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¡guascas!
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En Antioquia tenemos una rara fascinación por ser o parecer guascas. Y más que fascinación el asunto linda peligrosamente con aberración. Contamos orgullosos los chascos. Nos morimos de la risa poniendo en evidencia nuestras limitaciones idiomáticas (chicken with rechicken!), relatamos con gracia las aventuras de la tia en Miami que, dentro de un supermercado, le grita a su marido que aquí también venden Colgate...o nos deleitamos con las distancias que hemos creado frente a las nuevas opciones tecnológicas: un niño, hijo de una señora encopetada de la high class paisa, le pide a su mamá acceso a Internet; ella, muy distraída, se va para el Exito a comprarle Internet al nene...
Somos guascas y a veces parece que nos gustara. Nos quedamos dando vueltas alrededor de nosotros mismos, mirándonos el ombligo, creyendo que aparte del edificio Coltejer (y ahora el Edificio Inteligente), no hay nada más para admirar. Seguimos contando los chistes guascas en los que el antioqueño le gana al ruso y al gringo. No nos cansamos de repetir que los mejores fríjoles nos los comemos aquí, o que tenemos el record mundial del chicharrón con más patas. Hablamos con ese dejo montañero (¡seguimos hablando igual que hace 200 años!), que acentuamos más cuando salimos de Antioquia Federal. Nos cerramos al mundo. Olvidamos o nunca quisimos reconocer que, incluso fuera de nuestras propias fronteras, hay gentes, lugares y comidas que pueden competir tranquila y dignamente contra lo mejor que tenemos aquí.
Para dejar de ser guascas (y este no es un consejo), debemos empezar por admitir que, en Antioquia, somos capaces de lo mejor...pero también de lo peor. Aquí crecen silvestres los más soberbios talentos...pero también los más crueles y brutales criminales. Aquí rechazamos durante varios decenios, por mojigateria y falso moralismo, a Débora Arango...pero nos movilizamos en masa para impedir que Botero se vaya con sus gordas a otra parte. Aquí matamos a Andrés Escobar...pero...
Tengo un tio guasca que vive en Bogotá. Se llama Jaime. A su primer hijo lo puso Jaime. Los otros se llaman Edinson y Dinorah. Me alejé de ellos no por el hecho de ser pobres, ni porque viven en Bogotá. Mis distancias y diferencias con el tio están basadas en su regionalismo radical, en su ceguera ancestral, en su miopía secular y en su mal gusto para los nombres (descubra un guasca: el primer hijo se llama como el papá). Suenan a enfermedades. Y de pronto lo son. Solo que él las luce orgulloso y no espera curarse. Guascas.

Javier Rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el martes, 11 abril 2000
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