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Es fácil verlo, a Tim Burton, ocupado en su laboratorio con piezas que ha tomado de aquí o allá tras varios años de carrera. Ahí están todos sus muñecos, el club de las almas perdidas, en pleno.
Para hacer parte de la organización es necesario llenar varios requisitos esenciales, entre ellos:
· No distinguir entre la realidad y la fantasía.
· Sentir una profunda inclinación por lo gó
tico, en todas sus variantes.
· Ver lo bello que hay en lo siniestro.
· No ser alérgico a la sangre.
· Reirse con la boca torcida.
Una vez cumplidas estas condiciones puede uno viajar, por ejemplo, a un pueblo de la Norteamérica profunda (Sleepy Hollow) en 1799. Puede que haya un asesino fantasma suelto y puede que un policía neoyorquino sea enviado a investigar. Puede que el tipo se enamore y se desmaye. Puede que resuelva el caso, después de todo.
razón y sentido
Desde el comienzo, cuando esa reluciente gota de lacre nos recuerda la sangre de las películas viejas, uno sabe que se adentra en un lugar distinto, extrañamente real y falso al mismo tiempo. En eso consiste la gracia y el talento del director. Sutilmente, Burton desnuda esas pasiones criminales que siempre nos invaden. Maldad y belleza van de la mano, mientras que un monstruo cualquiera puede darnos lecciones de intensa humanidad.
En Sleepy Hollow, el jinete no es más que un instrumento al servicio de una causa perversa y completamente terrenal. El agente Ichabod Crane (Johnny Depp) lo nota al llegar: hay que cuidarse más de los vivos que de los espíritus. Tambien se da cuenta de que las brujas, como todo el mundo sabe, no existen; pero que las hay
El dilema entre fe y razón, sin que ninguna parezca dominar a la otra, es la columna vertebral de la cinta. De ahí se desprenden todos los personajes y todas las situaciones. Ver el mundo desde lo real puede darnos información valiosa, pero inventar un mundo paralelo, irreal, para mejor entender el otro es un ejercicio interesante. Eso sí, requiere de ciertas virtudes más bien escasas en el medio.
Nadie crea, en el cine de hoy, mundos fantásticos tan convincentes como Tim Burton. Esos parajes oscuros, llenos de caminos perdidos y criaturas improbables que a pesar de todo parecen reales, sólo pueden salir de un ingenio como el suyo, de una actitud como la suya. Para llegar a ese estado de fantasía tan concreta, es necesario vivir en otra parte, tomar distancia de lo cotidiano para verlo mejor
causa y consecuencia
Un cuento de Washington Irving sirve de base a la historia. El pueblo de Sleepy Hollow se agita con la llegada del investigador y se apacigua poco después cuando ese misterio gótico americano ha sido resuelto. Entre ambos puntos galopa el jinete sin cabeza y madura el romance entre el extraño y la hija del terrateniente local (¡lindísima Christina Ricci!: lánguida, hechicera, ausente) que encarnan a la pareja protagonista.
Hurgar en los rincones más profundos del miedo es el propósito de esta película, incluso el fin principal de Tim Burton. Alguna vez lo puso en palabras:
Es muy difusa la diferencia entre lo real y lo irreal, lo normal y lo monstruoso. La gente dice que no entro en las categorias normales pero para mí, es esta absoluta desconexión entre tanta información lo que no es normal. Lo monstruoso, al igual que los cuentos y leyendas infantiles, siempre me ha interesado porque está hablando de un subtexto emocional muy puro.
Todo lo que se ve en Sleepy Hollow es falso, construído a propósito, fabricado por encargo en estudios londinenses para que parezca ilustración de cuento negro. Esos ambientes, en apariencia tan postizos, hacen que los límites de la historia y sus personajes se distingan claramente.
Palabra clave: pureza. Burton une los extremos y resuelve los misterios que él mismo plantea. Frente a lo sobrenatural, el mejor camino es el de la razón. Ver de dónde vienen y a dónde van las cosas. Después, hay que dejarse contagiar por lo extraño y ver qué pasa
procurando no perder la cabeza.
director
Burton
Niño retraido, cara de pájaro y aspecto fantasmal. Temperamento solitario, mente aguda y humor oscuro. Tim Burton nació en Burbank (California, EUA) en 1959, muy cerca de donde se cocinan la mayoría de productos de la casa Disney. La misma Disney lo becó en el California Institute of Arts y le dió trabajo al comienzo de su carrera, como uno más de los animadores que dibujaban por encargo para la compañía. Sin embargo, su peculiarísimo talento no podía quedar oculto para siempre. Antes de su carrera formal como director de largometrajes, Burton hizo, principalmente, dos cosas. Una es Frankenweenie, mediometraje animado en el que un niño y su perro recrean el cuento de Frankenstein. La otra es Vincent, un corto de nueve minutos en el que rinde tributo a uno de sus actores favoritos de todos los tiempos, Vincent Price, quien además hace la narración.
Luego de aclarar bien cual sería su estilo y su modo de trabajo, Burton inicia su carrera en el cine con Pee-Wees Big Adventure (1985), historia llena de color y fantasía sobre un niño-adulto en un mundo que le resulta extraño. El mismo Burton siempre ha sido eso: un niño diferente perdido donde nadie lo comprende; por eso su predilección hacia los personajes marginales, perdedores, oscuros, diferentes.
Por eso también, desde su propia compañía productora fundada en 1989, impulsó cosas como la Tim Burtons Nightmare Before Christmas, que dirigió su amigo Henry Selick, lo mismo que James y el Durazno Gigante.
En cuanto a sus largometrajes, basta enumerarlos para descubrir lo hábil y consecuente que ha sido Burton con su carrera, llevándola, desde una aparente domesticación frente a los estudios, hasta ese lugar extraño y muy personal donde se encuentra. Sus películas son:
· Beetlejuice (1987).
· Batman (1989).
· Edward Scissorhands (1990).
· Batman Returns (1992).
· Ed Wood (1994).
· Mars Attacks (1996).
· Sleepy Hollow (1999).
Todas y cada una de ellas agregando un matiz diferente de negro para completar esa oscura y divertida paleta con que Tim Burton pinta la vida
alquilado
Algunos no aceptan razones. Son simplemente personajes despiadados, y lo demuestran con lujo de detalles en sus películas: verdaderos, interesantes y alquilables ejemplos de perversión cinematográfica
Spawn
Un ex soldado lleno de rencor hace un trato con el mismísimo diablo para que le permita regresar al mundo de los vivos y cobrar venganza sobre su asesino. El asunto es que nadie, mucho menos Lucifer, hace nada gratuitamente, y en este caso el precio del negocio parece ser muy alto. Llena de efectos especiales novedosos (en su momento) y basada en un comic oscuro y ultra violento (que además se hizo serie para Televisión) esta película se mueve entre el terror más elemental y una que otra discusión de tipo filosófico. Finalmente, hay que ver la interesante caracterización de John Leguizamo, irreconocible como payaso infernal.
Doberman
Un personaje (otro) importado de las tiras cómicas al cine. Un asesino predestinado a la violencia desde la cuna. Una cinta europea diferente, porque
¿quién dice que los franceses sólo hablan de amor?. Por su ritmo vertiginoso, por la rareza de sus personajes, por la furiosa violencia de su protagonista (Doberman, o el actor Vincent Cassell) por la presencia breve de la hermosa italiana Monica Belluci, por ese final sórdido, por la sucia elegancia de los insultos proferidos en francés
por distinta, por cosas así, puede verse esta película.
Seven
Lo peor es darse cuenta de que matar es fácil, comprobar que un tipo con la suficiente determinación y una idea loca en la cabeza puede hacer cosas terribles con el prójimo, puede matarlo (al prójimo) de manera ritual, fanática, asquerosa.
Ese personaje aparece todos los días en periódicos y revistas, porque existe realmente y porque el suyo es un brote individual de una enfermedad colectiva. En Seven, el thriller de David Fincher, el actor Kevin Spacey (sin crédito visible) se luce en un papel absolutamente perturbador de asesino plácido y loco en una ciudad siempre lluviosa donde parece no sale nunca el sol. Ver Seven, con Brad Pitt, Morgan Freeman y Gwynew Paltrow, es viajar un poco a ese infierno que, como ya se ha escrito, son los otros.
bloque de cortos
Hace poco, los españoles recordaron, en dos películas, a uno de sus personajes artísticos más particulares: el pintor Francisco de Goya y Lucientes. El resultado fue un par de cintas que indagan sobre aspectos diferentes de su personalidad. Goya, protagonizada por el veterano actor Francisco Rabal y dirigida por Carlos Saura, es una; la otra, dirigida por Bigas Luna y estelarizada por el cubano Jorge Perugorría, se ocupa en cambio de sus asuntos con la famosa Duquesa de Alba, la del retrato de la maja desnuda.
braulio@elocio.com |
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