|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
 |
|
|
mis años viejos... y feos
Regreso al listado de artículos archivo de mea culpa |
|
|
|
|
Nos pasamos los primeros cuarenta años de la vida (algunos hasta más... otros, menos) pregonando nuestra juventud, aferrándonos a nuestra eterna juventud. Tratamos de estar a la moda. De conservar actitudes contemporáneas. Asumimos poses, ensayamos comportamientos que nos garanticen una apariencia fresca, actual... queremos vivir para siempre, detener el tiempo, congelarnos en el preciso instante en que lucimos más fuertes y bellos, más conectados con lo que le está sucediendo a los arquetipos vigorosos y esbeltos que aparecen en los comerciales y anuncios de revistas: corriendo en la playa (ojalá en cámara lenta) agitando nuestras frondosas cabelleras, exhibiendo nuestros pechos planos, libres de grasa; llegando al final del día con el mismo peinado de las ocho aeme, con el mismo cutis terso y losano... soñamos, creemos poder vivir la vida que nos fabrican los medios... la vida de ensueño de las super estrellas, aquellas que no sudan, que no tienen necesidades fisiológicas, que no tienen problemas de sobrepeso, que viven en un mundo de comodidades en donde el dinero parece no hacer falta.
La luna de miel con nosotros mismos termina justo en el preciso momento en que nos miramos al espejo y percibimos nuestra humana naturaleza, imperfecta, plagada de las cosas que no muestran los mensajes publicitarios (o sólo cuando se trata de ridiculizar): cabezas despobladas, estómagos flácidos, bustos normales (un par de tetas tamaño lógico no cumplen con los requerimientos básicos de esta era silicónica)... culo caído, o las mismas orejas, mandíbula y labios con los que llegamos al mundo. Ser bonito se volvió un valor tan importante como saber leer o trinchar. Se puede triunfar en el mundo de afuera, simplemente, siendo bonito.
A nosotros, los que no tenemos nada qué hacer con nuestras caras y cuerpos; los que no queremos jugar al juego, nos toca irnos por el camino más largo: ser inteligentes, graciosos o interesantes. Nos toca saber el nombre en latín de todos los animales o plantas, o inventarnos maravillosas historias de heroismo . Nos obligan a ser deportistas destacados, expertos en cosas complicadas. Nos llevan a la bohemia, a la marginalidad. Nos esconden de las suegras que nos imaginan altos y esbeltos, bellos y perfectos. Nos conducen derecho al camino de la soledad.
Respiro por la herida de mi fealdad sin amarguras. Ser feo me ha traído algunas ventajas. Me obligó a estudiar, a esforzarme; me volvió, creo, más ingenioso, menos facilista. El estereotipo del forever young, creo, es imposible de alcanzar. Me rindo.
Mi historia es la misma de millones de colombianos que nunca vamos a salir en Guardianes de la Bahia (o de pronto haciendo de malos), que no nos vamos a casar con una reina, que toda la vida vamos a ser el mejor amigo de las bonitas. Pero no importa; a veces, a los feos y algo viejos, también se nos aparece la virgen.
javier@elocio.com |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|