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No se ría. Es algo más que un devaneo pueril. Rápido ruedan las ruedas en Ronin; sonará a cantinela de juego callejero infantil, pero antes que divertido es cierto. Muchas veces el cine es un juego peligroso y divertido a ambos lados de la cámara.
Ronin es una aventura perdida en el tiempo y el estilo, un visitante de los 70 en los 90. A pesar del marco que la envuelve, de su evidente modernidad y actualidad política, Ronin posee muchos de los ingredientes que hacían funcionar el cine en esa época.
Primero, los créditos. Aunque parezca accesorio, esas letras que se ven al final son características y transportan inmediatamente al cine de hace 20 años.
Luego, la estructura. El ritmo de la película transcurre como un episodio de esas viejas series de televisión, sin duda por los antecedentes del director (ver recuadro).
Los autos, por otra parte, fueron filmados al natural, como en los viejos tiempos, con cámaras a ras de tierra, conductores expertos al volante (los actores iban a bordo muertos de miedo en algunas escenas), y mucho presupuesto: más de 70 vehículos fueron destruídos durante el rodaje, y no eran simples carros de línea: había Mercedes, BMWs y Peugeots. De esta manera el director no sólo recuerda sus mejores días sino que logra tomas realmente impresionantes que ningún efecto digital sería capaz de emular. Al fin y al cabo, autos y secuencias de acción a la antigua, son sus dos grandes especialidades.
También está el maletín lleno de
Como en los viejos clásicos de Hitchcock, hay un ingrediente de misterio; pero a diferencia de lo que ocurre en las cintas del viejo maestro, el interés por el asunto se pierde rápidamente. La trama se concentra en las relaciones del heterogéneo grupo de mercenarios, relaciones que se van haciendo más y más espesas, hasta que desfiguran la película haciéndola descansar en sus secuencias de acción. Eso la hace por momentos espectacular, pero la debilita finalmente.
Rápido ruedan las cosas aquí. Una historia que pasa rápida y vende un trozo de su alma en el proceso. Una historia con momentos estelares, de auténtico cine hecho por un hábil artesano capaz de pegarnos a la butaca
pero casi nada más.
El título, finalmente, hace referencia al nombre japonés de un Samurai que ha sido deshonrado, desarraigado, que ha perdido a su amo y se hace mercenario.
La historia universal está llena de personajes así, por eso se puede jugar con su nombre y sus intenciones
erre con erre Ronin.
Ronin, de John Frankenheimer, con Robert De Niro, Natasha McElhone, Jean Reno, Stellan Skarsgard, Johnathan Pryce...
director
Frankenheimer
John Frankenheimer nació en Nueva York en 1930, de madre irlandesa y padre judío alemán. Se encuentra con el cine mientras presta su servicio militar, donde aprende la técnica y se especializa en documentales.
Más tarde, contratado por la CBS, comienza a dirigir programas en vivo y directo, una escuela inmejorable. Como él, muchos de su generación, comenzaron haciendo Televisión. Allí aprendieron el vicio y el oficio, un estilo característico, casi inconfundible, que los ubicaba más cerca del lado europeo de la familia, por los ritmos, las tomas y los encuadres que más utilizaban.
Poco a poco, la exigencia del mercado lo fue poniendo en cintura, pero no se deja de ser de la noche a la mañana y mucho de su estilo permanece en su ya larga carrera.
Su debut en el cine fue The young stranger (1957), seguido de títulos como The manchurian candidate (1962) y Seven days of May (1964), todos de factura impecable. Sin embargo, fue Grand Prix (1966) la película que hizo de él un maestro en asuntos de acción y escenas de automóviles. Grand Prix es, formalmente hablando, antecedente directa de Ronin.
Con historias sólidas, guionistas de prestigio y recursos generosos, Frankenheimer se convirtió en un realizador maduro, al que los asuntos de alta política y espionajes varios no le resultan ajenos. De su paso por los 70 mencionemos French connection II, Black Sunday y Prophecy, de temas y resultados desiguales..
Ocaso profesional después. Trabajos esporádicos y olvido general. The year of the gun (1990), con Sharon Stone y basada libremente en el caso Moro, fué lo útimo suyo que llegó a nuestras pantallas antes de su resurección con Ronin.
alquilado
Fargo
La paradoja más sabrosa, el chiste más profundo que envuelve a Fargo, es su color: blanco infinito para el humor negrísimo que le han puesto los hermanos Cohen (Joel e Ethan), productor y director.
Como casi siempre, aquí viene la revelación definitiva: esta película está basada en hechos reales. Todas y cada una de las escenas que se ven fueron certificadas por la policía de Minessotta y no la mente calenturienta de ningún morboso escritor de cine.
Reducida magistralmente, la película sigue una línea argumental clara y definida, un rastro de sangre en la nieve que va mostrando (podríamos decir documentando) el trabajo que implica un crimen; toda su angustia, su dolor, su simpleza (basta un dedo en el gatillo), su absurdo y finalmente sus consecuencias.
La protagonista absoluta es por supuesto Frances McDormand. Su papel de la oficial de policía Marge, es uno de los más completos y meritorios del cine norteamericano reciente, y sirve de contrapeso además para mostrar quienes son los otros personajes de Fargo, gente real, o sea, mezquina, maniática, perversa, codiciosa, turbia y trabajadora.
Los actores se lucen. Steve Buscemi, William H. Macy, Peter Stormare, etc., hacen una colección de tipos humanos que ya quisiera para sí un sociólogo con ambiciones.
Y eso, justamente, la ambición desmedida y loca, es lo que echa a andar esta anécdota nacida en un gélido lugar de Norteamerica; de donde quizá no hubiera salido si no es por los Cohen, que la convirtieron en una excelente película, en el teatro, o en su casa.
Tango Feroz
A riesgo de sonar obvio, hay que decir que Tango Feroz es justamente eso, o al menos eso es lo que pretende.
Tango es la historia y el nombre del protagonista, o mejor, su mote artístico. En realidad se llama José Alberto Cruz, y como podría esperarse de un joven con sus características, está lleno de sueños, de rebeldía, de ganas y de música. Son los sesenta en una Buenos Aires que da vueltas a punto de emborracharse en un mundo que cambia frente a sus ojos.
La sicodelia del muchacho se estrella por supuesto con el orden riguroso de quienes no reciben bien eso de las libertades y los movimientos estudiantiles con inquietudes sociales.
Sin preverlo, Tango se va metiendo en el torbellino. Cada vez gira más rápido y más alto, cada vez corre más peligro, y la relación sentimental que empieza con Mariana hace más complicada su existencia. Para él la violencia deja de ser una metáfora, las palizas que recibe se hacen más frecuentes, su música no lo inmuniza, ni siquiera lo protege, y la cárcel finalmente se lo traga.
Así estan las cosas. Más detalles estropearían la película. Menos hubieran sido insuficientes.
Es muy difícil contagiar un sueño como este en el cine, y así como al protagonista, a Tango... hay que abonarle eso antes que nada: su atrevimiento. Tema complicado, resolución aceptable.
La cinta es una coproducción argentino-española, por eso aparece Imanol Arias en el reparto. Los papeles principales por su parte son para los argentinos Fernán Miras y Cecilia Dopaldo, dirigidos por Marcelo Piñeyro.
The Full Monty
Algunas exigen ser inglés (británico) para entender los chistes y reirse con ganas, The Full Monty no. Es una de esas películas capaces de transmitir emoción sin efectos raros o complejos. Pero, !ojo!, no se trata de una simpleza, todo lo contrario. The Full Monty usa la risa para tocar nervios profundos y delicados, la sutileza es de lo mejor que tiene.
Para empezar, cuando uno habla de la escuela cómica británica está hablando en serio.
Junto a su flema, su acartonamiento, su seriedad y su pompa (reales o inventadas), los ingleses tienen una larga y sana tradición de sátira y burla frente al espejo. Ya se sabe lo benéfico y positivo que resulta burlarse de uno mismo, tener las tripas para hacerlo; y ya sea en medios impresos, en teatro o en cine, los ingleses lo han hecho toda la vida.
Lo otro es buscarle el ángulo gracioso al asunto. Un grupo de desempleados con los bolsillos vacíos, la autoestima por el suelo y el amor de sus familias en veremos, no resulta muy prometedor a la hora de hacerse el chistoso. Más bien es una tragedia. La gracia está en el método que los tipos usan para salir de su problema, y el camino que recorren para llegar al climax de la escena final.
La moraleja es que cualquiera puede hacerlo. Por supuesto la necesidad es un aliciente poderoso, pero The Full Monty, con muy poco, pone una sonrisa entre la audiencia femenina y masculina, por razones diferentes
o las mismas.
The Ghost and the Darkness
Con los ojos cerrados, cualquier cosa puede infundir un miedo enorme, atroz, definitivo.
Aún sabiendo de qué o de quién se trata, si no lo podemos ver, el miedo será igual.
Nos aterran, en resumen, las amenazas invisibles.
En un lugar de las míticas praderas africanas, hace cien años, algunos sabían de qué se trataba, nadie veía nada y todos se morían de miedo; al menos los que sobrevivían a los ataques.
Dos leones se habían cebado con la carne humana, y a cada momento acudían por su ración.
Cuando el asunto creció hasta el punto de amenazar el avance del ferrocarril que la Gran Bretaña construía en la zona, llegó el momento de tomar cartas en el asunto y enviar a quien pudiera ponerle fin al problemita.
Los elegidos, por la corona británica y el destino, fueron dos personajes opuestos (regla tácita que siempre se obedece en el cine), que juegan entre sí al gato y al ratón, enfrentando sus motivos, sus métodos y sus habilidades hasta saber quién es el mejor.
Aparte de eso, que en realidad no es tan importante, y entrando en la película, los dos actores protagonistas se desgastaron en vano durante el rodaje. Podían haberse ahorrado el esfuerzo ya que ni para Michael Douglas ni para Val Kilmer fue este el papel de su vida.
Lo realmente destacable en The Ghost and the Darkness es el sentido de la aventura, por un lado; y los impresionantes leones digitales, por el otro. Una aventura como las veíamos anaño
bloque de cortos
no hubo cortos este mes
braulio@elocio.com |
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