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¿Quién habla hoy de puntos cardinales?. Norte, Sur, Este, Oeste, viven en metáforas y geografías, pero poco los usamos al viajar de un lado a otro. Llegamos de todos modos, aunque a veces sin saber por qué, con la brújula rota y el sentido de orientación perdido.
Hoy vamos a Francia, a escuchar sobre el terreno dos versiones del asunto.
Normandía
Aquí ocurrió el célebre desembarco del Día D, que dió comienzo al fin de la Segunda Guerra Mundial.
Los Estados Unidos eran la punta de lanza y pusieron casi todos los muertos aquella vez.
De entre los miles de soldados avisados (que no conocían el famoso refrán), había uno que, efectivamente, no podía, no debía morir.
James Ryan era el menor de cuatro hermanos. Los tres mayores habían muerto en combate y él no lo sabía. A lo mejor estaba muerto también. Era preciso encontrarlo y sacarlo de donde estuviera cuanto antes. El Departamento de Relaciones Públicas del Ejército sabía que una madre junto a cuatro féretros no se vería muy bien que digamos.
A partir de ahí la anécdota es simple. El capitán John Miller (Tom Hanks), debe salir con su diezmado pelotón en busca del muchacho. La guerra, y la habilidad de Steven Spielberg (The Empire of the Sun, The Schindler List), hacen que el viaje sea emocionante. En medio de los caminos rotos, a veces en territorio enemigo, cada soldado del grupo pinta un tipo particular de guerrero, desde el fanático-violento-religioso hasta el idealista (¿pacifista o cobarde?), pasando por el mercenario descreído. Es imposible no caminar con ellos y sufrir con su aventura, esperando que el tal Ryan aparezca.
Las escenas de batalla, por su parte, son extraordinarias, con aceleraciones y cámaras lentas que magnifican con maestría el grotesco espectáculo, el dulce horror de la guerra.
Pero sobre todo, cubriendo el inmenso tendal de muertos que deja la historia, está su sentido. La película comienza y termina con la bandera de barras y estrellas ondeando al aire, seña inequívoca de su intención propagandística. No hay inocencia en cintas como ésta, hecha para aliviar el orgullo de un país que necesita examinarse cada día.
Una buena película entonces al servicio de una idea discutible. En lo personal, me parece poco deseable el honor que deja la guerra. Cualquier guerra. Y un desperdicio absoluto caminar por la campiña francesa en traje de fatiga y con el fusil engatillado...
Saving Private Ryan, de Steven Spielberg, con Tom Hanks, Matt Damon, Tom Sizemore...
Bretaña
Más agradable por supuesto es el vagar sin afanes ni horarios, como hacen Nino y Paco, protagonistas de Western, por algunos pueblecitos de Bretaña, junto al Mar del Norte francés.
La historia sale de la nada, como la misma vida; por eso no hay límites para la fantasía y los sucesos que acontecen.
Suponga, por ejemplo, que le roban su carro. Usted es vendedor y pierde mercancía y trabajo. Después ve casualmente a su ladrón y le rompe los huesos en plena calle. Mientras, ha vivido un romance peculiar que le exige tiempo para pensar. Cuando el ladrón sale del hospital se hace amigo suyo y, sin nada mejor que hacer, sin nada que perder, echan a andar...
Reunidos por accidente, el ruso y el español (de Cataluña), viajan juntos mientras sobreviven al camino entre aventuras normales y gente del común.
Sancho y Quijote modernos, con algo de cada personaje, los dos hombres, ambos extranjeros en Francia, buscan en esa tierra lo que sí se les ha perdido: el Amor.
Lo esperan, lo sufren, lo pierden, lo sueñan, lo viven en momentos desiguales y difíciles.
El sentimiento queda atrapado en miradas profundas, ritmos tranquilos y planos generosos que el director usa para mostrar ese mundo de carne y hueso, con inmigrantes (no sólo hay franceses en Francia) y personajes marginales.
Manuel Poirier debe saberlo bien. Nació en el Perú, y antes de dirigir cine fue obrero, ebanista, visitador de prisiones y trabajador social.
Su modo de cruzarse con la gente, la ironía de querer viajar al Oeste y la novedosa apropiación del género Road Movie, que aquí se hace a pie, es de alguien que conoce la diversidad del mundo, la disfruta y la sabe mostrar, asi sea en un caminito francés.
Western, de Manuel Poirier, con Sergi Lopez, Sacha Bourdo, Elisabeth Vitali...
director
Spilberg
De niño fastidiaba a todos detrás de su 8 mm., filmando las sosas reuniones familiares con más ahínco del necesario.
Retraído y judío, criado en la Cincinnati de los 50, cuando tuvo una máquina más grande (ganada en concurso de cine aficionado), se echó a perder por completo.
Tenía 17 años y una 16 mm. nueva. Estaba listo para empezar a rodar en serio.
Primero fue Firefight (1964), una película de persecución, y después, ya en 35 mm., Amblin, nombre que además usaría para su empresa productora.
Comienza a estudiar Literatura Inglesa pero Universal Television se interpone, contratándolo.
Hace series de TV y varios títulos menores para cine mientras afila los dientes para su primer mordisco verdadero: Jaws, en 1975.
Comienza la serie de taquillazos y el mito del director que se debate entre el verdadero talento o la mera habilidad comercial. Entre el autor que a veces asoma o el hábil entertainer que sabe darle al público la dosis precisa de circo sofisticado. Tanto, que cuatro películas suyas están entre las más taquilleras de la historia.
Esta es la lista parcial de sus títulos como director: E.T., Close Encounters of the Third Kind, Raiders of the Lost Ark, Indiana Jones... (II y III, secuelas de Raiders...), The Color Purple, Always, Hook, Jurassic Park y Amistad.
Entre la Ciencia Ficción, el Drama Histórico y la Aventura, todo con la casi absoluta aceptación del público, se asienta el poder de Spielberg. Poder que unido al de Jeffrey Katzenberg y David Geffen dió vida a Dreamworks (SKG), una de las empresas fundadas por individuos, más grandes de Hollywood.
El niño judío se salió con la suya, y nos guste o no, es uno de los reyes del celuloide contemporáneo.
alquilado
no hubo alquilados este mes
bloque de cortos
El corto que me saca el bloque
os últimos ataques que presencié ocurrieron hace dos semanas. El jueves me agredió en el Lido, y más tarde, esa misma noche, en el Cid. Al día siguiente, en el Libia, junto a otras víctimas inocentes, sufrí una nueva dosis de su mamera insoportable.
La verdad, ya perdí la cuenta de sus incursiones, no tengo fuerzas para contarlas. Me ha pillado en el Junín, en Unicentro, en el Cid, en Oviedo, en el Lido, en el Libia, en el Libia, en el Lido... ¡Y ahora me dicen que ha sido visto en La Frontera!, la última ídem que cae ante su horrible presencia.
De su nombre no puedo ni quiero acordarme. Me lastima los ojos su insípido tono verdoso. Me ofenden sus pésimas actuaciones, agravadas con cada repetición. Arráncome cabellos ante sus copias hechas trizas. Lloro de rabia con sus increíbles chapuzas técnicas (el tipo con los cables al fondo del barranco, por ejemplo).
Me burlo, para consolarme, de este intento onírico que se ha vuelto atroz pesadilla, y me pregunto, ¿Por qué?.
¿Qué oscura fuerza, más grande que el respeto debido al público, obliga a Cine Colombia a pasar una y otra vez, en todos sus teatros, durante todo el año (desde antes incluso), esta joya de la cinematografía orgullosamente colombiana?
El señor Carlos Alberto Franco, gerente (E) de Cine Colombia, nos habló de una ley que exime al teatro de ciertos impuestos a cambio de pasar el corto, como en los viejos tiempos de FOCINE. Vale. Pero, ¿el mismo siempre?.
Es aquí dónde el correo de las brujas interviene y habla de órdenes superiores y amistades peligrosas que reducen sospechosamente el repertorio a una sola pieza.
Falta mucho todavía para que un verdadero servicio al espectador sea norma en nuestras salas de cine. Una cosa es la cosmética y otra, muy distinta, la consideración que el público merece.
Como no hay tiempo ni espacio, voy a retener la bilis un poco para soltarla de ahora en adelante gota a gota, sobre asuntos concretos.
Hay que exigir respeto y atención a los detalles, sino, veremos el corto éste... hasta el año tres mil.
braulio@elocio.com |
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