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the thin red line
[vea tambien el director, los alquilados y bloque de cortos]
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La batalla de Guadalcanal (agosto de 1942-febrero de 1943) fue un timonazo decisivo en la guerra estadounidense por el dominio del Pacífico frente a Japón durante la Segunda Guerra Mundial, y el recuento que hace The thin red line, filmada en Australia a un costo aproximado de US $50 millones, muestra el desarrollo básico del asunto. Pero, claro, la guerra es entre hombres y son hombres los que mueren en el proceso, casi siempre con una pregunta sin respuesta entre los labios.
Más de un millón de pies de película, reducidos finalmente a unas tres horas de cine, emplea el director Terence Malick para sacudir las voces interiores de esos soldados (esos muchachos), cuyas voces concretas caían en medio de campos abstractos.
La película comienza de manera inocente, con las reflexiones privadas de un soldado, que se encuentra atrapado por las lealtades que su patria y su familia le provocan. Su debate interno es seguido una y otra vez por el que al mismo tiempo tienen sus compañeros, que, como él, no acaban de saber toda la verdad.
En tono tenso y controlado, afloran los sentimientos personales, las rabias y los valores. El coro de voces protagónicas va tejiendo el gran rechazo al absurdo que pretende encontrar una guerra decente en estos días.
Reduciendo las escenas cruentas al mínimo indispensable, los ojos son obligados a posarse en otros asuntos, acaso más importantes que el fuego disparado. Aquí es el verde el que domina, mientras la fauna local le hace contrapunto en ocasiones. Los encuentros con la gente del lugar, mientras cantan, celebran, miran a los ojos, son un poco de paz en medio de la nada que los soldados empiezan a sentir. Es un viaje al interior, a las tinieblas del corazón.
La novela de donde sale la película es de James Jones, autor de lo que alguna vez fue otra película famosa: From here to eternity, dedicada también a cuestionar al monstruo de la guerra.
Somos la peor de las bestias, la única (conocida) capaz de atrocidades tan enormes que hacen desaparecer nuestro pretendido progreso y nuestra frágil civilización. Somos los amos y señores del planeta, y marcamos nuestros dominios con un trazo doloroso, que interrumpimos a cada rato. Cada día mi yo más humano (léase más primario y brutal) cruza ese límite, esa delgada línea roja...
Después de calcular lo difícil que fue recrear la batalla, contar las angustias de los protagonistas, se puede comprobar que el cine es un arte de sentimientos, capaz de transmitirnos algo a partir de una ilusión.
¡Ah!, al margen de todo el discurso, este tipo de películas (justicia o cargos de conciencia), ganan premios con naturalidad, y las nominaciones al Oscar o el Oso de Oro en Berlín son, por una vez, premios más que merecidos

The Thin Red Line
de Terence Malick, con Sean Penn, John Cusack, Nick Nolte, Jim Caviezel, Ben Chaplin…


director

Malick

Expresamente estaba prohibido fotografiarlo en el set de The Thin Red Line (la foto de arriba es de 1975, aproximadamente), no por capricho, sino como parte integral de su adusto temperamento, el modo de ser ausente pero cortés de alguien lo bastante seguro de sus ideas como para no emborracharse con la fama y las pantallas plateadas.
Terence Malick nació en algún momento de 1944 en el norteamericano estado de Texas, en el mullido hogar de un ejecutivo petrolero de donde salía en sus veranos adolescentes a trabajar en pozos de petróleo o cosechas de trigo, llevando una vida medio nómada, expuesta al furor de los elementos y la sabiduría de la gente sencilla.
Era un joven rico de provincia, pero sobre todo era un esteta, un amante de la belleza; la sobria y elegante.
Fue a Harvard, suspendió estudios y viajó a Alemania, donde conoció a Martin Heidegger, ¡de quien tradujo algunos de sus trabajos!. Luego se graduó Phi Beta Kappa en 1966 y ganó una beca para Oxford, de donde huyó antes de graduarse. Trabajó después para LIFE en Miami, dió clases en el MIT por un año, hizo un cortometraje y fue alumno fundador del programa de Cine del American Film Institute, donde conoció a Mike Medavoy y George Stevens Jr, personajes claves en su futura vida como realizador.
Vida que sólo conoció dos títulos: Badlands (1973) con unos desconocidos Sissy Spacek y Martin Sheen, y Days of heaven (1978), con Richard Gere, Brooke Adams y Sam Shepard.
Ambas cintas fueron muy alabadas y recibidas con beneplácito por parte de la crítica, aunque menos por el público. Lo claro era que había tras la cámara un tipo genial, meticuloso… y extraño.
Un día cualquiera, Terence Malick desapareció. Sólo veinte años después, como lo más natural, dejando mil datos en el misterio y tras largas gestiones de amigos incondicionales, este director, objeto de culto para algunos, se sienta de nuevo frente a un equipo de rodaje.


alquilado

The Joy Luck Club
Hay, en muchos rincones del lejano Oriente, una afición casi loca por un antiguo juego de fichas, cuyo pariente más próximo en occidente sería –abreviado y simplificado– el dominó. Mah Jong se llama el susodicho juego, mezcla de impulso y reflexión que toma en ocasiones días enteros antes de resolverse a favor de uno de los participantes, cuatro por lo general.
The Joy Luck Club, la película, es eso: un largo juego llamado vida.
Cuatro mujeres se dan fuerza mutuamente al reunirse y recapitular su vida mientras sus hijas escriben la versión corregida y aumentada de la historia.
Han dejado atrás su tierra natal por distintas circunstancias y su “nuevo mundo” sólo adquiere sentido cuando exploran los recuerdos en busca de las claves para el futuro. Sus hijas son el puente, la conexión, la expiación de los viejos pecados…
The Joy Luck Club esta basada en el best seller de Amy Tan, publicado en 1989 y con más de veinte traducciones encima. Desde que vió la luz, se sabía que era tema propicio para el cine, en ese subgénero de biografía íntima, un tipo de historia que sabe conectar con los sentimientos de mucha gente, más si se trata de la numerosa y peculiar colonia asiático-norteamericana de la costa oeste del país.
El director Wayne Wang, resuelve adecuadamente el juego de miradas y contemplaciones (tal vez lo mejor de la cinta), para juntarlo con los flashbacks y la luz al final de la historia, cuando el relevo generacional se hace fluidamente y el club de la buena estrella sabe que se puede reunir una vez más.


bloque de cortos

Por ese feo vicio de creernos el centro del universo, dejamos muchas veces de ver lo que está en las
antípodas, o incluso a veces, en la esquina de la casa.
El cine de Oriente, por ejemplo, no ha existido casi nunca para nosotros. Problemas de distribución, de ignorancia, de cultura, han contribuido a esa lamentable situación, y sólo uno que otro gran maestro ha roto la frontera para que podamos ver sus obras. Pero incluso eso es un adelanto. Ya pasó el tiempo en que cualquiera, menos un chino auténtico, podía hacer el papel de chino, como Long Chaney (1) en sus terroríficas caracterizaciones…

También se pueden ver ahora cosas que no fueron motivadas por el morbo que hizo de El Imperio de los Sentidos (2) una película de culto, con opiniones divididas, ignorancia unánime y una copia destrozada que se resistía valientemente a morir… No, ahora, en gran parte por culpa del video, la Estrella de Oriente no precisa de Reyes Magos para anunciar su presencia y su influencia, diversa y agradecida, en los cines de todo el mundo.
Un terreno que fue ganado, más allá de las miradas colonialistas, por orientales absolutos (3), o crecidos y nutridos a la sombra de Hollywood, que no es el mercado más prolífico (para eso están India o Japón, dos países orientales) pero sí el más hábil y glamoroso…

Ahora la lista de nombres es larga y entretenida. Como adelanto e invitación, puede incluir a los nuevos maestros y las nuevas estrellas: Chen Kaige (4), Gong Li (5), Takeshi Kitano (6) y Youki Kudoh (7). Como siempre, faltan datos de otros municipios, pero poco a poco, mirando y mirando, hallaremos los senderos que conducen a la Estrella de Oriente…

Braulio Uribe

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Página actualizada el jueves, 6 abril 2000
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