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don guiness
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No hago ningún aporte a la comprensión de este caótico país si voy por ahí, por la calle o en animadas reuniones con mis amigos diciendo que el deporte nacional es mediocre (más bien malito), pobre de recursos y espíritu, manejado por una dirigencia politizada y movido por una desesperanza general que lo tiene postrado e irrespetado en cualquier rincón del Planeta Deporte. Históricamente, las grandes conquistas deportivas las han logrado figuras solitarias, sin el apoyo del Estado, sujetos humildes impulsados por la gasolina del hambre. Ahí están para recordarnos esa hiriente realidad Pambelé, Cochise y Victor Mora, entre muy pocos otros. Ahí están (locos o cuerdos, pobres o ricos), para recordarnos que los triunfos musculares sólo provienen de la iniciativa propia, la plata de la familia (Juan Pablo Montoya, Ximena Restrepo...), el ego o las simples ganas de superación.
Aquí ya la tenemos clara: no hay nivel olímpico, nunca vamos a alcanzar a las grandes potencias, no vamos a romper ninguna marca mundial de importancia (no es con ustedes, señores patinadores). A pesar de nuestro pesimismo secular, de las apocalípticas visiones sobre nuestro pasado, presente y futuro deportivo, hay una pequeña élite de atletas que piensan que las cosas no están mal, que hay otras formas de darle gloria al país: los batidores profesionales de records Guiness. Sin necesidad de cursar estudios de sicología de masas, sin haber hecho un solo semestre de nada relacionado con el comportamiento del ser humano, puedo afirmar que esta nueva tendencia nacional a aparecer en el libro ese, es un retrato fiel de nuestra mediocridad, un renunciar a los eventos que tienen exigencias reales, competidores calificados; es una negación rotunda a los deportes de verdad... un aterrizaje forzoso en nuestras limitaciones, en nuestro patetismo.
No niego los méritos y la dedicación que exige escalar el Edificio Coltejer en una bicicleta, con una sola llanta, para arrebatarle el registro a un español (excelente forma de vengarnos de todo el oro que nos arrebataron en el pasado). No veo malo que trescientos buzos se metan a una piscina durante quince minutos para imponer una nueva marca (¿de estupidez?). No reprocho a quien decide irse trotando hasta Bogotá (la paz es buen pretexto adicional). Lo que sí contribuye a saltarme la piedra (antaño labor bastante difícil), es la histeria de los medios alrededor de tales conquistas. Lo que sí me enerva es escuchar al doctor Ardila Lulle anunciando que seguirá apoyando tales hazañas (allá él, para eso es la plata... para gastársela en asuntos de dudosa seriedad). Mi rostro se llena de un rojo intenso cuando veo que vienen más intentos de aparecer en el libro de Don Guiness, como si ya no tuviéramos suficiente con el buñuelo más grande del mundo (la arepa, el chicharrón de más patas, los fríjoles con más ingredientes), la cabalgata más concurrida (se podría pedir, por ahí derecho, el record de más ñola equina en un sólo evento)...
Pero no quiero terminar mi artículo sin pedir, a quien corresponda, que incluyan en el Libro Guiness a nuestro amado país por otros logros imposibles de alcanzar por alguna otra nación del globo: el futbolista con más disparos al aire, el mayor número de secuestrados en una iglesia, el guerrillero más viejo del mundo, el pueblo con más salones de belleza per capita (Fredonia, desde luego), el sistema penal privado más preocupado por la educación (un triple asesinato se paga aprendiendo a leer y escribir)...
De todos los eventos, personajes o rarezas registrados en el Guiness en los cuales aparece Colombia, quizás sólo uno dice realmente qué somos, de qué estamos hechos: una pequeña rana chocoana... la más venenosa del mundo
javier@elocio.com |
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