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[vea tambien el director, los alquilados y bloque de cortos]
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La primera Lolita fue Eva, indudablemente. Aunque hecha y derecha, no era más que una niña cuando le dió al incauto Adán la pruebita de su dulce manzana. Adán era un culicagado también, pero esa es otra historia.
Desde tiempos inmemoriales, como suelen comenzar algunos pomposos discursos históricos, los señores maduros (y los no tanto) se han sentido poderosamente atraídos por los núbiles encantos de esas niñas que apenas están dejando atrás trenzas y muñecas para administrar mejor y más efectivamente sus recién adquiridas armas de feminidad.
El pobre Juan Bautista, por ejemplo, y para seguir con la Biblia, no hubiera perdido la cabeza si al rey de turno no le sucede lo mismo, debido a los encantos de la Lolita de la corte, Salomé...
Y ya se sabe también que el inglés Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas) sublimó en su obra la fuerte inspiración que le daba una vecinita suya, a la que cargaba entre sus piernas y a cuya compañía era especialmente aficionado.
No quisiera ser pesimista, pero generalmente este tipo de relaciones están llenas de problemas y juegan constantemente al borde de la tragedia. En el cine, espejo de la vida, hay casos clásicos y famosos, así como otros apenas destacables. Veamos: entre los primeros está El Angel Azul, la película de 1930 en la que un pobre viejecito (Emil Jannings) se encapricha con una bailarina (Marlene Dietrich) y le da todo lo que tiene, esperando conseguir de ella algo que finalmente ni le muestran. Brooke Shields, por otro lado, cuando protagoniza Pretty Baby (Louis Malle,1978), es una niñita que crece en un prostíbulo, con la inevitable consecuencia de trastornar a todos los que pasan por su lado, particularmente al protagonista (Keith Carradine). Alicia Silverstone, en otro caso más reciente y menos notable (Crush, 1993), es una niñita que le hace la vida imposible al tipo que llega como inquilino a su casa buscando paz y tranquilidad para trabajar... el pobre nunca supo a dónde fue a parar.
Pero la medida universal, la Lolita que da sentido hoy a todas las que existen, es esa niña que creó el ruso Vladimir Nabokov hace más de medio siglo. Así que no son nuevas, ni postmodernas, ni exclusivas de un solo sitio. Las lolitas han estado siempre ahí, haciendo lo suyo, dejando que el mundo las adore en silencio o, a veces, escandalosamente.
Cuando la novela de Nabokov fue adaptada para cine por primera vez, las condenas vinieron de todas partes. ¿Cómo era posible semejante desvergüenza?, gritaban todos los que se creían protectores de un mundo puro, casto y asexuado. Ni siquiera Stanley Kubrick, ya por entonces un director autónomo y reconocido, escapó a ese macartismo trasnochado que cayó sobre su obra. La actriz de su Lolita, Sue Lyon, tuvo que mostrar su cédula para hacer el papel. El aroma erótico que exuda la novela en cada página tuvo que ser reducido a mínimos casi absurdos. Los diálogos debieron ser revisados una y otra vez. En fin, todas las trabas posibles. El resultado, para fortuna del cine, sortea exitosamente los inconvenientes, y a fuerza de sutileza, maestría técnica y profundidad dramática, resuelve los que hubieran sido obstáculos en manos menos hábiles.
La marca quedó tan alta que voy a permitirme el feo recurso de la autocita (Elocio # 7, feb. 5 de 1999) para reiterar mi posición frente a la nueva versión, estrenada hace poco en la ciudad: ¿En qué queda la nueva Lolita, dirigida por Adrian Lyne, si se la compara con la de Kubrick, de hace 37 años?. Algunas obras tienen su momento, su especial situación en el espacio tiempo. Su agudeza para capturar ese instante y hacerlo permanente es lo que las convierte en clásicos.
Era, y es, la duda obligada que me asalta cada vez que veo una historia clonada sin razones de fondo, evidenciando una crisis velada en el mundo del cine...
Esta nueva versión (¡imposible despegarse de la primera!) no alcanza siquiera un nivel competitivo, y con unos personajes más torpes, menos detallados, más planos y menos convincentes, no tiene el halo poético que pide la historia. Lolita es una niña exigente, y hay que darle algo digno de sus encantos


Lolita (EUA, 1998) de Adrian Lyne, con Dominique Swain, Jeremy Irons, Melanie Griffith, Frank Langella...


director

Lyne

Junto a muchos de su generación, este inglés de 57 años descubrió cierto día
un mundo nuevo más allá de la Publicidad, hasta entonces su área principal de trabajo y su medio de expresión fundamental.
En la década de los 70, y junto a directores como los hermanos Scott (Ridley & Tony), Alan Parker y otros, Adrian Lyne abandonó poco a poco el ámbito de la alta publicidad y fue derivando hacia otra clase de proyectos, tal vez más ambiciosos, aunque sin dejar de lado los fundamentos estéticos que dieron forma a su trabajo. El resultado, si se revisa su filmografía desde 1980, cuando debutó en las pantallas de cine con Foxes, ofrece una colección de películas vistosas, preciosistas y precisas estéticamente, con temas atractivos (podríamos decir seductores, morbosos) y un inseparable aire de obra ligera que tiene tal vez su única excepción en Jacob’s Ladder (1990) en la que Tim Robbins interpreta a un soldado veterano de Vietnam que lucha con los meandros oscuros de su conciencia y las pesadillas que la guerra ha dejado en él.
Sus otros títulos son: Flashdance (1983), acerca de una joven ¡soldadora industrial! que baila por las noches y termina en romance con el dueño de la fábrica. Nueve semanas y media (1986), el boom sexual de Kim Basinger sobre una historia sin trascendencia. Fatal Atraction (1987), donde Glenn Close y Michael Douglas se dejan llevar por el deseo. Indecent Proposal (1993) que bien podría llamarse ¿vale una noche un millón de dólares?, y ahora Lolita (1998), que tuvo problemas de censura (¡a estas alturas!) y se presentó inicialmente en el canal Showtime y en Europa antes de su difusión en salas de cine norteamericanas.
La evidente intención de Adrian Lyne (en este punto no puede haber casualidades o presuntas inocencias) es tocar suavemente las cuerdas de nuestra sexualidad contemporánea con sus miedos y tabús. Un asunto vital que en manos de este director, con el debido respeto, termina en postales de mucha forma y más bien poco contenido.


alquilado

no hubo alquilado este mes


bloque de cortos

Ana y el Rey

Las historias creen en la reencarnación. Después de haber sido musical de Broadway, película de Hollywood y serie de Televisión (sólo para hablar de los EU) el cuento de la institutriz inglesa y el rey de Siam, que se repelen primero para amarse después, cobra nueva vida en las pantallas de cine como uno de los estrenos para la temporada de otoño.
Todavía se habla de las maravillosas actuaciones que Deborah Kerr y Yul Brynner hicieron en 1956 para The king and I. Esta vez, en un interesante matíz, la película se llama Anna and the king y los encargados de dar nueva vida a los personajes son Jodie Foster y Chow Yun-Fat, actor superestrella del cine de acción en Hong Kong.
Al margen de lo atractivo que resulta el relato, uno puede preguntarse otra vez si estamos llegando al fin de las historias y no queda más que dar vueltas por el pasado para retomar las que ya funcionaron, o si realmente vale la pena ponerlas en escena de nuevo para que su recuerdo no se pierda en filmotecas y museos...
Pero ese no es el punto aquí. Andy Tennant (Ever after: Cinderella) se puso la tarea de recrear un cuento sucedido en 1904, cuando el mundo colonial era una inmensa realidad. Ahora veremos, en el 99, como se interpreta una historia de ese tipo. Aunque no parezca, muchas cosas han cambiado desde entonces, no sólo entre países, sino entre reyes y plebeyas...

Penélope

Diva viene de diosa, así de simple; y en estos tiempos de excesos, el término se ha gastado tanto que hace falta un poco de atención para distinguir a las reales de las que son puro viento.
Penélope, con su nombre de matrona griega, su belleza turbadora, su registro inigualable, su acento madrileño... en fin, con todo lo suyo, está dejando sus primeras huellas en el inevitable Hollywood. Está haciéndose justicia.
Después de otros tan célebres como Buñuel, Trueba, Almodóvar, Abril o Banderas, es su apellido, Cruz, el que desembarca en el cine de los EU a través de producciones locales como Hi Lo Country y All pretty Horses, o españolas como Todo acerca de mi madre y Abre los ojos.
Nosotros, que por fortuna la hemos visto más, celebramos su pequeño gran salto y recomendamos a los lectores de Gear de septiembre que tomen nota. Esta maravillosa carátula es sólo la punta del iceberg de esta ninfa terrenal venida de España. Si es Penélope Cruz decir diva tiene sentido.

Dark DVD

Una manera práctica de enfrentar las pesadillas puede ser vivir en ellas, justo lo que hace el actor Rufus Sewell, protagonista de Dark City.
De pronto, el tipo es acusado y perseguido por una serie de asesinatos, y empieza a descubrir que todo su mundo es una ilusión, un recuerdo implantado en su cerebro. ¿Suena familiar?, seguramente; es la visión personal de unos miedos que ya están grabados en nuestro inconciente colectivo y en la historia del cine, es el espeso coctel que preparó Alex Proyas (The Crow) con varios ingredientes indispensables cuando se mezclan Ciencia Ficción y una aproximación al viejo Cine Negro. El resultado es otro mundo retrofuturista en el que un hombre lucha por distinguir la realidad de la ilusión mientras pasa por todas las angustias posibles. En Dark City el director ha visitado de nuevo ese lado oscuro de la vida donde nunca sale el sol, y gracias a las nuevas tecnologías (diseñadores y animadores gozan como enanos) consigue unos ambientes realmente tenebrosos que se magnifican notablemente en formato digital. Dark City, con Wiliam Hurt, Jennifer Connelly y Kiefer Sutherland es una opción excelente para iniciar o continuar su colección de DVDs.

La Hora Llegada

• De niño quería ser ecuánime, benévolo, al menos tranquilo; pero es difícil hoy en día. Sólo queda mirar en el espejo, hacer muecas... y reirse de uno mismo.

• Estuve viendo (de lejitos) todos los actos relativos a Colombiamoda, una de nuestras fiestas locales del diseño, la confección, y por supuesto la moda. Todo muy bien. Lo que me desconcierta es la forma cómo los medios (algunos) tergiversan estos eventos, desbordándolos y convirtiéndolos en lo que no son...

• Vi presentadores delirantes hablando de paz a diestra y siniestra, también a funcionarios disfrazados de gala hablando de paz entre copa y copa... ¡el evento todo se había convertido en un gran acto de paz! No entiendo. No entiendo y me parece exagerado, como un gran pajazo mental (otro) para tranquilizar conciencias y farándulas. No creo que un traje firmado por Oscar De la Renta (u otro diseñador) nos haga, mágicamente, ni más pacíficos ni más felices. Hay que conservar las proporciones.

•Más implacable estuvo Héctor Abad Faciolince en reciente columna de El Espectador: En últimas la moda no persigue más que dos o tres fines: resaltar u ocultar partes del cuerpo que sirven como señuelo sexual (...) e ir cambiando de gustos (de tendencias) para crear necesidades nuevas que hagan necesario botar lo que guardamos en el clóset. Eso es y ha sido la moda, y eso seguirá siendo porque los seres humanos somos así: tontos, arribistas, pendientes de bobadas y pendientes del sexo. Pretender que la moda tenga algo que ver con la paz, en cambio, es un delirio.

• Lo que sí pienso es que, a su manera, Alicia y su equipo de Inexmoda están haciendo patria... no en la forma de los politiqueros o deportistas mediocres; no como aquellos que pintan palomas o se visten (la moda) de blanco dizque para atraer energías positivas.

• Otro asunto y otra cosita para terminar... Por favor, se los suplico: no pasen más el cortometraje del señor que se muere, se le queman las lámparas y se vuela con la moza.

Braulio Uribe

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Página actualizada el jueves, 6 abril 2000
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