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[vea tambien el director, los alquilados y bloque de cortos]
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Antes de la proyección las apuestas eran altas. Después de muchas historias, una que otra lectura morbosa y películas como la española Tesis, una nueva cinta acerca del snuff (cine underground ultra secreto, de existencia debatida y en el que se filman –principalmente– abusos sexuales y asesinatos) resultaba atractiva sin ningún esfuerzo. Durante la proyección, hay razones viscerales para emocionarse, ese tipo de razones que la trama impone: sexo, sangre, muerte; ese tipo de razones que consiguen pegarnos al asiento durante muchos pasajes sin que se conecte la sinapsis de las preguntas. El proceso cuestionador comienza después de la experiencia milimétrica.
El cuento snuff requiere trato delicado. Si a 8mm se le quita lo que tiene de thriller policíaco, queda un paquete bastante normal y predecible de miedo a lo desconocido; llámese snuff, terrorismo o extraterrestres. Es el pavor que provoca lo que está oculto, más en una sociedad tan radicalmente dividida entre el puritanismo y el libertinaje como la estadounidense.
En este caso, a la zozobra provocada por el crimen se suma el escándalo de su naturaleza pervertida y secreta. No sólo es malo sino feo. El resultado es una exploración, superficial y filtrada según los cánones de Hollywood, a ese mundo subterráneo.
Los que hacen la película ponen sus talentos en marcha, de eso no hay duda, pero el inevitable paso de la idea por la gran máquina (la de la industria, no el malo del paseo), se manifiesta en todos los pasos del proceso, tanto los argumentales como los técnicos y estéticos: asistimos a un crimen atrapado entre su horror esencial y la precisa capa de maquillaje que le impone el sistema de producción. Jamás he visto un snuff, pero siento con mucha certeza que su esencia no fue atrapada en esta película.
El director Joel Schumacher pone en escena su habilidad para ambientar escenarios sombríos. El guionista Andrew Kevin Walker (Seven) pinta unos personajes muy cercanos a la caricatura, y la estrella Nicolas Cage cae en sus propias trampas. Pone, por ejemplo, una exagerada cara de angustia cuando ve la cinta de marras por primera vez (un curtido investigador aterrado casi hasta la histeria, ¡increíble! si fuera colombiano, ni cosquillas le daría). Después se convierte en angel vengador, previa licencia materna, y finalmente (moraleja) descubre que la cara del mal no es necesariamente la del diablo, o, como tantos hombres sabios han dicho, el infierno son los otros.
8mm obedece a la regla del arte que se basa en el miedo, el arte de la crueldad. Así lo pone Alejandro Montiel: ... pero así como el efecto buscado de la tragedia es la piedad y el de la comedia la risa, el efecto de un crimen bien planeado debería ser el puro horror, no el asco...
8mm se pierde en el camino, entre el vicio y la virtud. Lo snuff era el señuelo. El público muerde, pero las apuestas no rinden lo esperado

8mm (EUA, 1999) de Joel Schumacher con Nicolas Cage, Joaquin Phoenix, James Gandolfini, Peter Stormare,
Chris Bauer...


director

Shumacher

Con manos hábiles y ojo para el diseño, Joel Schumacher no tuvo grandes dificultades a la hora de elegir su vocación académica: Manhattan´s Parson´s School of Desing. Allí, el joven neoyorquino, nacido en 1939, comenzó a crear cosas, trajes, juguetes y más cosas para los mundos fantásticos que le encargaban. De artificio en artificio, llegó al cine como diseñador de vestuario, y mientras retocaba algún que otro drapeado, iba puliendo letras en sus propios guiones. Son los setentas, y nueve películas componen la filmografía de Schumacher en este período, así como sus inicios en el cine.
En 1981 recibe su primer encargo como director y debuta con The incredible shrinking woman, nada memorable al parecer, pero una buena oportunidad de mostrar su destacado sentido estético. Luego vienen títulos como St. Elmo´s fire (1985), The lost boys (1987), Cousins (1989), Flatliners (1990) y Dying young (1991), entre otros.
Ahora Shumacher está listo para las grandes ligas y su filmografía responde a esta premisa. Falling down (1993) con Michael Douglas, es una de sus obras más importantes, tal vez la más significativa de su carrera. Después, oscilando entre las exigencias comerciales, las historias basadaa en Best Sellers y sus desafueros estéticos, dirige (en un sube y baja de estilos y tratamientos): The client (1994), Batman forever (1995), A time to kill (1996) y Batman & Robin (1997). Ahora mira hacia un sórdido rincón en 8mm (1999) y próximamente nos mostrará lo que hizo junto a Robert De Niro en Flawless, su próxima película.


alquilado

Happy Diaz

Hay cosas que no pueden negarse, y con el perdón de las probables damiselas lectoras, este alquilado sale de mis más profundas entrañas masculinas, las más primarias, las más elementales… y las menos pensantes. Este es, simplemente, un acto de rendición ante Cameron Diaz.
La niña es hija de varias razas y colores, sin embargo, su natural encanto proviene de sus ojos claros y su rubio cabello. Con su risa acortó el camino al estrellato fílmico después de pasar por el modelaje. Aunque tiene con qué hacer drama y lo ha demostrado en varios títulos, sobre todo en los llamados independientes, la Cameron que más se recuerda es la que hace reir. A la pobre le va a ser muy difícil quitarse de encima esa imagen de monita retrechera, ligera y tontuela.
Mientras eso pasa, puede uno llevarse a casa dos de sus jocosas apariciones en cine (ahora en cinta de video).
Head above water (1996) de Jim Wilson nos la presenta como una ninfa aparentemente ingenua, una dulce novia joven con pasado turbulento y una promesa de vida nueva al lado de su maduro esposo (Harvey Keitel). Cuando su ex novio (Billy Zane) aparece, comienza una serie interminable y delirante de equívocos y excesos que riegan la película de risas y cadáveres. Head… es el quinto trabajo de su carrera (ya va por doce) y ¡el remake de una cinta noruega del mismo título!
Por su parte Something about Mary (1998) de Peter y Bobby Farrelly, ha provocado tanto escándalo que sus ganancias se han multiplicado extraordinariamente. Cameron es el centro de una trama cómico-grotesca en la que cinco tipos y un perro quieren tener algo con ella, y ella sólo tiene que pasear por la pantalla su belleza sin par. Chabacana y de mal gusto, dicen algunos. De humor simple y ramplón, gritan otros. ¡Un escándalo! claman los más puritanos. Todos tienen razón. Nada de esta película pasará a la historia, excepto tal vez esa perturbadora escena del cachumbo. Uno puede dudar (muerto de risa) si es vomitiva o sublime, pero para la dulce Cameron será siempre una de esas vergüenzas que se lucen con orgullo


bloque de cortos

Esta nota bien podría estar en la sección Allá sí, Aquí no. Pero no, está aquí. Aunque se trata de una queja contra las trampas que impone nuestro especial modo de subdesarrollo, la pusimos en este sitio por el tema que trata: cine, así sea ese cine que tal vez nunca veremos.
Decir que no hay nada que ver (sic) en nuestras salas de cine es una exageración, por supuesto, pero se acerca mucho a la cantidad y calidad de nuestra cartelera cotidiana, en la que sólo por razones extraordinarias aparece algo de la vanguardia mundial a su debido tiempo. He aquí dos piedras de esa joya del cine contemporáneo que para nosotros, sufrido público cinéfilo local, son una rareza.

La americana
Happiness es el segundo largo del joven director independiente estadounidense Todd Solonz, uno de esos seres de envoltura nerd que se descubren, a la hora de la venganza, como creadores talentosos e implacables. Digo venganza porque, en este caso particular, la obra de Solonz es sin duda una especie de revancha contra la estupidez y el desprecio generalizado que las sociedades modernas (cualesquiera, en este caso la de barras y estrellas) suele tener contra los diferentes, los que se salen del molde. En su debut fílmico, Wellcome to dollhouse, Solonz retrata la triste vida de una niña-patito-feo en los suburbios de una ciudad cualquiera. Hasta el imaginado infierno sería dulce para ella.
Ahora, más ambicioso, el tipo la emprende contra la sociedad entera, despellejando a unos personajes banales, normales, mostrando esos mecanismos que hemos inventado para vivir sin conflictos, escondiendo los esqueletos en el armario más profundo y echando tierra a las cicatrices del corazón. Esto no es cine de entretenimiento, es una mueca macabra. Si se la encuentra, tenga cuidado, muchos no soportan ver como el sueño americano cae por enésima vez.

La europea
Aquí el caso es distinto, aunque similar en su idea básica. Que nos documente el crítico europeo Jerome Neutres: Hace cuatro años, el realizador Lars Von Trier (Breaking the waves) fundó en Copenhague un movimiento revolucionario, Dogma 95, junto a Thomas Vinterberg, Kristian Levring y Soren Kragh-Jacobsen.
El movimiento, en el fondo, es la sustitución de unos mandamientos por otros (no en balde se llama Dogma), pero sus fundadores y practicantes gritan a todo el que los oye que lo suyo es distinto, que sus postulados son una nota y que si el cine del futuro existe, ellos son sus profetas.
Al margen de su mesianismo, los Dogma han causado ciertamente una pequeña revolución con su cámara al hombro, su escritura casi automática (a la manera surrealista), su disolución de los roles absolutos, y otras cosas más. A cuenta de su invento han recibido premios y reconocimientos por doquier; los críticos alaban su frescura, su desparpajo y su sentido del humor. En todos los casos (van tres prelículas) el común denominador es la ridiculización de los valores sociales aceptados. Festen, por ejemplo (aquí es donde se tiende el puente hacia Happiness), es una completa exhibición de miserias familiares, criaturas atadas por la sangre que constatan con horror y sin esperanza que viven de apariencias y malos ratos en común

Braulio Uribe

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Página actualizada el jueves, 6 abril 2000
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