contrario que da el oficial.
El mozo es el amante perfecto, aunque confiesa con un cierto dejo de tristeza ensayada que el sexo no es lo más importante (niñas, hagan el ejercicio: déjenlo a dieta un par de semanas… verán que no era verdad tanta belleza), que en realidad el amor es el motor que hace girar su vida. Claro. No tiene que ver a diario a su compañera, no tiene que sufrir su tufo matutino ni verla sin arreglar... No tiene cuentas que pagarle. Por eso siempre tiene ganas. Por eso es capaz de armar un completo cuadro de posiciones que descrestan a las pobres acostumbradas al seguro Misionero. El mozo es el perfecto amante porque resiste más que el novio o el marido (tres, cuatro, cinco… el tipo de verdad pierde la cuenta). El placer de su compañera sexual está primero que nada. Es un amante profesional al que le preocupa la reputación, el qué dirán. Por eso su desempeño es impecable.
Los mozos del mundo entero están ahí, para recordarnos que el amor es un asunto complejo, que exige alimento diario, atención permanente. Los mozos están, también, para algunos, para facilitar las duras cargas que implica tener una relación normal con alguien.

javier rodriguez
javier@elocio.com

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Página actualizada el martes, 30 mayo 2000
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