Durante los primeros años de nuestras vidas, mientras ganamos respeto y autoestima, mientras aprendemos a pasarla bien, pero sólos- empleamos demasiado tiempo tratando de agradarle a otros. Somos serviciales, colaboradores. Tratamos de estar al tanto de los gustos y necesidades de los otros para, de cualquier manera, satisfacerlos. La idea es gustarle a mucha gente, ganar fama de bacán. La idea es que el mayor número de gente posible tenga un buen concepto tuyo, que nadie te odie, que le caigas bien a todos. Es época de renunciar, de adaptarse a la masa, de no generar controversias, de no hacerse el diferente. Es un período de tiempo en el que no tienes tiempo para sí mismo
que la vida privada es sólo un concepto, una utopía.
y así más fuerte poder cantar
Creo haber acuñado el término Síndrome Roberto Carlos, cuando me refiero a las personas que, ya cumplida esa edad de definiciones de personalidad, siguen empeñadas en recolectar amigos como si se tratara de glóbulos blancos. Son sujetos (as) que tienen calendarios llenos con los cumpleaños de todo el mundo, que saben cuándo se celebra el Día del Salubrista Público (y tienen, obviamente, un amigo en ese gremio), que los invitan a todo, que siempre tienen el detallito para regalar, que nunca hablan mal de nadie, que los invitan a todo (práctica costosa, sobre todo cuando cinco amigos cumplen años en el mismo mes), que se conocen todo el repertorio de tarjetas Hallmark, que no salen de entierros y cocteles (van a la velación del primo tercero de una amiga
la amiga no va), que las adoran en las floristerias, que son excelentes anfitrionas, que no tienen plata para prestar pero saben quién presta
que conocen, más barato, el carpintero, mecánico o albañil que se puede necesitar en cualquier circunstancia.
Las personas con el Síndrome Roberto Carlos son adorables, necesarias, fundamentales
más felices. Su vida está puesta al servicio de los demás. Quizás por ello sufren más, les duele más todo. Los que gozamos del privilegio de su amistad, casi nunca, les hacemos justicia, nunca les devolvemos una pequeña parte de todo eso que nos entregan sin mayor interés.
Con mucha pena debo confesar que nunca voy a ser parte de esa élite encantadora que hace amigos con la facilidad que la guerrilla hace enemigos. Los egoistas como yo nos quedamos encerrados en un pequeño círculo al que no damos acceso a nadie. Nos centramos en nuestras vidas, sin importar las de los demás. Somos insolidarios, ingratos, despreciables. Nos quedamos mirándonos el ombligo, sin compartir las cosas buenas que podamos llegar a tener. No entregamos nada gratis, somos interesados, esperamos el favor a cambio cuando nos atrapan, cuando no queda más remedio. Los que le corremos al Síndrome Roberto Carlos perdimos la gran oportunidad de ser populares por nada distinto a ser un gran ser humano. Por eso nos debemos esforzar más, en nuestra soledad, por conservar las pocas amistades que nos quedan
amistades frágiles. A nosotros, de verdad, alguna vez sólo nos va a quedar un coro de pajaritos.