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con o... con optimismo
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Un país desesperado necesita creer, con urgencia, en algo, en alguien. La última gran ilusión fueron Javier Alvarez y su selección que iba a ser campeona. De pronto, de repente, los medios se volcaron en masa sobre el onceno tricolor para pedirle, rogarle, exigirle una alegría, un instante de felicidad. Alvarez aceptó el reto con la tranquilidad y convicción de quien sabe algo que los otros no. Luego, Televisión, Radio y Prensa se encargaron de justificar el cambio de actitud, la nueva forma de mirar las cosas que tenían Javier y sus muchachos: el Profesor es un profundo conocedor del alma humana, se ha leído todos los manuales de autoayuda, es un estudioso capaz de motivar a sus nuevos alumnos, de trabajar el subconciente (el abrazo que le daban siempre después de los goles debe ser parte de esa labor)... capaz de hacerle creer a sus dirigidos que todo va a salir bien.
La cosa tenía sentido. Por historia y tradición los colombianos nunca hemos usado el optimismo. La excesiva dosis de realismo a la que estamos sometidos a diario nos ha cortado las alas, nos ha aterrizado en la mitad de un campo minado de secuestros, extorsiones, asesinatos, robo y corrupción. Se nos olvidó soñar. Por eso, la propuesta del Maestro tenía sentido, era irresistible. El asunto era simple: creer en nuestras aptitudes, en el talento. La fórmula funcionó en un principio. Los chicos empezaron a recitar lo que alcanzaban a entenderle al nuevo gurú... Empezaron a poner en práctica el cuento de que eramos más y, de paso, que los otros no eran tanto. Las verdades contundentes de nuestra idiosincracia afloraron de inmediato. La incultura de nuestros jugadores, las bambas, la burbuja, el equipo de sonido más potente, los cassettes de salsa, su inmadurez, sus afanes emergentes de enriquecerse rápido y con poco esfuerzo (juego un partido bien y me contratan en Europa... Luego no meto más la pierna... Mejor me cuido) pusieron en el lugar correcto todas las expectativas que nos habíamos fabricado. A pesar del optimismo, de los consejos prácticos para ser mejores que tenía en su arsenal el profesor Alvarez, a pesar de las medallitas de la virgen en los guayos. Pero es que la mezquindad, la pobreza de espíritu no se borran de un momento a otro con las oraciones de de Mello, Blanco, Rizo, Blandón o el que esté de moda. A nadie se le pueden dar transfusiones de sensatez, de sentido común. Nunca nadie ha podido meterle en la cabeza a nuestros futbolistas ese concepto de patria, de sacrificio, de amor propio, de verguenza. Para suplir todas estas deficiencias Alvarez reinventó el optimismo. Mejor comprémonos el Ekeko

Javier Rodriguez

javier@elocio.com

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Página actualizada el martes, 11 abril 2000
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