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No lea este artículo. Es muy malo. De hecho, creo que voy a dedicarme a otra cosa. Bueno, adiós…

Listo. Ya que se han ido los lectores impresionables, puedo contarles a ustedes que así, con un giro desconcertante, comienza la película de Milos Forman sobre la vida del comediante estadounidense Andy Kaufman, y protagonizada magistralmente, lo digo de una vez, por Jim Carrey.

cuando quiero llorar, río
La tradición del hombre solo detrás del micrófono (el Stand Up Comedian) es tan firme en los Estados Unidos que podríamos ponerla junto al pie de manzana y la mantequilla de maní, pilares fundamentales de esa sociedad. Allá se sabe de show bussiness con todas las letras; allá, el talento excéntrico y revulsivo de un tipo como Kaufman tenía dónde y cómo florecer.

Así sucede, efectivamente, en la cabeza de ese muchacho retraido que hacía rutinas cómicas y caracterizaciones desde niño para espantar sus propios fantasmas. Ya crecido, vagabundo en bares y locales de tercera, se topa nuestro Andy con el hombre que lo empujará a las grandes ligas: George Shapiro, su agente, otro de esos personajes infaltables, cuando de estrellas se habla.

Andy Kaufman era, sin querer queriendo, un maestro de la manipulación. Su juego consistía en torcerle el cuello a las historias, una y otra vez, hasta que fuera imposible saber si se trataba de un embuste, una broma macabra, una confesión descarnada o un insulto despiadado para el público. El tipo estaba loco, y verlo en escena era una experiencia desconcertante.

luna lunera
Ahí está la polvora brutal de la historia. Los gringos aprendieron a mirarse en el espejo implacable del humor sin morir en el intento. Se saben capaces (como humanos que son) de lo más grande y glorioso, pero también de lo más pendejo, lo más cretino, lo más estúpido. En el fondo, desean que alguien se los recuerde, se los estrelle en la cara. Esa válvula liberadora era la coartada de Kaufman, que se ganó la vida desnudando lo patético de sus paisanos, de sus congéneres. En la película, con ciertas libertades cronológicas, se exponen momentos cruciales en la vida de este hombre. Biopic se llama el género: un estudio de personaje y temperamento. En eso es bueno Forman, el director, sacando lo mejor de su intérprete, como ocurre en este caso.

Aunque falten detalles, vemos a un Kaufman de cuerpo entero. Hoy viaja entre el sol y la luna. Después inspira una canción de R.E.M. Más tarde hace que Forman lo imagine en una película. Antes, fue estrella de Televisión (algunos de ustedes recordarán al mecánico Latka, de Taxi) y alguna vez incluso, orquestó y puso en escena su propia muerte. Kaufman no era malo, sólo sincero. Pero es que hay gente que ni eso soporta. Al final, sobran los discursos. La sonrisa cómplice se dibuja sola.

ñapa
Por si las moscas, este par de definiciones:
Ícono: Imagen.
Cátodo: Polo negativo de un aparato eléctrico. Catódico, relativo a la Televisión.

director

Forman

Con razón Milos Forman (Caslav, Checoslovaquia, 1932) es un exiliado profesional: su crianza estuvo a cargo de un tío ya que sus padres murieron en Auschwitz a mano de los nazis. Empieza a ser actor en su juventud y luego estudia música, canto y dirección en la escuela de cine de Praga. Trabaja en Televisión, y como ayudante de dirección para cine antes de emprender, con el director de fotografía Miroslav Ondricek y el guionista Ivan Passer, una serie de comedias para cine con la idea de refrescar el panorama fílmico de su país, con actores naturales y situaciones cotidianas en clave de humor. Los Amores de una Rubia (1965), es su obra más conocida de este período. Cuando los tanques rusos entran a Praga, en 1968, y siguiendo con el desarraigo, Forman parte a París con amigos y colaboradores. Ahí conoce a Jean Claude Carriere, con quien escribe Taking off (1971) que sería su primera película en los Estados Unidos. Una vez instalado allí, comienza a ver ese nuevo mundo con los ojos del extranjero que es. Si uno lo piensa bien, todas sus películas reflejan, cada una a su manera, la vida de personajes diferentes, salidos del libreto tradicional. One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975), Amadeus (1984), The People vs Larry Flynt (1996), y ahora Man on the Moon (1999) son ejemplos de ello. Sus otras cintas son el testimonio de un director que busca su acomodo en el mundo observando la sociedad que lo acoge: Hair (1979), Ragtime (1981), o Valmont (1989). Forman es, en resumen, un director que sabe escoger muy bien sus historias y sus intérpretes.

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Braulio Uribe

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Página actualizada el martes, 30 mayo 2000
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