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mis zonas erroneas
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Hay cosas que no me da vergüenza confesar: no como hígado, jamás me he metido a la boca una oreja sudada de vaca, nunca se me ha ocurrido ingerir lengua… desconozco por completo los supuestos placeres contenidos en visitar Cucutá o Ibagué. Durante mis treinta y tantos años de existencia me he abstenido de pasar una noche entera en Lorica. Nunca nadie me ha visto sintonizando Corazón Stereo, comprando discos de Diomedes, bailando la Lambada o Macarena o buscando amistad con cualquier León Machado del Combo de Múnera Eastman. Trato de cuidarme. Y eso no es motivo de vergüenza; como tampoco me da pena gritar a cuantos vientos haya que nunca me he leído Tus Zonas Erróneas o cualquier otro libro de autoayuda.
La tentación siempre estuvo allí. Una tía mía, tiradora de piedra profesional en la Universidad de Antioquia, lo tenía como libro de cabecera al lado de los textos obligados de finales de los sesenta (casi todos con pasta roja y fotos de viejitos extranjeros). Pero había otros textos que me susurraban más sutilmente: Confieso que he Vivido de Neruda o Gog de Giovanni Papini. Las Zonas ésas, por el contrario, me producían cierta desconfianza. Un libro que empezaba con un capítulo titulado Haciéndote Cargo de Tí Mismo, era demasiado terrorífico y premonitorio para un sujeto de sólo diez añitos de edad. Percibí pues que me debía separar de aquel texto maldito que, a las malas, me intentaba meter en el horrible y aburrido mundo de los adultos.
Crecí, crecimos. Mis amigos y yo nos empezamos a meter en problemas; a no encontrar soluciones a conflictos que, a simple vista, parecían demasiado simples. Muchos se fueron directo al confesionario a resolver sus dudas existenciales. Otros, igual de inteligentes, le preguntaron a mamá y papá o aprendieron con un primo mayor. Los demás, menos mundanos, se fueron con Juan Salvador Gaviota (¡hicieron una película con un pajarraco que volaba durante dos horas seguidas y recitaba cosas bonitas!), El Vendedor Más Grande del Mundo y, desde luego, la Biblia de los desesperanzados: Tus Zonas Erróneas. Yo, por mi parte, aplacé mis inquietudes para más tarde, como otros tantos del combo.
Pero concentrémonos en esa especie aparte que son los seguidores del doctor Dyer: crecieron felices creyendo que no había obstáculos, que no debía existir la ira, que se debían atrever a hacer cosas que toda la vida les prohibieron… sujetos que supuestamente se despojaban de las culpas y las preocupaciones con un asombrosa facilidad. A ellos nada les salía mal. Mientras los demás maldecíamos, bebíamos y rechazábamos sistemáticamente sus invitaciones a participar en Encuentros de Novios, ellos se hacían más perfectos… menos erróneos. Juro que por un tiempo los envidié. Hasta que empecé a escuchar el mismo discurso entre los jugadores de futbol, los que no acabaron el bachillerato o los que recitaban cosas optimistas dentro de los buses. Mis amigos universitarios hablaban igual que los descritos... sujetos sin formación académica estructurada. Ellos y los profesionales de la esférica recitaban los mismos postulados, las mismas fórmulas para ser felices, paras ser más humildes y útiles en el partido de sus vidas. Muy tarde vine a saber que a nuestros ídolos les hacían tomar el atajo cognoscitivo a través de estos útiles textos. Muy tarde vinieron a saber algunos amigos míos que para saber tanto no había que estudiar tanto.
No me pongo al margen ni los miro con desprecio. Sólo me alegro de estar inmune a las fiebres que producen esos libracos que resuelven todo, que supuestamente te hacen más feliz y sensato (y más ricos a sus imperfectos autores), que te evitan pasar por ciertas situaciones incómodas. Hay cosas que nunca nadie te va a enseñar, que no están contenidas en ningún catálogo de emociones y reacciones. Casarse con la equivocada, por ejemplo, es un curso intransferible, una materia que algunos tenemos que cursar. No hay atajos. Mis Zonas Erróneas

Javier Rodriguez

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Página actualizada el martes, 11 abril 2000
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