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La pantalla se abre y todas las criaturas que viven dentro te saltan a la cara, untándote los ojos con su encanto, su fuego, su sexo plateado y lejano. Has visto cómo mueve lo suyo esa muchacha, que de pronto te parece divina. Y vos, no resistís la mirada de ese chico; lo imaginás en tus brazos, sabés que está a punto de ser un ídolo para las niñas del planeta, y que puede ser tuyo. Es el sexo, la líbido circulando, desde la pantalla, en tu cerebro.
Incluso si la película se ocupa de otras cosas, el sexo flota en el cine como el mismísimo aire. La atracción que las historias ejercen está en relación directa con las estrellas que la encarnan; y aquí la expresión es precisa y afortunada: la encarnan, la personifican, la hacen carne.
Desde los primeros días, el cine supo que lo suyo era la fabricación de estrellas, figuras que daban vida a las fantasías y deseos de las gentes que íban a conocer el nuevo invento para ser feliz. Junto a las utilidades dramáticas e ideológicas, el sexo ha sido motor principal de la pantalla. Así ha sido, es y será. Punto.
Una estrella de cine es finalmente una cosa concreta que juega a las escondidas. Una promesa siempre inconclusa, siempre un paso más allá de nuestro alcance; por eso volvemos a verla, por si esta vez tenemos suerte. El nacimiento de una estrella es impredecible: no están todas las que son ni son todas las que están, pero se produce a partir de algunas características básicas y obligatorias: belleza, belleza, belleza, suerte, carisma, talento.
El desnudo en el cine, por su parte, es todavía una frontera complicada. En 1933 la actriz austriaca Hedy Lamarr protagonizó una cinta llamada Extasis, en la que su glorioso cuerpo se veía
completamente. El escándalo fue tan sonoro como el que Rita Hayworth protagonizó en los cuarenta con su strip-tease de brazos para Gilda. El susto corre por cuenta de la moralidad que cada época tiene. El pudor mal entendido siempre ha puesto en peligro al cine mismo, olvidando sus méritos universales.
De no ser por el sexo, Woody Allen no habría contestado todo eso que nunca preguntamos, o mostrado su vanguardista Orgasmitrón. De no ser por el sexo, Fellini no habría soñado con sus esculturales y bien dotadas diosas de leche. No sabríamos de la sublime Anita Ekberg, y Sofía Loren sería otra. Dios (con la complicidad de Vadim) no hubiera creado a esa mujer que fue Brigitte Bardot. De no ser por la sutileza y la pulsión sexual, Buñuel no le hubiera estrujado las tetas a la protagonista de su Perro Andaluz (en el temprano año de 1929), o no habría llegado al extremo de sus perversiones de lúcido viejo verde en Ese Oscuro Objeto del Deseo. De no ser por el sexo, Hitchcock no hubiera hecho que un hombre se obsesionara con una muerta, como en Vértigo, o Bergman no habría llevado la relación Eros y Tanatos a un grado de perfección tan dolorosa. Si no fuera por el sexo, Marilyn jamás hubiera sido la que fue, ni Passolini hubiera revivido en nuestros ojos la espesa y dulce decadencia del Marqués de Sade, o de la vieja Roma. Sin el sexo, ni Bertolucci, ni Rohmer, ni Kubrick, ni Barreto, ni Wenders, ni Polanski, ni Cronenberg, ni tantos depravados que, por suerte, llenan las pantallas del mundo con sus procaces imaginaciones, podrían trabajar. Sin el sexo no tendríamos diosas (sí, dioses también) de carne y hueso para cada generación. Sin el sexo, muchas grandes cintas no se habrían hecho, simplemente, por falta de motivos.
El sexo ha evolucionado, y con él el cine. Hoy en día muchas cosas suceden primero en la pantalla que en la calle o en la cama. Hemos matado casi todos los temores, hemos visto de todo; y eso que aquí no hablamos sino del sexo normalito, censura 12 y sin complicaciones. ¿Qué sigue?. No lo sé. Hay que cumplir los mandamientos del cuerpo y admitir que es parte de nuestra naturaleza. Por ignorarlos es que muchos no saben ni sentarse y confunden, como en el refrán, el culo con las témporas.
director
sin director este número
alquilados
bliss
Un matrimonio hecho pedazos, pese a las promesas iniciales, lleva a una pareja típica (Joseph y Maria) a buscar otros caminos para llegar a su propio paraiso sexual. Entonces aparece un extraño terapista (algo así como un chamán del sexo) que sabe cómo devolverle fuego a la hoguera.
A partir de esta situación se construye una cinta cuyo principal atractivo es el tema: sexo en el matrimonio; cómo mantenerlo con vida. Suena a seminario de autoayuda, y de alguna manera lo es, aunque parezca chistoso. No espere una película entretenida o un variado repertorio de acrobacias eróticas. Aquí la cosa es diferente y, contra las apariencias, el sexo está más presente en esta película que en otras similares, más destapadas pero menos inteligentes. Bliss (Extasis, se llamó en nuestra cartelera) es un trayecto al erotismo a través de la idea misma, es una revisión inteligente de lo que pasa debajo de las sábanas con la valentía de admitir muchas culpas y encontrar en la palabra uno de los mejores afrodisiacos.
El reparto de Bliss (Craig Sheffer, Sheryl Lee y Terence Stamp, como el consultor sexual) le da a la película un aire confidencial que cae bien. Nos recuerda que no todo está en lo que se hace sino en el cómo y el por qué. Una sobria película de Lance Young que puede verse a la hora de reinventar el sexo en nuestras relaciones.
kamasutra
Si usted la alquila esperando una exposición general y explícita del manual amatorio de donde toma su nombre, devuélvala ya. Si, por el contrario, usted llega a ella dispuesto a recibir lo que tiene, seguramente va a salir satisfecho con una historia ambientada en la India el siglo VI y que sólo usa la palabra Kamasutra a manera de conjuro. En este caso, podrá verla tranquilo (a), ojalá en buena compañía.
La trama de la película es la rivalidad entre dos mujeres (la princesa Tara y su doncella Maya) que han crecido juntas en la corte y terminan enfrentadas por el amor del mismo hombre. Bastante melodramático, ¿no? Después de todo, hasta en las familias y dinastías más encumbradas pueden cocinarse las más bajas pasiones, con su dosis necesaria de crímenes e intrigas. La película es un pretexto para que su directora Mira Nair (Salaam Bombay, Mississippi Masala) se complazca mostrándonos unos cuadros de belleza inusual, personajes y paisajes realmente exóticos. Sobre el trasfondo político de la historia, lo que cuenta es su belleza, por un lado, y su declaración de principios, por el otro.
Quiero aprender las reglas del amor y cómo usarlas. Y si no puedo hacerlo con aquellos a quienes amo, entonces lo haré con quienes no, dice Maya, la cortesana, resumiendo el propósito de su vida e, indirectamente, el de la cinta.
bloque de cortos
sin director este número
braulio@elocio.com |
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