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Lo bueno de las malas películas es que se despachan con facilidad; es divertido ver la cara de los otros cuando uno despotrica, y soltar algo de mala leche de vez en cuando es bueno para la salud.
Con estas ideas en mente, con el fantasma de la película de moda flotando en el aire y con ganas de ganar pronto esta batalla, salieron estas letras.
El Patriota, la película, funciona según reglas comerciales. El productor (Jerry Bruckheimer) y el director (Roland Emmerich) son muy buenos en lo suyo: hacer cintas taquilleras, llenas de acción y aventura.
Mel Gibson, la estrella, es exactamente igual. Con la excepción de uno o dos papeles dignos de un actor verdadero (Hamlet, por ejemplo), la carrera de Gibson es una interminable lista de venganzas variopintas. Desde sus épocas de Mad Max (venganza por afrenta familiar, igualito que El Patriota), el pobre Mel no ha hecho sino despachar a sus enemigos de turno, que han sido desde ladrones urbanos (Arma Mortal I, II, III ó IV), desalmados secuestradores (Ransom), asaltantes de caminos y tahúres (Maverick), temibles bandas de mafiosos (Payback), o incluso pérfidos y tiránicos ingleses, como en Braveheart, donde Gibson es un patriota (¿ven la relación?) que libera por la vía el martirio y (otra vez) la tragedia familiar, a su pueblo. Venganza, dulce venganza de patria. Hasta la propia Hamlet no es más que una sofisticada y regia retaliación. Definitivamente la historia del pobre Gibson se repite
se repite, se repite
Todo en El Patriota está hecho para llegar a la justificación final. Si al protagonista lo asiste la "justicia", no nos choca verlo cometer atrocidades que, en otro contexto, nos aterrarían. Es el bueno del paseo, y de natural pacífico, sólo actúa cuando ha sido provocado.
Por eso, ver El Patriota es viajar por los rincones de un ego inmenso: el de Gibson, que se hace fabricar papeles para su lucimiento y la diversión fácil del público mirón. Música, ritmo, desarrollo de la historia, construcción de personajes, todo conspira con precisa eficacia para que la cosa funcione. No hablo por los ingleses, cuya historia en detalle no conozco; no los exculpo tampoco por supuesto, pero es evidente, aquí y en cualquier campo de guerra, que no hay inocentes absolutos en ese punto. Gibson tiene un motivo y lo defiende con sangre. Las connotaciones patriotas vienen después, y eso como pretexto.
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alquilados
pret a porter
Docenas de criaturas dentro de una colmena, con aguijones listos para clavar unas a otras. Sonrisas, envidia, belleza y tela por montones.
Microcosmos del mundo, esta película de Robert Altman, el veterano director norteamericano, especia-lista en historias colectivas, en tejer tramas con las emociones más primarias de la gente, nos entrega un testimonio con todo (o casi) lo que ocurre tras las bambalinas de la alta costura. Es como ver la cara oculta de la luna. La imaginamos, y tal vez no nos sorprenda, pero nos fascina, y no dejamos de quererla.
Esta vez (esa vez, pues la cinta es de 199 ) Altman va a París, reune un ramillete increíble de estrellas de varias generaciones, escarba las entretelas del asunto, y nos lo deja ver de otra manera. Aunque ya no es nueva, ésta es una cinta que se deja alquilar, y ver, en cualquier temporada.
La moraleja se hace esperar hasta el final, cuando, en una escena profunda y perturbadora, la actriz Chiara Mastroianni nos dice, desde su papel de periodista, cuál es el profundo secreto de ese monstruo que llamamos moda. Literalmente, todo queda al descubierto.
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