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Esa mañana soñé con rabia. Creí que las cosas se resolvían con puños. Pensé que las glándulas me bastaban. Escuché el llamado de mis machos internos y les abrí la puerta. Esa mañana soñé con rabia.
La otra noche visité El Club de la Pelea, la película. Si fue un sueño, una pesadilla, un deseo, no lo sé. Sólo sé que algo me gustó, algo me molestó y necesito tiempo para digerir ambas cosas.
A primera vista, la película no lucía muy atractiva, y aunque el afiche dijera Brad Pitt no convocaba a una cantidad apreciable de público, eso sin contar con con la promoción escasa y la pobre exhibición. Los otros nombres, Edward Norton (cada vez mejor), Helena Bonham Carter (sorprendente) y David Fincher (el director) no le dicen mucho al público general, así que puedo escribir con algo de atrevimiento que la mayoría compró su boleta buscando lo que el título insinuaba: una buena pelea. En vez de eso, al llegar, se estrella uno con un tipo difícil que nota cómo las cosas pueden estar mal a pesar del trabajo decente y bien pagado, la educación completa y el apartamento decorado por catálogo. El protagonista, antihéroe en busca de liberación de la rutina, descubre que hay toda clase de sufrimientos compartidos, agremiaciones de dolientes clasificados según tumor o extirpación. El tipo se encuentra en la calle, presa del insomnio, con el hecho de que necesita soñar, con que desea complicar un poco su vida, que ya está resuelta, pero es mortalmente aburrida. Eso es: primero muerto que aburrido.
Encima, y como si fuera poco, hay que aclarar el asunto de la vieja y gastada masculinidad. ¿Qué es eso que me hace hombre?, se pregunta a cada rato nuestro protagonista, nuestros protagonistas, y la respuesta viene como en un sueño.
Esta competitividad infernal en que vivimos nos obliga a buscar pelea por todo. Sólo con el desafío nos sentimos machos. Puede que esté bien; el progreso se construye con retos superados, pero los excesos siempre serán nocivos para el cuerpo y el espíritu. Aquí es donde la película nos pone la raya, raya tenue que casi ni distingue entre sueños y realidades, entre lo que pienso y lo que hago realmente.
En un mundo en el que ser alguien es cuestión de lujos, ropas y trabajos exitosos, esta cinta nos salpica con un poquito de sangre, de jabón hecho con grasa humana. Esas calles oscuras que aparecen todo el tiempo (responsabilidad de Jeff Cronenwith, director de fotografia) son tan reales como las otras, las de anuncio de jabón de tocador. Ese hastío vital que busca salida (diagnosticado por Chuck Palahniuk, en cuya novela se basa la película) ocurre todos los días en todo el mundo. «Los márgenes son cada vez más estrechos» concluye El Club de la Pelea.
Si han venido conmigo hasta este punto, amables lectores, entenderán mis motivos. No estaba de ánimo ni había revisado la cartelera decembrina, así que sólo tenía, al despertar, un raro dolor en todo el cuerpo y unas ganas de pelear irresistibles. Es que vi El Club de la Pelea. Es que soñé con rabia. Gracias por oirme.
director
Fincher
El tránsito del video al cine, realizado por un número cada vez mayor de directores contemporáneos es casi un camino obligado en estos tiempos en que, por un lado, hacer cine de verdad cuesta toda la plata del mundo y, por el otro, el video ofrece todas las garantías de aprendizaje, rentabilidad y versatilidad que el mercado (y un poquito el arte) requieren.
Por eso la hoja de vida de David Fincher comienza con spots publicitarios que van creciendo en presupuesto y exigencias estéticas. Nike, Coca Cola, Madonna (Vogue, Express yourself), Aerosmith, Rolling Stones, pavimentaron su camino hacia el cine, en el que debuta con la tercera entrega de Alien (1992) a los 28 años de edad. Desde sus primeros planos Fincher dejó sentada su tendencia a la oscuridad, su inclinación por un neo gótico que se compagina muy bien con la estética del videoclip. Pero no hay que dejarse confundir. Cualquier escuela o modo de hacer, si está en las manos correctas, puede conseguir resultados extraordinarios.
Aun es pronto para hacer un balance exhaustivo de la obra Fincher, pero Seven (1995), The Game (1997) y ahora The Fight Club(1999) hacen de este director estadounidense un tipo interesante, un sólido realizador con mucho para darnos de aquí en adelante.
alquilado
Next stop wonderland
No creo que haya cosa más difícil que el amor en estos tiempos; y no lo digo por escapar al juicio que veo venir, sino porque me parece un hecho evidente y comprobado, tanto por las estadísticas (tan odiosas como reveladoras) como por los estilos de vida. La ciudad llena de gente es lo más cercano a la soledad según esta película, y el sistema de los avisos en los periódicos el remedio más utilizado. No hay mucho tiempo y lo mejor entonces es hablar sólo con los que parezcan adecuados... mientras tanto, la serie de encuentros y los personajes se mueven con un ritmo casi documental, como si no fuera una película sino un pedacito de vida visto por casualidad. Nuestra protagonista sabe que la próxima parada de su tren puede ser la correcta. Sólo se trata de una mujer independiente que le hace caso al sentimiento y la razón.
La boda de muriel
Muriel no soporta la vida que lleva en su casa: todos son aburridos y medio tarados. Muriel es objeto de burlas por parte de sus supuestas amigas, que ni la determinan cuando salen a pasear. Muriel es un patito feo que buscará en el matrimonio la solución a sus problemas. Muriel adora al grupo ABBA y los oye como quien se aferra a un salvavidas en altamar. Muriel huye a Sidney para encontrar su destino y reconstruir su vida. Muriel se hace fuerte, se hace bella y descubre lo inteligente que es, incluso sin necesidad de que un marido se lo diga. P. J. Hogan se inventó a Muriel, la película; y Toni Colette (hace poco la vieron en Sexto Sentido) la interpretó. Muriel puede contarles su historia, seguramente se van a divertir y a sentir satisfechos cuando la lleven a su casa. Sólo se trata de una muchacha valiente que quiere ser feliz.
Serial mother
A estas alturas de la historia, a John Waters, el director de esta chocante y divertida película, no lo quieren ni en la casa. El tipo ha dedicado toda su vida profesional a escudriñar los entresijos de la vida USA a partir de su ciudad natal, Baltimore. El resultado ha sido siempre un desfile de rarezas y personajes locos que nadie decente invitaría a su casa. Desde su bien ganado trono en el mundo Underground, Waters se ha conectado cada vez más con el cine masivo, comercial y de festivales (créanlo, es posible) sin perder su sabor y su capacidad de provocación... O acaso no les provoca una historia en la que su glamorosa protagonista (la hermosa Kathleen Turner) en una dulce madre que asesina a todo aquel que amenace a su familia. Sólo se trata de una madre como esas que todos conocemos con problemas de sobreprotección.
Bound
De Matrix hablamos otro día. Mientras tanto, una pieza principal para armar el retrato de los Wachowski (Andy y Larry), sus directores, es Bound, su primer largometraje. Hay morbo subido por cuenta de sus dos protagonistas femeninas, Jennifer Tilly y Gina Gershon. La primera está casada con un mafioso de cuarta (por cierto, ¿qué pensarán lo mafiosos de cuarta cuando leen cosas cómo esta?) que está a punto de robarse un botín. La segunda llega a su casa a reparar algo. Se miran, se cuadran y se compinchan de inmediato para sacar provecho del asunto y quitar de en medio al estorboso consorte. El asunto se pone un poco sangriento al final y hay unos cuantos momentos de suspenso interesante. No será un clásico, ni mucho menos, pero sirve para pasar un rato con el miedo alrededor. Sólo se trata de dos mujeres malas que se salen con la suya.
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