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ánimo muchachos, que nada se ha perdido
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No siempre he respetado las diferencias. Durante mucho tiempo cerré mis ojos al entendimiento de los otros. Mi egoismo impedía proyectar mis pensamientos más allá de mí mismo.
La relativa madurez que he alcanzado a fuerza de golpes me obligó a abrir mi cerebro, expandir mis ideas. Atrás he dejado las amargas épocas en las que era incapaz de tener amigos estilistas, decoradores de interiores o expertos en moda. Atrás he dejado también una malsana misoginia (sobretodo en mi fase de separado), una tendencia maldita a subvalorar el pensamiento femenino; a pensar en la mujer como un ser inferior. A tiempo me dí cuenta de mis errores estúpidos. Pude entonces disfrutar plenamente de las mujeres como mi igual (en especial aquellas que pagan la mitad de la cuenta; aquellas que, como mis amigos, no me ven permanentemente como un paño de lágrimas; aquellas que no me juzgan, que no intentan actuar como mi verdugo o, en el peor de los casos, como mi madre), como mis amigas; mis compañeras de viaje por la vida.
A pesar de lo cerca que he estado de las mujeres, del respeto que me merecen, todavía hay un montón de cosas que no entiendo y acepto. Ojalá que este humilde escrito me rescate de las tinieblas de la incomprensión y que, ojalá, le sirva a ciertas féminas a escapar
de ellas mismas.
no tengo qué ponerme
Las mujeres que he amado y odiado; que me han tocado hondo o que, simplemente, no han dejado huella, me han mostrado siempre una absurda insatisfacción por su físico, por sus posesiones terrenales. Siempre va a faltar un pedazo de seno, siempre va a sobrar un pedazo de culo. La celulitis y estrías, los centímetros extra de barriga, toda la vida, van a ser obstáculo para la felicidad completa. Nunca la boca, el mentón o los pómulos van a tener las proporciones sensatas. El pelo (¿cabello?) nunca va a tener el color adecuado, la textura perfecta o el corte ideal. La espalda va a ser demasiado ancha, las piernas algo cortas, las rodillas ligeramente imperfectas (los rodillas y los codos nunca van a ser perfectos, muchachas
tienen arrugas no operables). Ninguna mujer con la que me haya topado me ha dicho que así está bien, que no necesita ni más ni menos
que acepta humildemente los designios genéticos, las culpas propias adquiridas por la ingestión indiscriminada de postres y delicias varias (sólo las que estudian Antropología
pero ellas no cuentan). Lo juro: no conozco mujeres que, habiendo pasado docenas de veces por la riesgosa mesa de los cirujanos plásticos, hayan quedado completamente satisfechas (si les arreglan aquí, las descuadran allá). Y las que no tienen plata (o marido rico) para intentar ser bellas
imagínense.
Jamás el guardarropas es suficiente. Diez docenas de zapatos no llegan siquiera a cumplir con los requirimientos elementales de cualquier dama. Las carteras, aretas, pulseras, cientos de collares, hebillas, moñitos y prendedores
las faldas, pañoletas, busitos, chaquetas y blusas de colores y diseños inimaginables
los sastres y trajes de cocktail, el perfume de moda, todo, absolutamente todo, nunca, va a ser suficiente.
La culpa, también lo sé, no la tienen solamente ellas. Los hombres exigimos lo mejor sin dar siquiera lo mínimo. Queremos diosas a la última, exigimos reinas sin tomarnos el trabajo de mirarnos al espejo (a los hombres no les gustaría salir con una mujer calva, gorda, bajita y malhablada). Convertimos a las mujeres en maniquíes, seres tristes, insatisfechas de profesión. Las arruinamos. Les vendimos un prototipo imposible de alcanzar, una mujer de revista que no existe (mire con cuidado a la Tata, presentando las noticias de Caracol Televisión
ésa, no es una mujer real). Las obligamos al absurdo de la flacura enfermiza, del maquillaje que las convierte en objetos inexpresivos. Les prohibimos sudar, oler a ser humano. Las llevamos al extremo de la vanidad (¿cuántos hombres han muerto en una fallida liposucción?). Las dejamos solas, reclamándoles sólo un empaque luminoso, una cáscara efectista (¿por eso hay tantas bellas brutas?)
No quiero pecar de apocalíptico pero, creo, muchachos, que si seguimos por esta ruta, vamos a convertir a las mujeres en nuestras enemigas
y algún día nos lo van a cobrar.
javier@elocio.com |
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