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Viviendo, como vivimos, llenos de miedo y prevenciones, saber que Boogie Nights toca el cine porno de los 70s puede despertar los bajos instintos del espectador promedio. No hay por qué. Después de todo, la cinta es otra cosa.
Para ponerlo de manera clara y apropiada puede usarse la metáfora de un buen coito: seducción, pasión, acción y, finalmente, relajación.
La película es buena. La cámara vuela y la historia se mueve con soltura por entre las grietas que abren la fama y los excesos en ese mundo tan peculiar.
Básicamente, es la historia novelada de un actor porno (algunos dicen que es John Holmes, al comienzo de su carrera), su vida, pasión, muerte y resurrección. El muchacho (interpretado por Mark Wahlberg) llega, ingenuo pero sabedor del futuro que le cuelga entre las piernas, a trabajar en un bar frecuentado por uno de los directores más prestigiosos del género. Amor a primera vista y estrellato garantizado. Inserción perfecta en un mundo hecho a su medida, hecho para sus medidas .
Escenas memorables, muchas. Una es aquella de la primera filmación en vivo para el nuevo talento, cuando todos esperan en el set y él procede con Amber Waves (Juliannne Moore) sobre el escritorio. La cámara nos lleva dentro de la cámara que filma y se siente de verdad el cine dentro del cine, la fuerza profunda de la imagen en movimiento durante el momento mismo en que se forma. El ruido del motor transmite, sutil y bellamente, lo que pasa fuera. Nunca se ha visto tanta poesía visual en escena semejante.
Otra, la visita a Rahad, el excéntrico hampón de tercera. La tensión que se acumula en ese momento no puede ser descrita. Por eso no hay palabras, sólo un silencio eterno y unas caras antológicas. Acto seguido vendrá la balacera y el repentino cambio de registro que muestra la habilidad del director para cruzar las cosas (ver recuadro) y manejar el ritmo de la historia, tarea en la que la música cumple un papel de primer orden.
¡Fuera sustos y equivocaciones!, por supuesto, Boogie
no es una película porno, pero después de verla, usted sabrá mucho más sobre el asunto. Verá mundos enteros, caminará junto a personajes pintorescos, escuchará las razones del lobo, sentirá el calor de cuerpos deliciosos y entenderá cómo es que muchas veces por el camino del exceso se llega al palacio de la sabiduría.
Que la razón venga más tarde. Esta es una de esa películas para degustar primero y digerir después, mucho después.
Boogie Nights, de Paul Thomas Anderson con Mark Wahlberg, Julianne Moore y Burt Reynolds...
director
Anderson
Paul Thomas Anderson es todavía lo bastante joven e inexperto como para causar suspicacias o impresiones duraderas. Su primer largometraje fue Hard Eight, historia de juego y almas perdidas en esa extraña Meca de neón que es Las Vegas. Por pura casualidad la vimos en The Movie Channel, cuando la ilegalidad parabólica aún lo permitía.
Después de ese paso, discreto pero firme, escribió y dirigió Boogie Nights (ambas cintas estan fichadas en 1997), con lo que dejó contento a todo el mundo, productores y ejecutivos del estudio.
Ahora está rodando su tercera película, Magnolia, que lo pone, a sus 29 años, en un punto alto y bastante comprometedor. Será por eso que la revista Premiere de febrero (edición EUA) lo incluye en su lista de promesas para el próximo milenio, gente de cine con futuro: la habilidad de este autor con la pluma su control sobre las líneas argumentales cruzadas, su creación de personajes complejos y su atracción hacia los submundos de la sociedad lo pone más al lado de gente como Martin Scorsese, Robert Altman e incluso Billy Wilder que entre los supuestos seguidores de Quentin Tarantino.
Amanecerá y veremos. O alguien está exagerando, o asistimos ciertamente al surgimiento de un nuevo director completo, con pretensiones de autor verdadero.
alquilado
Llevar la vida de los famosos al cine es cosa complicada. Resulta, por ejemplo, que alguien, con conocimiento de causa, no aprueba la versión definitiva y demanda a los realizadores. Ese fue el caso de Surviving Picasso, cuyo guión fue cuestionado por Claude y Paloma, hijos del pintor, y Françoise Gillot, cuya vida en común con el artista constituye el cuerpo central de la película.
James Ivory, el director, se basó en una biografía no autorizada: Picasso: Creator and Destroyer, escrita por Arianna Stasinopoulos y que muestra al pintor en plan desmitificador.
Vemos entonces a ese monstruo capaz de mil cosas contradictorias, de reinventar el universo y mostrárnoslo después, de sacudir una y otra y otra vez el mundo del arte contemporáneo, de amar u odiar por razones profundas o por mero capricho
de lograr que todo girara a su alrededor.
Como tantos genios que en el mundo han sido, Picasso no era particularmente brillante ni bien parecido, tampoco de trato dulce o complaciente, pero su fuego brotaba desde adentro y quemaba todo en derredor. Sublime y detestable, su personalidad y su talento eran lo único que necesitaba.
La película está obligada a escoger un período particular de su vida y unos personajes determinados; sería absurdo exigir detalles extensos, y en ese punto se cumple con propiedad. Estamos frente a un Picasso vivo, definido, magistralmente encarnado por Anthony Hopkins, y capaz, en el peor de los casos, de suscitar nuestra curiosidad sobre él.
En eso triunfa la película y por eso puede verse: para sumar otra pieza al retrato de ese malagueño universal que hizo del arte algo distinto; y que, con su estilo de vida, nos mostró como muchas veces eso que llamamos genialidad no es sino un rapto de pasión bien aprovechado.
Basquiat
Son los 80s, y a lo mejor se escuchan por ahí algunos ecos beatnik resistiéndose a morir en una Nueva York capaz de todo, incluso de buscar su porvenir en lo que ya pasó.
De la mano de los monstruos, Andy Warhol el primero, un muchacho de las calles, pintador de muros por afición, se vio de pronto en la cima de Manhattan. Casi de la noche a la mañana, Jean-Michel Basquiat fue el enfant terrible del arte neoyorquino.
Pintor natural, vagabundo por placer y espíritu libre a su manera (un poco lento a juzgar por como se ve en la película), Basquiat simplemente no se halla en medio de tanto rey y tanto cortesano, de ese mundo artificial en que lo han puesto sin permiso.
El director de Basquiat, la película, es otro pintor, Julian Schnabel, y para su debut se rodea de actores y artistas veteranos (Dennis Hopper, Gary Oldman, David Bowie) así como de algunos más novicios (Jeffrey Wright, el protagonista, Benicio Del Toro o Claire Forlani).
Le resulta una película nerviosa y compulsiva (parecida en eso a su personaje), capaz al menos de transmitir los últimos días de un artista malogrado, de uno que, sin saberlo tal vez, vivió rápido, murió joven, dejó un cadáver hermoso
Esta historia, buena para ver un día tranquilo, con propensión a la melancolía, retrata de manera inquisitiva lo que puede hacer el éxito mal recibido o cómo también de arte se puede morir, incluso en Nueva York, donde los beatniks se creen inmortales.
bloque de cortos
ay que salir a la pista mientras suena la música y bailar hasta que el cuerpo resista. Hay que divertirse hasta morir.
Pero, ¡un momento!. Detrás del bullicio y las luces oscuras hay gente conversando, prediciendo incluso lo que va a pasar. Las discotecas son las catedrales góticas de nuestro tiempo. Como tales, estimulan el comercio con el cuerpo (de besos hacia arriba) y los sentidos (de éxtasis hacia abajo).
Tres películas que tal vez nunca veremos (frase horrible pero muy común para nosotros) tienen mucho en común: música, noche y discoteca, son tres repasos a un tiempo ido y una forma única de salir a divertirse. Boogie Nights nos da ocasión para hablar de ellas.
The Last Days of Disco es la primera. Es, justamente, una crónica de los postreros días Disco, en la primera mitad de los ochenta. La cuentan varios jóvenes desencantados, como los que el director Whit Stillman ha pintado en sus obras anteriores.
Su situación es cómoda y lo que muestran es el hastío del que ve como el mundo se acaba allá afuera. Hablan y hablan en el marco de la discoteca, y lo que pintan es un cuadro triste de las cosas. La rumba es lo último que queda, pero ni eso lo tienen seguro ya.
Velvet Goldmine es la segunda, una recreación con zapatos de plataforma, trajes plateados y pelucas azules del glamour y la adoración que causaron en su tiempo ciertos héroes musicales, Billy Idol o David Bowie, por ejemplo, aunque este último hubiera decidido no ceder su música para la película o involucrarse de alguna manera con el proyecto.
El director Todd Haynes resolvió mostrar sus personajes con pinceladas generales y hurgar tras camerinos, como en cámara escondida, para ver la carne detrás del mito.
Tenemos el templo y sus dioses tutelares. Falta ahora un sumo sacerdote que dirija la función. Hoy en día son los DJs. Hace cuatro lustros eran, simplemente, los propietarios del local; anfitriones perfectos y amigos de todo el mundo que orquestaban el ritual de cada noche con una mezcla perfecta de Chic, música y mercadeo. Era la exhibición hecha negocio, la diversión hecha divisa, el vivir para mostrarse. Hoy pasa lo mismo, es verdad, pero nunca habrá otra época de oro como la de los 70s, cuando el asunto era simple: o estabas en ese lugar o no existías.
De eso se trata la tercera película: Studio 54, retrato de ese santuario supremo que se hizo símbolo universal de la noche larga y la molicie glamorosa. El director, Mark Christopher no tuvo que inventar mucho, sólo escarbar en los archivos y revivir una tajada de ese cielo que cada noche cubría a nobles y plebeyos por igual, como al tal Toni Manero que cada sábado en la noche, en medio de la fiebre, subía a las estrellas
Braulio Uribe
braulio@elocio.com |
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