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[vea tambien el director, los alquilados y bloque de cortos]
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Hay que ver como gozan los niños con las aventuras del cerdito: gritan, lloran, patalean, preguntan, preguntan y preguntan... son un amor. La empatía entre niños y animales queda demostrada una vez más.
Algunos adultos también se derriten con el cochinito ese. Por lo que a mí respecta, después de encomendarme a San Herodes, tomé valor y asistí a la marranada, llegando a las siguientes suculentas conclusiones:

Segundas partes...
Para los fanáticos de los números y reportes de Box Office algunos datos: la primera película de Babe (1995) costó como 30 millones de dólares y ganó 250 en el mundo entero. Esta segunda entrega salió más cara (alrededor de US $ 80 millones), pero su recaudación no va a ser ni de lejos tan buena como la del primer capítulo.
Es que, se admita o no, hay una prevención muy grande (y justificada) hacia las segundas partes. Rara vez van más allá de la historia original, y como pasa en cualquiera de nuestras telenovelas, estirar los argumentos lleva a extremos peligrosos. En el caso de Babe, se trata de convertir en novela por entregas lo que en principio fue un cuento corto, y esa ambición ciega a muchos realizadores cuando les suena la flauta en el primer intento.

Bueno es culantro...
Esta vez el puerquito ha ido a parar a una ciudad ficticia, barroca y cosmopolita (como diseñada por Tim Burton y Terry Gillian) donde un hotel estrafalario lo rodea de todos los animales que hacen falta para que la historia funcione, sólo que por supuesto, se trata de una fauna urbana compuesta por animales salvajes de otro tipo: hay una familia de chimpances tan crueles e inteligentes que casi son humanos, un orangután, perros de pelea, peces de acuario, el pato de la granja que va de visita y hasta los inolvidables ratoncitos cantores, con más variedad en su repertorio.
Nuestro dulce cerdito está confundido, pero usando su ingenuidad como arma y escudo, termina liderando un movimiento de animales que resuelve todos los problemas. El viejo payaso (Mickey Rooney) y el granjero (James Cromwell) no tienen de qué preocuparse, un poco de ingenuidad (la de Babe) y muchos efectos especiales (contratados por George Miller, el director) pueden salvar el mundo.

Aunque el marrano se vista de seda...
Falta carne o sobra gente en este banquete de lechona. Creo que intentar el mismo chiste es el traspié más grande de la cinta. Este nuevo Babe no evolucionó, y si la primera vez le creímos que podía ser perro pastor, ahora se ve inverosímil como líder de guerrilla animal urbana. Haciendo a un lado la historia y su forzada moraleja, será mejor rematar con lo que, a mi juicio, es lo mejor de la película: su dirección artística. Es un gusto para los sentidos contemplar los decorados, las calles imaginarias, el color, las luces; hasta la caricaturezca monstruosidad de los personajes humanos, espejo y contrapeso de la caricaturezca humanidad de los personajes animales. Pero todo esto junto, que es bastante, no puede ocultar los huecos de una historia tan saturada de formas como huérfana de contenido

Babe: Pig in the city de George Miller con Babe, James Cromwell, Mickey Rooney...


director

Miller

El que sea médico provoca en uno la impresión de... ¡claro! eso explica muchas cosas. Pero otras, por la misma razón, se hacen más confusas. El médico y director de cine George Miller nació en Brisbane, Australia, en 1945. Allí comenzó su carrera cinematográfica rodando, sin presupuesto y artesanalmente, una serie de cortos de aventuras que utilizaban de manera creativa los áridos paisajes que le proveía el patio trasero de su casa . Esa fue la semilla de su debut internacional: una aventura futurista, ultraviolenta y desalmada con un desconocido que se haría superestrella más tarde, gracias a esa película. El actor, por supuesto, era Mel Gibson: y la película, claro, Mad Max (1979). Después vinieron las secuelas: The Road Warrior (1981) y Mad Max Beyond the Thunderdome (1985), rodada ya con la holgura que proporciona trabajar a las órdenes de Hollywood. De la época es también su participación en el proyecto colectivo que pone a Twilight Zone en las pantallas de cine. Posteriormente, su Witches of Eastwick, de 1987, lo legitima como director de ligas mayores al entregarle actores estrellas y una historia de más entidad que sus trabajos anteriores. En 1993 estalla su vena médica con Lorenzo´s Oil, sobre un niño y la lucha de su padres por encontrar una cura a su rara enfermedad. Después le da por los cerdos. En 1995, co-escribe y produce Babe, la historia de un cerdito de granja que se cree perro ovejero. La película es dirigida por Chris Noonan. Ahora, él mismo se pone tras la cámara para rodar la secuela y mostrarnos hasta donde llega su amor porcino.


alquilado

no hubo alquilado este mes


bloque de cortos

Festival de Cine de Cartagena

Pobres pero honrados
Han pasado ya los días de sol y cine. Cartagena tuvo menos brillo este año pero igual sigo amando el placer que me da en cada una de sus películas, de sus aguas, sitios, calles y murallas. Hemos vuelto a casa todos los que fuimos y esas imágenes en la retina son ahora parte del recuerdo -dulce, aburrido, cada cual escoge- de un evento cuya sola existencia prueba que la perseverancia puede más, a veces, que el talento o la administración.
Treinta y nueve veces se han juntado las ganas y la falta de recursos para hacer, contra todo pronóstico, que haya Festival de Cine en algún lugar de nuestra Colombia, cada año, por marzo. Este ha sido uno de los más pobres (económicamente) que se recuerde, y si lo menciono de una vez es para cambiar pronto de tema y ocuparme de lo que, en principio, sustenta lo demás: el cine. Pero antes debo decir también que esa pobreza, aunque real y agobiante, podría esconderse un poco si se usaran mejor las cosas que se tienen; si esa dejadez costeña fuera tan solo un cliché simpático y no, como se comprueba en carne propia tantas veces, una caribeña realidad.

Del afán y el cansancio
Lo primero que se nota en la ciudad es el divorcio entre fanáticos y demás mortales, aquellos cartageneros para los que el Festival es una anécdota en el calendario; acaso otro de esos eventos a los que vienen cachacos de todos los colores y a los que ya están acostumbrados. La ciudad sigue su ritmo de calma y champeta dejando los afanes a gomosos y organizadores del evento.
Ya en el Festival, ocurre lo que en ciertos pasajes bíblicos: muchos llamados y pocos escogidos. Muchas películas son prometidas y anunciadas. Cuando alguna no aparece los motivos son convenientemente procesados y el asunto suele resolverse como una copia que no llega o una conexión aérea que no resultó. Detrás de la versión oficial, y regada por todos los pasillos, aparecen las versiones posibles (pero sin confirmar) que explican, en ciertos casos, lo que pasa.
La directora Betty Kaplan, por ejemplo, ¡jurado y competidora a la vez! (con el filme Doña Bárbara) se disgustó con el Festival porque su película no era programada y debió conceder una rueda de prensa sin que nadie la hubiera visto. Resultado: sacó su película del paseo. No le pregunté porque hubiera sido indelicado (no eran el gobierno y la guerrilla después de todo) pero siempre flotaban en el aire tufillos tan comprometedores como ese. En el mundo del espectáculo -y su periodismo- un chisme y un boletín oficial equivalen, contrastados, a una verdad. Pero la Kaplan no fue la única. El argentino Fernando Solanas pasó por lo mismo, y sólo conocimos su película después de la entrega de premios. Detalles de protocolo y logística que, a pesar del maquillaje y las fotos amables, no dejaban a nadie contento.

Mucha paja y poco grano
El Chaplin cíclope-transgénico-mutante que alguien se inventó para el afiche promocional miraba con su ojo triste desde todas las vitrinas de la ciudad. A lo mejor se dolía de las ceremonias con ganas de grandeza que se cometían en el Festival. O, quién sabe, podía reirse también. Las estrellas de tv. que siempre pululan en época de Festival convocadas por los premios que se les otorga, acudieron esta vez en reducidísimo número y en completa desvergüenza a hacer un poquito el oso a cuenta de las y los fans desprevenidos que no faltan. Dar lustre a los eventos y engalanar recintos es un aspecto del estrellato nacional que esta vez, digo yo, pudo haberse suprimido por completo sin que nadie lo echara de menos.

Joyas escondidas
Películas medianas, casi todas. Malas, algunas. Buenas, una que otra. Hana Bi del japonés Takeshi Kitano, retrato en claroscuro lleno de ternura y ultra violencia, de ritmo hipnótico y perturbador; y La nube de Fernando Solanas, metáfora en azul sobre el arte y los que luchan por su causa, son dos de mis recuerdos más queridos del Festival. De lo otro, con pocas y obvias excepciones (Estación central, La vendedora de rosas) no hay mucho qué decir. Como parte de la delegación del interior que este año acampó en Cartagena buscando cine, salí un poco trasquilado.

Fallo fallido
¿Para qué los premios? Cada día, en el mundo entero, y en familias tan encopetadas como la de Mr. Oscar, son controvertidos y criticados. Esta vez no iba a ser menos Cartagena y así, entre la obviedad y el absurdo, se repartieron las Indias Catalina modelo 99. Por eso cuando se anunció el premio de mejor actor a Dario Grandinetti (inmerecidísimo), Ramiro Tejada, el de la Exfanfarria, gritó: “Ese jurado no sabe de actuación”, y todos nos quedamos tranquilos. Alguien, omitiendo el folclorismo, dijo lo que hacía falta en el momento justo, como en las películas.

Camino a casa
Vi mucho más de lo que nuestra cartelera local suele ofrecer. Me puse al día en el capítulo de cine iberoamericano. Reviví o conocí uno que otro clásico por cuenta del cumpleaños de la Warner y la muestra que llevó para celebrar... Recibí, en resumen, mi dosis requerida de celuloide. Evidentemente no ha sido la mejor, pero me alcanza. Para eso del cine hago como en Sodoma y Gomorra: un sólo justo alcanza para que la ciudad no sea arrasada

Braulio Uribe

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Página actualizada el jueves, 6 abril 2000
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