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crisis
Regreso al listado de artículos archivo de mea culpa |
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Nos tocó participar en la crisis, a pesar de las docenas de miles de fotocopias distribuídas a lo largo y ancho del país, que nos animaban a no participar en ella. No hay forma de taparla. Ni los cálculos más optimistas, ni las lecturas más amañadas de las estadísticas han logrado que, al menos, podamos vislumbrar un cocuyo de esperanza. Los centros comerciales vacíos, docenas de locales repletos de empleados esperando que les llegue la carta o la prima del dueño a reemplazarlos (más barata, más cercana). Sucedió lo que nunca, ni el más pesimista, pudo vislumbrar: todo se fue al carajo, nos llevó el chucho. Pero no todo es malo.
En compañía de un grupo de amigos estudiosos de los grandes temas que apasionan al mundo contemporáneo (¿por qué Peter Gabriel no ha sacado un nuevo disco?, ¿hay buen sexo más allá de los cuarenta?, ¿soy un viejito verde si me gusta una de 23?), decidimos buscarle el lado positivo a la crisis. Y no fue una tarea ardua. Pronto empezamos a sacar conclusiones que, modestamente, queremos compartir con nuestros fanáticos y ex suscriptores de Elocio:
La crisis nos volvió humildes, nos regresó al reino de las verdades. Ahora menos que nunca no nos da pena confesar que no tenemos plata para esto o aquello, para ir a cine sólo martes o jueves. En estos días me encontré con el dueño de un establecimiento del Parque Lleras que me tenía como uno de sus más fieles clientes. Al reclamar de nuevo mi presencia en el local, no tuve el menor reparo en contestarle que ya no pertenecía más al estrato social capaz de pagar cuatro mil pesos por una cerveza (ahora, pobre, me repito cuatro mil veces: ¡cuatro mil pesos!).
Salimos del rango de posibles fiadores para amigos conchudos. Reportados como estamos casi todos los colombianos (yo no, dirán en las Transversales y el Nuevo Laureles) a los sistemas de control para morosos, dejamos de ser parte del ramillete. Y al pertenecer a ese ya no tan exclusivo club de dedudores, docenas de bancos no nos van a enviar odiosos vendedores de paquetas financieros, seguros para vivo o muerto, tarjetas de crédito con miles de ventajas, asesores exequiales (bonito nombre para quienes entregan eternidad por cuotas). No hombre, qué pena, estoy informado en todas mis tarjetas de crédito; no puedo acompañarte a Flamingo a sacar esa nevera que necesita tu mamá.
Ya nadie nos volvió a buscar para cargar algún muchachito, para hacerlo nuestro ahijado. Eso es bueno. Ahora, quien nos entregue una criatura para mojarle la cabecita, con toda seguridad, es porque espera un padrino inteligente, sensible, responsable, dinámico... Ya me parece estar viendo a mi orgullosa ahijada Isabela diciendo: mi padrino no me da nada pero es muy dinámico...
La crisis nos devolvió al campo, a lo simple, a lo básico... a la finca de los otros, a la casa, al televisor, a la lectura de todos los libros que sólo servían de adorno. Ya no hay más plata para entregarle a los abusivos conductores de taxi de Cartagena, a los hoteleros que se creen en la Costa Azul, a los lancheros de San Andrés que te cobran 70 mil pesos por un trayecto de cinco minutos.
El listado de verdades que entrega la crisis puede ser complementado por las historias personales. Cuando todo vuelva a ser normal, somos muchos los que ya habremos aprendido alguna lección. O, como siempre, en nuestro país, nunca vamos a aprender nada.
javier@elocio.com |
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